SOBRE ÁREA TERAPÉUTICA

La autonomía personal: un gran desafío

Sonia Hernáez, psicoterapeuta y miembro del Instituto de Interacción nos invita a reflexionar sobre la autonomía personal que tenemos cada uno de nosotros como individuos. 
«Como seres humanos poseemos una de las capacidades más increíbles que existen dentro del reino animal: la capacidad de inventar, elegir y orientar nuestra propia existencia de maneras muy diversas, configurándonos como personas constantemente a través de cada una de nuestras acciones».
Esta capacidad de elegir se pone de manifiesto durante la mayor parte de nuestra vida y se materializa de forma más evidente durante el proceso de individuación.
El nacimiento es un momento crucial en la vida de todo ser; supone dejar una comunión plena y completa con la madre para abrirse al mundo como un individuo separado de ella. El cordón umbilical que une físicamente al bebé con su madre y le colma en todas sus necesidades se rompe en el plano físico dejándole en una situación de gran vulnerabilidad. En esos primeros momentos, su existencia depende de la presencia de otra persona para poder sobrevivir ya que carece de los recursos y las capacidades físicas, mentales y emocionales para valerse por sí mismo. Se genera un “cordón umbilical invisible” (en un plano funcional y emocional) entre el bebé y la persona que le sostiene, que le brinda seguridad y un sentimiento de pertenencia y arraigo.
«En el proceso del desarrollo vital saludable de la persona, ésta va creciendo y cortando progresivamente los vínculos primarios que le sostienen en busca de nuevas libertades e independencia».
La conquista de la autonomía personal le brinda la oportunidad de ganar fuerza física, emocional y mental y le permite ir desarrollando una estructura de personalidad más organizada, definida e integrada guiada por su propia voluntad de SER.
A medida que la persona se vuelve más libre de explorar, desarrollar y expresar su propia individualidad, también aumenta la sensación de soledad interna; es decir, la persona se va percibiendo como un ser separado de los demás y esta sensación de soledad despierta fuertes sentimientos de angustia, impotencia y vacío que pueden ser realmente abrumadoras y aparecer como amenazantes incluso hacia la propia existencia. En esta fase se tambalean los cimientos que ofrecen seguridad y confianza ante algo nuevo que está por llegar pero que todavía no se ha consolidado, así como se abre la puerta a un devenir persona desconocido e inexplorado.
Este es el gran desafío: desarrollar una autonomía íntegra como persona bajo la curiosidad y la amenaza que supone este recorrido dudoso e incierto que se transita a lo largo de toda la vida.

Un silencio cada vez más profundo

El reencuentro consigo misma a través del silencio y la quietud.
  1. A medida que crezca el silencio dentro de ti, te revelará realidades profundas sobre ti mismo/a, como sabiduría, paz, gozo…
  2. Cierra los ojos, busca el silencio durante un rato y observa lo que el silencio te ha revelado, de lo que te estés dando cuenta, de tu postura, de alguna tensión corporal, de alguna preocupación …
  3. Es muy valioso que hayas caído en la cuenta de todo esto. La calidad de tu toma de conciencia es muy importante.
  4. A medida que tu silencio sea más profundo experimentarás una relación más íntima contigo mismo/a, encontrarás calma, sosiego, paz..
  5. Descubrirás un conocimiento profundamente intuitivo contigo mismo/a, una revelación que te llenará de gozo
Silencio ambiental
  1. Encuentra un lugar acogedor, armonioso, bello para ti … Que te inspire Paz.
  2. Adquiere una postura cómoda y cierra los ojos.
  3. Céntrate en tu oído y presta atención a los sonidos del ambiente durante 3 minutos.
  4. Distingue sus matices, su fuente de origen… Con curiosidad, con asombro, con agradecimiento.
  5. Si te viene algún pensamiento déjalo pasar, como una nube que el viento se lleva.
  6. Y ponle nombre, “Estoy pensando en” …” Me estoy acordando de…”
  7. Y vuelve suavemente al “oído” …
  8. Te relajas cuando llegas y permaneces en los sentidos.
  9. Cuando abras los ojos, date cuenta de tu experiencia, seguramente te encontrarás más tranquilo, más tranquila.
  10. Y tu mente se habrá serenado

Vergüenza

Tecleo en Google: “sentimientos negativos”. Directamente, en la primera entrada, sin necesidad de pincharla, aparece un listado de emociones. Lo reproduzco literalmente: ansiedad, depresión, cólera, odio, tristeza, dolor, ira, rabia, rencor, remordimiento, culpabilidad, envidia, avaricia, egoísmo, venganza, superioridad, soberbia, enojo, mal genio, atropello, fastidio, molestia, furia, resentimiento, hostilidad, animadversión, impaciencia, indignación, irritabilidad y violencia. Treinta sentimientos del tirón. Ni rastro de la vergüenza.
Cuántas veces hemos oído expresiones como “se me cae la cara de vergüenza”, “pasé tanta vergüenza que quería que me tragara la tierra”, “me moría de la vergüenza”… Sí, sí, ya. Pero no aparece en esa lista de treinta.
La vergüenza nos genera sufrimiento, un malestar que nos hace desear desaparecer, ser invisibles para los demás, que nos paraliza, nos bloquea, nos asusta, evitamos por ella determinadas situaciones, no nos atrevemos a decir lo que pensamos, nos impide tomar determinadas decisiones, hace más difícil hablar en público, nos escamotea momentos de disfrute y satisfacción y nos mantiene atados a nuestra zona de comodidad.
Tecleo en Google “vergüenza”. Directamente, en la primera entrada, sin necesidad de pincharla, aparecen dos definiciones. 1) “sentimiento de pérdida de dignidad causado por una falta cometida o por una humillación o insultos recibidos”.  2) “sentimiento de incomodidad producido por el temor de hacer el ridículo ante alguien, o a que alguien lo haga”.
No está mal, pero da la sensación de ser una emoción menor, una incomodidad, una molestia en el mar de los sufrimientos auténticos que pueden inundar nuestra vida de malestar.
Y, sin embargo, ahí está, muchas veces oculta, esperando la ocasión adecuada para atraparnos inesperadamente o descansando tranquilamente porque sabe que no necesita aparecer en escena para influir en nuestras vidas, porque, para evitar su presencia nos esforzaremos en actuar “correctamente”, o en ocultar información a los demás o en engañarles o, por supuesto, aún mejor, engañarnos a nosotros mismos para poder vivir tranquilos.
Porque lo peor de la vergüenza no es su presencia, esa sensación bochornosa que sentimos cuando nos vemos o creemos vernos duramente juzgados por otros; lo peor es su ausencia acechante, su poder para que hagamos lo que sea con tal de evitar su aparición.
¿Y todo para qué? Para protegernos. Para evitar que hagamos el ridículo, que nos pongamos en evidencia ante los demás. Para que nadie pueda, luego, reprocharnos nada. Para sentir que hacemos lo que debemos, que somos gente digna de confianza. Está bien.
Por supuesto, la vergüenza, como cualquier emoción, nos puede ayudar a funcionar adecuadamente, nos permite adaptarnos a situaciones sociales, funciona como reguladora ética y moral, nos da información sobre determinados errores y nos motiva a rectificarlos o evitar reproducirlos en el futuro.
Quizá los problemas aparecen cuando se combina con una baja autoestima que nos hace ver sólo nuestras limitaciones, nuestra incapacidad para enfrentarnos a los problemas, para ser resolutivos o para gustar a los demás o conseguir su aprobación. Es entonces cuando la vergüenza sale en nuestra defensa porque, si valemos tan poco, mejor que no nos expongamos aunque tengamos que vivir maniatados, sin correr riesgos, grises.
La mejor definición de Vergüenza se la leí al escritor checo Milan Kundera, haciendo referencia al sentimiento de uno de sus personajes del “Libro de los amores ridículos”. “Estado de padecimiento, consecuencia de la visión de la propia miseria, puesta repentinamente en evidencia”.
Eso ya es otra cosa.

La rutina frente al duelo

“Cómo alguien más me pregunte que voy a hacer estas vacaciones me lo como. ¡No me interesan mis vacaciones ni me importan tampoco las suyas!”. “Ojalá tuviese una máquina del tiempo y pudiera saltarme el mes de agosto. No quiero volver a los sitios donde estuve con ella, sin ella. Pero por los niños tengo que ir… y me duele tanto”. Éstas y otras afirmaciones similares son las palabras y emociones que más frecuentemente vengo sosteniendo junto a las personas en duelo en época de vacaciones. Esos hombres y mujeres viven encogidos por el pesar de una pérdida definitiva pero se sienten empujados, por las convenciones sociales del calendario, a construirse un ficticio contexto celebrativo y lúdico sin interés ni ilusión. Qué paradoja. Casi una provocación para su alma rota. Aquí y ahora el ocio en relación ha perdido su tono agradable y no hay deseo de disfrute ni de aventura. Ahora un  fin de semana, un puente o unas semanas de verano no son igualmente deseables, en época de duelo mutan. Ahora gritan ausencia de personas y proyectos, confusión y desorientación, muestran un agujero en el presente -¡otro!- que no se tiene anhelo ni ánimo para rellenar. Somos animales de costumbres y cuando transitamos un duelo nos sentimos abocados a la frustración por la imposición de tener que integrar la realidad de la impermanencia. Las vacaciones que fueron nunca más volverán… y se añoran.
En los años que llevo acompañando a adultos y niños en duelo he visto que la rutina es como una capa protectora frente al huracán que provoca la muerte de un ser amado: no impide que el cuerpo se moje pero algo protege. Es una aliada que otorga a lo previsible un valioso aroma de seguridad, una apariencia de estabilidad que intenta preservar de la visita de otras pérdidas y dolores. Un espacio controlado que permite estar en lo pequeño conscientemente –“dándome cuenta”- para vivenciar, primero, y atravesar, después, los sentimientos, pensamientos y sensaciones que el adiós definitivo pone a los pies del doliente sin entumorizarlos. La rutina suele ser un escenario que favorece el tránsito del tormento y la zozobra y facilita el balbuceo de un tímido “sí” ante la realidad que tozudamente se impone, permitiendo que se vislumbren nuevos significados para tanto dolor. Así sucede cuando se fluye con el proceso de un duelo sano.
El reloj como organizador de la rutina y la rutina como organizadora de la vida parece que le hacen bien al corazón abrumado, permitiéndole funcionar en un inteligente  modo de “ahorro de energía”-ahora que ésta no desborda-. Porque al transitar el desierto existencial de un duelo no es difícil caer en la dejadez y es precisamente ahí cuando los hábitos previenen el abandono de las responsabilidades adultas y de la negligencia en el autocuidado. Así, cuando en septiembre nos reencontramos en el espacio terapéutico esos hombres y mujeres doloridos suspiran aliviados, “ya pasó”. El camino dibujado por la rutina está normalizado, más entrenado, y eso ayuda a que el suelo parezca más firme y sostenedor.  Cuenta el profesor Csikszentmihalyi que cualquiera de nuestras mentes necesita información ordenada, objetivos claros y dirección para obtener cierto bienestar. Eso explica que el tiempo que va de entre las 10 y las 12 de la mañana del domingo sea el momento menos grato de la semana para muchas personas, al ser el menos estructurado. ¿Cómo serán, entonces, los sucesivos días de aquellos que han sido privados de una cotidianidad conocida, compartida y generalmente deseada? “Al fin septiembre” es una expresión que estos repiten al acabar el verano. “Al fin no me tengo que seguir esforzándome hacia fuera. Al fin puedo parar, permanecer en lo pequeño y esperar la llegada del día en que me costará menos seguir respirando”.
En tiempo de duelo mantenerse en plena compostura de dignidad, sosteniendo la aflicción, es suficiente, un logro. La afiliación con el festejo y la diversión volverán a asomarse de nuevo a la biografía cuando empiece a consolidarse un nuevo vínculo con el fallecido, sin su presencia física, basado en el cariño y en la gratitud de lo que fue posible junto a él. Porque como decía Neimeyer en una conferencia que dio en Madrid en 2014 “no hay que buscar tanto una superación como una integración de la pérdida en nuestra vida”. Sigue doliendo recordarle pero al tiempo se sonríe con ternura al ver su foto y se va descubriendo que sin esa persona tan querida se puede seguir respirando, abrazando, acogiendo y soñando. Un ejemplo vital que si hay hijos constituye la más valiosa de las herencias, la que más les fortalece. Ver a un progenitor azotado por lo indeseable manteniéndose en pie, sin perder la confianza básica en la vida ni caer en victimismos es el mejor de los legados, ya que de algún modo los hijos podrán experimentar que “si mi madre o mi padre pudieron, yo también podré” –porque no nos engañemos, la pérdida visitará intermitentemente, en mayor o menor medida, la vida de cada uno de nosotros y también la de los hijos-. Y cuando la pérdida se integra, las vacaciones pueden volver a significar un tiempo de encuentro, contacto y apertura, de ocio celebrativo y sentido lúdico y, con suerte, se disfrutarán habiendo crecido como ser humano.
Paloma Rosado

Recuperando la calma. Cómo llegar al silencio interior

Hemos oído hablar de lo importante que es hacer «Meditación» y es posible que creamos que » meditar» es solo para personas muy expertas… Algo podemos hacer por nosotros mismos «a poquitos» confiando en nuestro cerebro, en nuestros recursos, en nuestra sabiduria, la que hemos ido adquiriendo en el camino de nuestra vida. Encontrar todos los días un rato para calmarnos es curativo:
El silencio que nos sana
A veces permanecemos en silencio pero en nuestro interior discutimos fuertemente, confrontándonos, con nuestros interlocutores imaginarios o luchando con nosotros mismos.
Estar en silencio es reconocer que mis preocupaciones no pueden mucho. Un momento de silencio, incluso muy breve, es como un descanso, una tregua en medio de lo que nos perturba.
La agitación de nuestros pensamientos se puede comparar a una tempestad que sacude nuestra barca. A veces nos encontramos perdidos, angustiados, incapaces de apaciguarnos a nosotros mismos.
Necesitamos calmar nuestro corazón cuando este se encuentra agitado por el miedo y las inquietudes que nos desasosiegan.
Cuando cesan las palabras y los pensamientos, nos acoge un silencio agradecido. Recuperamos la Paz interior y se disuelve la amargura.
La riqueza del silencio
Para captar la revelación del silencio es muy importante lo primero, lograr silencio y no es tarea sencilla.
  1. Encuentra un lugar tranquilo, silencioso que te proporcione paz.
  2. Cierra los ojos e intenta hacer silencio corporal, silencio mental, silencio afectivo… Unos momentos..
  3. Cuando abras los ojos de nuevo date cuenta de cómo ha sido ese silencio, de lo que has pensado, de lo que has sentido.
  4. No hay motivo para el desánimo.
  5. Si has sido consciente de tu dispersión mental, de tu agitación interior, del alboroto emocional dentro de tu corazón, del miedo que has sentido en las fronteras del silencio demuestra que tienes dentro de tí al menos un pequeño grado de silencio que te ha ayudado a caer en la cuenta de dónde estaba tu cabeza muentras tu cuerpo estaba en el lugar que has escogido.
  6. Cierra de nuevo los ojos y percibe tu mente dispersa durante un rato.
  7. Siente ahora el silencio que te hace posible tomar conciencia de la dispersión de tu mente.

Memento

Lo tengo en la punta de la lengua. Pero no me viene. El nombre del actor.
“Memento” es el título de una película de Christopher Nolan que narra las peripecias de Leonard mientras trata de vengar el asesinato de su propia esposa. Lo que hace realmente peculiar un argumento tan convencional es que el protagonista sufre amnesia anterógrada pura, es decir, recuerda su vida perfectamente hasta el momento en que se produce un incidente traúmatico (en este caso, es golpeado cuando trata de ayudar a su esposa que ha sido víctima de violación y asesinato), a partir del cual, es incapaz de generar nuevos recuerdos más allá de unos minutos. Por otro lado, tuvo conocimiento de un amnésico del mismo tipo con motivo de su trabajo, un tal Sammy Jenkins, por lo que se tatúa en el cuerpo “recuerda a Sammy Jenkins”, para tener en cuenta estrategias memorísticas como sacar fotografías, escribir anotaciones o repetirse instrucciones. Además la historia está contada hacia atrás, por lo que la primera secuencia muestra el final de la historia y los planos finales revelan el comienzo. Es como si el espectador hubiera olvidado el argumento y, a medida que transcurre la película, fuese recordando lo que había pasado justo antes.
Abro mi agenda. 18:30h cita con el paciente Z. Qué raro. Nunca quedo con Z tan pronto. Su hora fija son las 20h del jueves. Para colmo, hoy es viernes. Mis claves proposicionales son claras: a las 18:30h tengo la cita. No recuerdo haberla concertado. No recuerdo los motivos del cambio. Pero lo dice mi agenda. “Recuerda a Sammy Jenkins”. De acuerdo, allí estaré.
Llego a casa tarde, pero decido continuar con el artículo sobre Memento. No recuerdo por donde voy. Enciendo el ordenador. Abro la carpeta del Blog del Instituto de Interacción…. Leo lo que hay escrito. Tres párrafos. No recordaba haber escrito tres párrafos. Creía que sólo la frase inicial. “Recuerda a Sammy Jenkins”. De acuerdo, me pongo a escribir un comentario personal.
Volví a ver la película por si me inspiraba alguna idea. Fui el espectador. Durante el visionado, tomé algunas notas, no muchas. Sólo los hechos que consideré importantes para desarrollar un comentario personal. Por si se me olvidaban, claro.
La memoria es algo fundamental que parece que está cuestionada en nuestro tiempo. Quizá porque en el ámbito académico se da más importancia a entender las cosas que a repetirlas como un papagayo. Lo entiendo. Pero en lo personal, la memoria es imprescindible no sólo para que los procesos de aprendizaje se afiancen y completen, sino para poder sostener algo tan importante como la identidad personal. Sin memoria, ni siquiera sabríamos realmente quienes somos.
Leonard hace fotos (memoria visual), anota apuntes siempre a mano para estar seguro de que son suyos (memoria proposicional) y se da auto instrucciones (memoria verbal) para orientarse en un mundo impredecible y agresivo por su incapacidad para recordar. Lo mismo le pasa a los espectadores.
Me voy a trabajar. Hago mi repaso mental de las cuatro o cinco cosas indispensables que tengo que coger. Todo en orden… salvo las llaves del coche. No están en su sitio. Mi “fotografía”mental me dice que deberían estar en el platito de la mesa del salón. No están. Busco nerviosamente otras “fotos”: los bolsillos de las prendas de vestir que llevaba ayer: vacíos. Lugares más comunes por donde suelo moverme de la casa: no hay nada. Vuelve la foto del platito: miró allí de nuevo. Revuelvo entre otras llaves y bolígrafos, pero siguen sin estar. Fotos de los bolsillos: repaso otra vez los bolsillos vacíos. Miro tres veces en los sitios donde acabo de comprobar que las llaves no están. No me fío de mi memoria inmediata, sólo de las “fotos mentales”que me indican dónde deberían estar las llaves.
Leonard sólo puede fiarse de sí mismo. Pero al final de la película (o sea, al principio de la historia, no conviene olvidar que está contada en orden inverso) descubrimos que el más peligroso engaño del relato, como sucede en la vida real, es el autoengaño. Leonard inventa todo tipo de trucos para evitar ser engañado por los demás y que abusen de él, pero utiliza su amnesia anterógrada para autoengañarse y dotar de sentido permanente a su vida, basándose en una finalidad irreal, en una constante repetición de la misma venganza, una vez que borra las huellas y genera nuevas pistas tras consumar la venganza anterior. El espectador también.
Mi paciente Z apareció a las seis y tuvo que esperarme media hora. Según él, habíamos quedado a en punto. Es raro porque mi agenda decía a y media. Uno de los dos nos hemos autoengañado por algo. Uno de los dos ha olvidado el horario de una cita confirmada una semana antes. ¿Uno de los dos tiene un problema para retener información nueva?
Continúo el comentario personal para el Blog del Instituto sobre Memento. Sé donde lo dejé porque he encendido el ordenador y he visto cual era la última frase que escribí porque, desde luego, no la recordaba. Leonard tiene el mismo problema que cualquier otro personaje de ficción: su memoria sólo les sirve para estar motivados a la acción durante el tiempo que dura la narración. ¿Qué le importará a él seguir vengando o no a su mujer después de los títulos de crédito?
Por cierto, ¿cómo se llama el actor que lo interpreta? Conservo algunas “fotos”con anotaciones al pie: su rubio teñido en Memento lo tengo reciente, pero aún puedo recuperar su transformación en drag queen en “Las aventuras de Priscilla”en el desierto australiano o su aspecto remilgado en “L.A. Confidential”. Pero el nombre…
Lo tengo en la punta de la lengua. Pero no me viene. El nombre del actor. Mejor no obsesionarse. Pensar en otra cosa. Dicen que así, después, el nombre aparece por sí mismo, como el revelado de una fotografía. “Recuerda a Sammy Jenkins”. De acuerdo, ¿por dónde iba?

José María Burdiel: «El grupo terapéuticamente tiene muchas virtudes sanadoras»

Jose María Burdiel es profesor y miembro fundador del Instituto de Interacción y Dinámica personal, y a su vez director de la Dinámica de Grupo que el Instituto lleva realizando desde 1972. 
En este vídeo se puede ver una entrevista a Jose María Burdiel sobre los diferentes aspectos y temas de su trabajo. Es muy interesante el trabajo que vienen realizando con la Dinámica de Grupos desde hace más de 40 años. El nombre de este tipo de actividades proviene de dinamis, que quiere decir fuerza. En un grupo hay una serie de fuerzas interpersonales  y confluyen todas a la vez. Una herramienta muy útil para las relaciones interpersonales.
La Dinámica de Grupos
Como insiste Burdiel a lo largo de la entrevista en varias ocasiones, realmente una dinámica de grupos no es una terapia. Está pensada para aquellas personas que no van con un afán curativo, que no sienten que tengan conflictos especiales sino que quieran experimentar, conocerse mejor y saber quién eres ante y con otras personas.
La Terapia Individual y de Grupo
Según Jose María Burdiel, la terapia individual se dirige a aquellas personas que tienen problemas muy personales, singulares o de carácter específicamente interno. En cambio, recomendaría la terapia de grupo a aquellas personas que tienen problemas en relación con otra persona, bien sea por relaciones de hostilidad, de inhibición, de confusión; problemas en los cuales el otro entra a formar parte de ese conflicto. Para todo aquello que tenga que ver con los demás, sería recomendable una terapia de grupo.
A la hora de hablar de las ventajas que tiene la terapia de grupo, Burdiel lo tiene claro. «Es normal que a las personas nos de miedo entrar en un grupo. No sé con quién me voy a encontrar, cómo voy a reaccionar, qué tipo de personas va a haber allí. Cómo me van a impactar. Es normal esa prevención».
Sin embargo, el grupo terapéuticamente tiene muchas virtudes sanadoras. Lo más frecuente es que la persona que va a una terapia de grupo cuente un problema que creía que era exclusivamente suyo, terrible, casi vergonzoso…pero al compartirlo en el grupo empieza a ver que allí hay otros problemas mayores, muchísimo mayores y que no son nada vergonzosos. El problema individual de cada persona pasa a una dimensión mucho más real si se compara con los de los demás, e incluso la gravedad que podía tener el pensar que era un problema exclusivo y único se ve que le pasa a tres o cuatro personas. Eso ayuda a rebaja el nivel de angustia, de vergüenza, hace que nos reconciliemos con nosotros, y nos sitúa mucho más en la realidad.
También el hecho de que otras personas nos escuchen puede ayudar mucho, así como que  y el que esperen de la otra persona que también les pueda ayudar y clarificar. Además de sentir que cada punto de interesa,  que cada sensación impacta y de alguna manera les hace cambiar, eso también supone un crecimiento en el autoestima y en la maduración de todas las personas que forman el grupo.
También los miembros del grupo pueden dar sus experiencias sobre algo parecido de lo que le pasa a otro. De esta manera están sirviendo de posible camino, están dando una posible solución.
El grupo también, los componentes del grupo, son como espejos distorsionados de uno mismo, de cada persona que haya en un grupo, hombre o mujer, puedo encontrar algo propio ¿distorsionado? no exacto, pero un reflejo propio que al verlo en otro miembro del grupo nos está dando datos sobre nosotros mismos. Sólo viendo cómo es la reacción de las personas ante un problema propio, la persona puede saber y crecer y conocer mucho más de si misma.
Burdiel, como profesional experto en este ámbito, insiste en qu eel grupo terapéuticamente tiene muchas virtudes sanadoras. Por ejemplo, una Dinámica de Grupos nos ayuda a conocernos y a saber quiénes somos ante otras personas.
¿Cómo funciono yo cuando interactúo de una manera profunda con otros miembros? ¿Cómo me siento?¿De qué manera hablo?¿Quién me impacta?¿Qué emociones me hacen mayor mella?¿Qué características personales me irritan?¿Cómo reacciono yo ante una irritación?¿Cómo reacciono yo ante una atracción sexual?¿Cómo soy capaz de hablar de mis emociones?
Estas y muchas otras preguntas son la que nos hacemos en una Dinámica de Grupos, con el objetivo de ayudarnos a conocernos mejor y a saber interrelacionarnos con los demás.

Los problemas de conciliación de los niños de la llave

El problema de los niños de la llave va a más en la sociedad española. En primer lugar, vamos a definirte este concepto. Se trata de los niños que llevan siempre encima la llave de su casa, debido a que sus padres no se encuentran en su domicilio (generalmente, por razones de trabajo) cuando los chavales entran o salen de él.
Hay un momento en la vida de los más pequeños en el que se les da la responsabilidad de cargar con las llaves de casa. Este contexto suele coincidir con la transición de primaria a secundaria, cuando entendemos que ya son suficientemente «mayores» para hacer un uso independiente de las llaves.
Los niños de la llave de hoy en día
Los actuales se caracterizan por ser más pequeños. Muchos de ellos empiezan a llevarla entre los 6 y 13 años, como denuncia el informe Nativos de la crisis: los niños de la llave, de la ONG Educo. Esta asociación sin ánimo de lucro ha contabilizado 580.000 niños que se encuentran en esta situación.
Desde 2009, se ha producido un incremento del 66 %. La directora de Educación y Acción Social de Educo, Clarisa Giamelli, asegura que esta tendencia va a aumentar. Las causas principales de esta problemática tienen que ver con la crisis económica que nuestro país padeció desde 2008. Esta ha propiciado una creciente precariedad de las condiciones de trabajo (sueldos, horarios…), la cual no facilita la conciliación laboral de los padres.
Asimismo, el estudio de la ONG que te hemos citado sostiene que en el 58 % de hogares españoles no pueden irse de vacaciones. En el 61 %, por su parte, confirman que no se pueden permitir pagar un campamento a sus hijos. Ten en cuenta que en uno de ellos pueden jugar con otros chavales y tomar al menos una comida saludable al día.
Los problemas derivados de estas circunstancias
Son diversos los inconvenientes relativos a que los niños pasen tantas horas solos en casa. Aparte de que pueden optar por estilos de vida sedentarios y pasar demasiado tiempo ante el ordenador, la consola y la televisión (sin ningún filtro de contenidos); quedan expuestos a otras conductas peligrosas, como el consumo de alcohol y otras drogas, el cual cada vez se detecta de una manera más tempranera.
Además, en estas etapas, es fundamental que los niños se alimenten convenientemente. No es todavía el momento de que se preparen las comidas, lo cual puede resultar peligroso. Por tanto, es habitual que recurran a la comida rápida, con las consecuencias negativas de esta dieta tan grasienta.
En definitiva, los niños de la llave son cada vez más numerosos, por lo que creemos que van a ser necesarias políticas públicas que faciliten la conciliación laboral de sus padres.

Hay recuerdos que nos perturban

Alguna vez ocurre algo que no nos hace ninguna gracia, hemos hecho alguna observación desdichada, hemos contestado a una pregunta que no queríamos responder, hemos hecho una pregunta desagradable para la otra persona, hemos metido la pata …
El hecho dura muy poco tiempo y aún así puede mantenerse activo en nuestra memoria, lo seguimos reviviendo en el presente y nos vuelve a hacer daño, incluso más que la primera vez.
Añadimos desagrado por no haber sabido contestar, por habernos quedado parados. El acontecimiento desagradable queda vivo y nos daña.
Rumiamos y es como tomar veneno esperando que el otro sea el que se envenena. La persona con la que tenemos el conflicto es muy probable que siga ajena a nuestra rabia y es el ofendido el que sufre y se envenena.
La situación de enfado nos hace daño psicológica y físicamente, nos intoxica poco a poco y nos envenena.
Es fundamental para el pensamiento lograr SILENCIO y dejar el acontecimiento en el pasado y no en esta forma de presente continuo.
Es bueno recordarlo en nuestra imaginación, tal y como ocurrió sin poner ni quitar nada, hasta que su intensidad emocional baje.
Imaginémonos en esta situación actuando como queremos realmente actuar.
Escuchemos 3 minutos los sonidos de nuestro entorno, sonriendo y respirando suavemente.
Nos iremos calmando y pacificando.

El trauma en los niños a los que separan forzosamente de sus padres

Desde mediados de abril, en torno a 2.300 niños han sido separados de sus padres al cruzar la frontera de los Estados Unidos. Todo ello se inserta dentro de la nueva política migratoria de aquel país, la cual ha servido para encarcelar y enjuiciar a todos aquellos adultos interceptados al alcanzar ilegalmente los EEUU; en cuanto a sus hijos, estos fueron llevados a refugios temporales, con el trauma que esto conlleva.
Independientemente de las posturas económico-ideológicas esgrimidas por la Administración Trump, sabemos a ciencia cierta que la separación forzosa de la familia tiene efectos catastróficos sobre los niños, puesto que el trauma generado en ellos puede desembocar en problemas muy graves. Te lo contamos.
Los efectos del trauma en los niños separados
Tal y como imaginas, el impacto emocional de una separación de semejantes características es alto, y su gravedad va a depender de múltiples factores, tales como la edad o el tiempo de separación.
El momento mismo de la separación será fuertemente traumático. Lo primero que experimentan (tanto los padres como los hijos) es pánico, el cual desencadenará una liberación exagerada de cortisol y adrenalina, dos hormonas estrechamente vinculadas con el estrés.
Acto seguido, los pequeños experimentarán ansiedad por separación, que será más fuerte cuanto más jóvenes sean. Esto es así porque los hijos desarrollan un apego natural por sus padres, el cual es mucho más fuerte durante los primeros años de vida. Dicha ansiedad genera un tremendo malestar emocional, que suele somatizar en forma de problemas de estómago y dolores de cabeza.
Con el paso del tiempo, y coincidiendo con la disminución del shock inicial, es posible que los chicos dejen de llorar. Pero esto no significa que el estrés haya desaparecido; muy al contrario. Es posible que los llantos hayan sido sustituidos por una profunda depresión que los empujará hacia un estado de estrés post traumático.
Todas estas experiencias tienen, a su vez, consecuencias importantes para el futuro de los pequeños separados:
– Aumenta el riesgo de padecer diabetes y enfermedades del corazón.
– Grandes problemas de autoestima.
– Cambios radicales de humor.
– Menor capacidad de autocontrol.
– Problemas en el comportamiento: los niños se vuelven más proclives a la delincuencia (particularmente los varones corren el riesgo de desarrollar una indiferencia casi total por los sentimientos de los otros).
¿Qué se puede hacer ante este trauma?
Para ayudarles a superar los traumas derivados de una separación forzosa, debemos asumir una estrategia que contemple los siguientes puntos:
– Atención: escucharlos y aceptar sin discusiones sus sentimientos es el primer paso para que se recuperen de sus malas experiencias.
– Reducir los factores estresantes: evitar las peleas familiares, las presiones para rendir en la escuela, las mudanzas… en definitiva, cualquier factor que pueda resultar estresante.
– Por último, supervisarles y hacerles sentir queridos resultará fundamental para que puedan superar el trauma.

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

Acabo de leer por segunda vez, tras un período de diez años, la novela de ciencia-ficción de Philip K. Dick que dio origen al guión de la película de Ridley Scott “Blade Runner”. Vaya por delante que no soy un aficionado al género y, de hecho, sólo he leído tres novelas que se puedan enmarcar en el mismo (“1984” de George Orwell, “Solaris” de Stanislaw Lem y la que da título a este artículo).
La novela, escrita en 1968, transcurre en el año 2019 (dentro de un año el futuro será pasado) y la historia gira en torno a un cazador de recompensas al que le encargan “retirar” a seis androides renegados (“replicantes” en la película). Una de las mayores dificultades del trabajo reside en distinguir a los androides, ya que han sido creados precisamente para parecer idénticos a los seres humanos.
Para ello, la trama especula con un la existencia de un test llamado Voight-Kampff que, básicamente, mediría respuestas fisiológicas como la respiración, el ritmo cardíaco o los movimientos de los ojos, ante la presentación de determinadas preguntas o situaciones que implicaban a seres humanos u otros seres vivos. Es decir, pretende detectar respuestas emocionales o ausencia de ellas. Lo que nos distinguiría a los humanos de los androides en última instancia, según Dick, sería, por tanto, la empatía.
Carl Rogers, uno de los psicólogos más influyentes de la historia y padre de la Psicología Humanista, estableció tres únicas condiciones, tres actitudes básicas del terapeuta, que serían suficientes para desarrollar una relación de ayuda exitosa: escucha empática, aceptación incondicional y congruencia. Y, de ellas, la empatía es la más importante, la que garantiza un proceso de comunicación sano entre dos seres humanos. Rogers no habló de androides.
No sé cuál será el futuro del ser humano a medida que se sigan produciendo vertiginosos avances en inteligencia artificial, no sé si algún día se crearán androides tan perfectos que resultará casi imposible distinguirlos de los humanos, pero hay algo que me resulta mucho más preocupante que todo esto.
Creo que lo importante no es tanto lo “humanizados” que puedan llegar a ser los androides, como lo deshumanizadas que puedan volverse algunas personas. Cuando nos alejamos de nuestras propias emociones, de nuestras vivencias, y nos obsesionamos con una única cosa (el dinero, la aceptación de los demás, el éxito, el reconocimiento), nos desconectamos de nosotros mismos, de nuestra humanidad.
¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Esto me recuerda a los tebeos infantiles en los que un personaje contaba ovejas para dormir.
Me parece que nos hace más humanos disfrutar de los pequeños detalles, conocernos mejor a nosotros mismos o compartir momentos significativos (con empatía a ser posible) con otras personas. No sea que llegue un día en que seamos los seres humanos los que seamos incapaces de pasar el test Voight-Kampff. Y tengamos que preguntarnos: ¿habrá humanos que, para dormir, cuenten ovejas eléctricas?

¿Quién soy yo? de la pérdida al encuentro con el ser (I)

Practicar la soledad y el silencio te ayuda a recordar quién eres y a reconocer el camino de vuelta a casa. “Cuando pierdes contacto con la quietud interior, pierdes contacto contigo mismo. Cuando pierdes contacto contigo mismo, te pierdes en el mundo”. Eckhart Tolle

¿Quién soy yo? Cuando me pierdo en el mundo…y me encuentro

En una sociedad habitada por el ruido, la velocidad, el consumo desorbitado y voraz, donde el ritmo vital es rápido y el pulso acelerado, resulta difícil brindarte un espacio para la reflexión y el silencio. En medio de la vorágine diaria te vives con la necesidad y el reto de ajustar trabajo, convivencia familiar, responsabilidades del hogar, amistades… centrándote en el afuera, en el otro, en los demás; lo que va suponiendo, de forma progresiva, una pérdida de la propia identidad.

En un contexto tan salvaje, reservar un espacio para el encuentro en intimidad con una misma/con uno mismo, para recordarte: “quién soy”, se presenta una tarea mayúscula y necesaria.

Por ello, dedicarte un espacio de inactividad donde cada persona pueda adentrarse descalza a su mundo interno resulta una acción prioritaria. Este acceso a la intimidad más profunda abre las puertas al abismo del encuentro de “SER quien SOY” y te ayuda a tomar conciencia sobre la inmensidad que alberga tu interior, ofreciéndote la oportunidad de descubrir día a día ¿quién anda hoy ahí? ¿qué está ocurriendo ahí dentro?

Por tanto, es necesario observar, escuchar, hacer espacio para que resuenen internamente estas preguntas y llegar a percibir como cada día son nuevas las respuestas que brotan, nuevas las verdades que surgen y nuevas las realidades a explorar.
Todo ello, en un reciclaje constante y permanente, transformándote en cada respiración, en una comunión respetuosa, sincera y abierta con la persona que eres.
Retos y dificultades
Es importante saber, que esta toma de conciencia plena no resulta una tarea sencilla; en su búsqueda te enfrentarás a numerosas tentaciones y distracciones; el miedo al silencio es una de las más relevantes, ya que este encuentro con el ser más esencial también te enfrenta con tu soledad más profunda. Frente a esta sensación de soledad pueden surgir la angustia, el vértigo, sensaciones desagradables, recuerdos dolorosos, verdades incómodas… y volver al ritmo frenético, al contacto compulsivo con algo o alguien… tratando de ahogar y acallar estas sensaciones con todo tipo de rumores y ruidos nuevamente.
Lo más importante a tener en cuenta, es saber que se hace necesaria una práctica constante y continuada, cargada de paciencia, para ir llegando a un acercamiento progresivo, respetuoso y comprensivo con tu verdadera esencia.
Sobre todo; recuerda:
“Practicar la soledad y el silencio te ayuda a recordar quién eres y a reconocer el camino de vuelta a casa”.

La falacia del apostador (o falacia de Montecarlo)

Últimamente, mis hijos (una niña y un niño pequeños) han generado un conflicto respecto a qué silla debe ocupar cada uno de ellos  a la hora de desayunar, deseando siempre uno la que ha elegido previamente el otro. Les he propuesto que lo echaremos cada día a cara o cruz, lo cual supone una solución siempre que sean capaces de aceptar la derrota, cosa que, más o menos, se ha conseguido.
Los tres primeros días (independientemente de quien la haya elegido) salió cara. La niña me dice el cuarto día que quiere elegir cruz porque se ha dado cuenta de que aún “no ha salido” y tiene que aparecer. Trato de explicarle que eso no tiene nada que ver y que la probabilidad de que salga cara o cruz es la misma cada día. Su forma de razonar ha incurrido en la falsa creencia conocida como falacia del apostador o falacia de Montecarlo.
Este verano se cumplirán 105 años del suceso que dio origen a la denominación de dicha falacia. En agosto de 1913, en el Casino de Montecarlo, sucedió algo completamente excepcional. La bola había caído diez veces consecutivas en el negro. Los jugadores comenzaron a  apostar cantidades progresivamente mayores de dinero al rojo en la creencia de que en la siguiente sería casi imposible que se repitiera el mismo color. Tras 25 bolas “negras” consecutivas, les parecía imposible que la siguiente no fuera roja, pero, para sorpresa de todos, volvió a salir el negro.  Aquella noche la bola cayó 26 veces consecutivas en el negro.
Algo parecido a la falacia del apostador nos sucede en ocasiones al valorar acontecimientos de nuestra propia vida. Es un pensamiento tan frecuente que muchos de nosotros hemos podido tenerlo o conocemos a personas que lo han expresado. Tiene que ver con la idea de que, después de una serie de desgracias consecutivas, ya toca que nos pase algo bueno, o la creencia complementaria: si nos están saliendo las cosas demasiado bien, en cualquier momento va a pasar algo que lo estropee todo. Ambos pensamientos resultan irracionales, ya que la vida (como la ruleta) no tiene memoria y el azar no se regula a sí mismo.
Considero que lo adecuado es no “confiar” en los designios del azar y, por tanto, asumir la responsabilidad de nuestra propia vida, afrontando los problemas, aceptando nuestras emociones y buscando soluciones creativas. Y, por supuesto, disfrutando de las rachas positivas mientras duren. Es decir, valorándonos como personas y confiando en nuestros recursos, para rebelarnos contra un azar justiciero que sólo nos premiaría después de habernos sometido a una sucesión de desgracias o nos hundiría tras una serie de éxitos consecutivos.
Sólo me queda por decir que, tras estas reflexiones, me dispongo a interrumpir la “solución” para mis hijos de jugarse las sillas a cara o cruz y, en adelante, intentaré que lo hablen, negocien, acepten sus sentimientos de frustración, busquen soluciones por sí mismos, relativicen la importancia de una silla u otra y, por supuesto, disfruten lo más posible de sus desayunos.

¿Relación o conexión?

A lo largo del día pasamos más horas pendientes de nuestro teléfono móvil en diferentes apps o en las redes sociales que jugando con nuestros hijos o leyendo un libro. ¿Realmente las redes sociales crean conexiones entre personas o más bien, fomentan la soledad?
Los teléfonos están entrenando a la gente a mirar sin ver – Zygmunt Bauman-.
La nueva era de la tecnología tiene como telón de fondo un mundo rápido, fugaz y volátil; ávido de reciclaje constante y de cambios que salpica también el terreno de las relaciones y los afectos humanos
Los inversores en redes sociales han sabido lanzar el dardo y dar en la diana. Centrarse en una de las necesidades básicas del ser humano: la necesidad de relacionarse
El auge de las nuevas tecnologías ha generado nuevas maneras de vinculación entre las personas; nos encontramos en la era de las “relaciones virtuales”; conexiones de fácil acceso y también, de fácil salida. Vínculos fugaces, superficiales e higiénicos que no requieren de un fuerte compromiso con el prójimo. Cada uno decide cuándo, cómo y dónde conectarse y también cuando eliminar esta conexión. Sin dolor, asépticamente.
El contacto virtual puede resultar atractivo y tentador por su diversidad, su fluidez, sus dimensiones… pero también es efímero ya que dificulta conectar con otras personas a un nivel emocional pleno, profundo y seguro, dejando al descubierto una sensación de vacío existencial y de soledad que condena al aislamiento.
Establecer un vínculo fuerte y comprometido supone asumir una serie de responsabilidades con la otra/as persona/as. Se requiere de humildad y coraje para adentrarse en un terreno inexplorado e incierto como es la otredad. Como decía Bauman en su libro Amor líquido: “sin humildad y coraje no hay amor; se requieren de ambas cualidades, en cantidades enormes y constantemente renovadas”.
Las “relaciones reales” son importantes y necesarias para sentirnos vivos y seguros. Para tener la certeza de saber que pertenecemos y somos importantes para alguien y poder dotar de sentido nuestra existencia y la de las personas con las que convivimos y habitamos humanamente.

«El duelo sano es un proceso adaptativo beneficioso»

Con Paloma Rosado hablamos sobre ¿Cómo afrontar el duelo?¿Cómo afrontar esta etapa que antes o después aparecerá en nuestras vidas?.
“¿Qué es exáctamente el duelo me preguntan a veces? Dolor, puro dolor, conformado por piezas recias que en realidad están huecas, son ausencia, hielo seco. Nuestro cerebro mamífero se expande en la fusión, el vínculo, la alianza y nuestro corazón goza con el encuentro y la adicción. Sin embargo, lo normal es que el duelo aparezca en nuestra biografía antes o después para expulsarnos de una realidad conocida y, generalmente, amada trasladándonos a otra impuesta en la que siempre hace frío. Es un tránsito, un proceso, un discurrir no deseado -aunque es posible que pueda desembocar en el hallazgo de un sentido personal. Y eso es lo deseable-.
No, el duelo no es una patología que requiera medicalizarse. Es cierto que nos inunda de una buena cantidad de ‘emociones negativas’ como tristeza y aflicción, enfado, miedo, frustración, añoranza e incluso de culpa y ambivalencia -muy presente en los casos de adolescentes-. Pero el duelo sano es un proceso adaptativo beneficioso. Es la expresión natural de un ser humano al que le han quitado lo que más amaba. Ya nunca más podrá cogerle de la mano y eso duele tanto, tanto. Por eso todas esas emociones pueden aparecer y circular por nuestra vida cotidiana durante meses. La clave es que no se estanquen, que no creen un atasco que impida el movimiento, la libre circulación, el empuje del ‘enganche’ a la vida. Ese es el riesgo. Que aparezca la victimización, la congelación o la negación. Por eso, como agentes de prevención funcionan estupedamente los buenos amigos –los que acompañan sin imponer sonrisas ni robarlas- y la familia nutricia. También ayuda mucho prestar atención al cuidado del cuerpo y el alma –¡afortunados los que siguen una práctica espiritual! Aunque no restará dolor, con el tiempo podrá engrosar el sentido del que hablábamos antes-. Y sin duda alivian generosamente los espacios de apoyo donde se puede compartir y expresar con libertad. En esta sociedad -que tiene sus cosas buenas y malas- la ocultación del dolor, la muerte y la enfermedad son sin duda lastres a revisar. Menos mal que la creatividad humana ha dado con fórmulas de reparación como los grupos de autoayuda, los espacios terapéuticos, la figura del facilitador… que en el tecnológico siglo XXI son de un valor incalculable.
También los niños viven sus duelos y si el estilo de los padres -o de los cuidadores principales- no resulta saludable lo aprenderán, se resentirán y lo reflejarán en su tono general, los estudios, la alimentación, el sueño, los cambios de humor…  Ellos sobre todo necesitan un espacio de seguridad y apoyo –a ser posible, la familia- en el que poder expresar sus inquietudes y temores sabiendo que: siempre habrá un adulto que se ocupe de ellos, que no tienen culpa en lo que ha pasado y que habrá un día en el que volverán a sentirse bien.
Así se manifiestan los duelos sanos: con movimiento. Pero la realidad es que también existen duelos complicados, atascados, en los que resulta esencial buscar ayuda. Pueden estar relacionados con la evidencia del calendario o con ciertas condiciones -muerte por suicidio, sin cuerpo (persona desaparecida), muerte durante el proceso de divorcio, en la gestación…-. Sí, hay circunstancias que complican que se desarrolle un duelo sano, pero no lo imposibilitan. Porque de algún modo también en la pérdida uno se duele como vive….Incluso algunos aseguran que, uno muere como vive.

Ideas para afrontar la Navidad

Ideas
Según un estudio de una conocida marca de turrones un 26% de personas adoran la Navidad. Por el contrario hay un 6% que no las considera su época del año preferida. En un nivel intermedio se encuentran 4 de cada 10 personas. Los psicólogos consideran que la antipatía o rechazo a estas fechas navideñas se asocia a conflictos familiares, interpersonales, pérdida de seres queridos, o expectativas no cumplidas. Luchi Serres, Zenaida Aguilar y Sonia Hernáez desde el Instituto de Interacción y el Instituto Carl Rogers en Barcelona nos dejan las siguientes ideas o sugerencias:
¿Cómo podemos sobrellevar de la mejor manera posible la Navidad?
Los días previos a la Navidad pueden confrontarnos con una sensación profunda de soledad, generando mucha ansiedad en algunas personas, ya que no tener con quién celebrar las fiestas puede ser muy doloroso. Familias peleadas, distanciadas, parejas separadas, padres cuyos hijos han crecido y este año lo pasarán con su familia política, personas expatriadas lejos de los suyos, familiares hospitalizados, entre tantas otras posibilidades.
¿Qué podemos hacer para sentirnos más acompañados?
Unirse al festejo de otra familia afín puede ser una buena opción para evitar pasarlo solos. Organizar una reunión con amigos; quizás otros se encuentren en una situación similar o les apetezca pasarlo en un ámbito distinto al familiar. Apuntarse en una celebración navideña en algún restaurante o sitio que organice un evento navideño. De esta manera podremos encontrarnos con otras personas que estén en una sintonía parecida a la nuestra y por qué no, conocer gente nueva.
Sabemos que para muchas personas los días de fiestas y celebraciones navideñas puede ser motivo de mucha ansiedad removidos por todo lo que esta época implica. Surgen diferentes pensamientos y sensaciones, “¿Con quién pasaré estas navidades?”, “Tengo que ir a la reunión familiar pero no me apetece en absoluto”, “No quiero encontrarme con esta persona”… En algunos casos puede ser preciso plantearnos no asistir a esa reunión familiar que tanta angustia causa, pero sabemos que a veces tomar esta decisión cuesta. Es importante dejarse sentir el deseo de acudir o no, escucharnos para darnos cuenta si estoy preparado y empoderarse de la elección. En el caso de que tomemos consciencia y decidamos que debemos cuidarnos, y por lo tanto no asistiremos a esta reunión, podemos pensar con quién realmente deseamos pasar la Navidad o quizás ver otras formas que no impliquen personas o reuniones, sino experiencias, como viajar a algún lugar.
La mesa familiar. Una escena temida
La mesa familiar puede ser una escena temida. En muchas familias este encuentro acaba en discusiones, peleas, conversaciones forzadas… Para muchos puede implicar encuentros no deseados con algunos familiares, con personas que nos han podido hacer daño y sin embargo es un tema tabú, encuentros forzados en los que pueden removerse sentimientos o emociones delicadas, entre tantas otras posibilidades. Somos conscientes de la dificultad de evitar el encuentro familiar, sin embargo, vemos la importancia de prepararnos previamente para enfrentarnos a estas situaciones de la mejor forma posible y menos dañina. Para ellos hemos de hacer un trabajo previo en el que nos empoderemos con recursos que nos den seguridad y confianza en que podremos hacer frente a la situación y hacer este día más llevadero. Proponemos algunas ideas que pueden ayudarnos, sin querer quitarle importancia al trabajo terapéutico que consideramos imprescindible en algunos casos: en este evento, una persona con la que puedas tener una conexión que sirva como protección, un “aliado”. Puede ser oportuno también buscar el límite propio de tolerancia en que uno puede estar en este encuentro, e irse de la reunión en el momento que se crea que ya se ha expuesto demasiado.
Pérdida o ausencia de seres queridos. ¿Qué hacer para atravesar estos momentos y vivirlos de la mejor manera posible?
Para quienes han perdido una persona significativa y están atravesando el duelo las navidades pueden ser un momento especialmente doloroso. Estas fechas suelen poner de manifiesto más intensamente la ausencia de estos seres queridos, hasta el punto de no sentir deseo de celebrar o no encontrar motivo de celebración. ¿Qué hacer para atravesar estos momentos y vivirlos de la mejor manera posible?. Claramente hacer como que “aquí no ha pasado nada” y “esto no duele” no es la mejor opción. Estar en proceso de duelo en estas fechas remueve muchos sentimientos, y no existe una fórmula mágica, cada uno tiene sus tiempos. Sin embargo, creemos que quizás pueda servir recordar a esta persona de un modo especial, hacer algún tipo de acto simbólico en el que se recuerde y se honre a esta persona que no tenemos a nuestro lado. Ejemplos: recordando el rol que tenía en esta celebración, poner su música preferida, contar alguna anécdota feliz, entre tantas otras posibilidades que variaran de acuerdo a cada familia y su historia.
La Navidad lejos de nuestro país. Consejos para resignificar estos días
Cada vez más personas pasan la Navidad fuera de su país y lejos de los suyos. Esto puede despertar mucha nostalgia, y un fuerte deseo de estar cerca de sus seres queridos. Para quienes se encuentran en esta situación quizás no será igual que estando en casa, pero se pueden encontrar distintas opciones para resignificar estos días: reunirse con personas que se encuentran en una situación similar y plantear un modo distinto de celebracióncompartiendo, por ejemplo, tradiciones y rituales propios de cada uno. Quizás pueda ser bonito cocinar la comida típica de mi país o de mi familia, hacer un intercambio de regalos con un tinte de cada región. Quizás a algunos les pueda hacer bien hacer una llamada o una conferencia vía Skype durante el festejo para saludar a las familiar y hacerlas participes de alguna manera de este nuevo modo de celebración.
Familias con padres separados. Evitar que los hijos/as tengan que elegir
En algunas familias cuyo padres están separados, la época navideña puede generar conflicto, ya que los hijos han de pasar las celebraciones con una parte de la familia o con la otra. A veces nos encontramos con familias que invitan a los niños a elegir con quién pasar unos días u otros generándoles mucha angustia. Frente a esta situación tan delicada, sugerimos que sean los adultos quienes escojan, no poner a los más pequeños en la situación de que tengan que ser ellos quienes tomen esta decisión ya que esto puede resultar muy amenazante para ellos, teniendo que escoger entre padre o madre y familia extensa. Como adultos, podemos intentar repartir las celebraciones para que puedan compartir momentos con ambos padres y familiares y hacer de ambas celebraciones un momento especial.
“Vive la Navidad de la manera en la que tu quieras vivirla”
Sonia Hernáez desde el Instituto de Interacción en Madrid nos aconseja:
“En estas fechas, algo muy importante es escucharse y respetarse a uno/a mismo/a. Cada persona atraviesa de maneras muy diversas esta época del año. El significado que adquiere para cada uno/a es muy distinto: motivo de alegría, de celebración, de tristeza, de nostalgia, de compartir, de soledad… siendo el respeto hacia las necesidades personales algo de vital importancia.
Bríndate la oportunidad de sentirte cómodo/a con lo que haces y eliges. Dale el sentido que tú necesites darle.”

«No hay edad en la que la actividad sexual, los pensamientos sobre sexo o el deseo finalicen»

La sexualidad es una parte integral del ser humano, y va evolucionando conforme nuestro ciclo vital. Hace unos días se celebraba el Día Mundial de la Salud Sexual. Lucrecia Zurdo, psicóloga, sexóloga y miembro del Instituto de Interacción nos comparte unas reflexiones sobre cómo vivir nuestra vida sexual cuando vamos envejeciendo.
El pasado 4 de septiembre se celebró, por octavo año consecutivo, el Día Mundial de la Salud Sexual.

«La salud sexual es un estado de completo bienestar físico, emocional, mental y social en relación con la sexualidad, no es solamente la ausencia de enfermedad, disfunción o malestar. La salud sexual requiere un enfoque positivo y respetuoso hacia la sexualidad y las relaciones sexuales, así como la posibilidad de tener experiencias sexuales placenteras y seguras, libres de coerción, discriminación y violencia. Para que la salud sexual se logre y se mantenga, los derechos sexuales de todas las personas deben ser respetados, protegidos y cumplidos»

La sexualidad es una parte integral del ser humano. Su desarrollo pleno depende de la satisfacción de las necesidades básicas como el deseo de contacto, intimidad, expresión emocional, placer, ternura y amor. Es una parte importante en la existencia humana, en cualquier etapa de la vida, la sexualidad evoluciona a través del ciclo vital.

«Somos seres sexuados desde que nacemos hasta que morimos»

Hasta hace bien poco, la idea de que las personas de edad avanzada mantienen relaciones sexuales no estaba bien aceptada por la sociedad, la actividad sexual en los ancianos era considerada inapropiada, inmoral e incluso una conducta perversa, dando lugar a una supuesta «inexistencia», en la vejez la sociedad imponía que la sexualidad debía ser ignorada, ahora sabemos que esta etapa de la vida  conlleva la necesidad psicológica de una actividad sexual continuada.

«No hay edad en la que la actividad sexual, los pensamientos sobre sexo o el deseo finalicen»

Hemos sido testigos de un importante cambio a este respecto y actualmente ha habido un aumento del número de personas de edad avanzada de ambos sexos que buscan consejo y tratamiento de las disfunciones sexuales que pueden padecer, así como respuestas a las dudas que aparecen acerca de los cambios sexuales que se presentan.
Con la edad, por lo general, disminuye el apetito biológico sexual, pero no ocurre lo mismo con la atracción sexual, las necesidades afectivas, ni con el sentido de la comunicación genital, todo ello sigue estando muy presente y en ocasiones incluso aumentando hasta el final de la vida.
Los contactos sexuales se modifican cualitativamente con la edad: el acto sexual mal llamado pleno o coito deja de ser el objeto y fin de la aproximación y se realzan otros aspectos como lo sensual, lo erótico, lo afectivo u otras actividades genitales (caricias, masturbaciones…) buscando más la comunicación humana y el contacto gozoso que el desahogo instintivo.
Partiendo del máximo respeto a la individualidad, debemos comprender y aceptar que la sexualidad no se reduce a la genitalidad y a lo biológico, sino que incluye también importantes facetas sensuales, interpersonales, emocionales y del espíritu que tenemos que cultivar en su conjunto e inseparablemente.
Resulta conveniente alentar a que las personas de edad se animen a vivir y disfrutar se sexualidad, diferente a la de su edad joven, pero renovada y en algunos puntos mejorada con relación a aquella. En la vejez ya no importa tanto la pasión, el rendimiento o el orgasmo cuanto el cariño, el goce, la contemplación tierna o el recreo erótico. Son nuevos matices, más variados y ricos que con frecuencia superan el placer de etapas anterioes.
Con la edad no se «pierde», se «cambia» la actividad sexual, como tantas otras cosas en la vida.

«El duelo sano es un proceso adaptativo beneficioso»

Con Paloma Rosado hablamos sobre ¿Cómo afrontar el duelo?¿Cómo afrontar esta etapa que antes o después aparecerá en nuestras vidas?.
“¿Qué es exáctamente el duelo me preguntan a veces? Dolor, puro dolor, conformado por piezas recias que en realidad están huecas, son ausencia, hielo seco. Nuestro cerebro mamífero se expande en la fusión, el vínculo, la alianza y nuestro corazón goza con el encuentro y la adicción. Sin embargo, lo normal es que el duelo aparezca en nuestra biografía antes o después para expulsarnos de una realidad conocida y, generalmente, amada trasladándonos a otra impuesta en la que siempre hace frío. Es un tránsito, un proceso, un discurrir no deseado -aunque es posible que pueda desembocar en el hallazgo de un sentido personal. Y eso es lo deseable-.
No, el duelo no es una patología que requiera medicalizarse. Es cierto que nos inunda de una buena cantidad de ‘emociones negativas’ como tristeza y aflicción, enfado, miedo, frustración, añoranza e incluso de culpa y ambivalencia -muy presente en los casos de adolescentes-. Pero el duelo sano es un proceso adaptativo beneficioso. Es la expresión natural de un ser humano al que le han quitado lo que más amaba. Ya nunca más podrá cogerle de la mano y eso duele tanto, tanto. Por eso todas esas emociones pueden aparecer y circular por nuestra vida cotidiana durante meses. La clave es que no se estanquen, que no creen un atasco que impida el movimiento, la libre circulación, el empuje del ‘enganche’ a la vida. Ese es el riesgo. Que aparezca la victimización, la congelación o la negación. Por eso, como agentes de prevención funcionan estupedamente los buenos amigos –los que acompañan sin imponer sonrisas ni robarlas- y la familia nutricia. También ayuda mucho prestar atención al cuidado del cuerpo y el alma –¡afortunados los que siguen una práctica espiritual! Aunque no restará dolor, con el tiempo podrá engrosar el sentido del que hablábamos antes-. Y sin duda alivian generosamente los espacios de apoyo donde se puede compartir y expresar con libertad. En esta sociedad -que tiene sus cosas buenas y malas- la ocultación del dolor, la muerte y la enfermedad son sin duda lastres a revisar. Menos mal que la creatividad humana ha dado con fórmulas de reparación como los grupos de autoayuda, los espacios terapéuticos, la figura del facilitador… que en el tecnológico siglo XXI son de un valor incalculable.
También los niños viven sus duelos y si el estilo de los padres -o de los cuidadores principales- no resulta saludable lo aprenderán, se resentirán y lo reflejarán en su tono general, los estudios, la alimentación, el sueño, los cambios de humor…  Ellos sobre todo necesitan un espacio de seguridad y apoyo –a ser posible, la familia- en el que poder expresar sus inquietudes y temores sabiendo que: siempre habrá un adulto que se ocupe de ellos, que no tienen culpa en lo que ha pasado y que habrá un día en el que volverán a sentirse bien.
Así se manifiestan los duelos sanos: con movimiento. Pero la realidad es que también existen duelos complicados, atascados, en los que resulta esencial buscar ayuda. Pueden estar relacionados con la evidencia del calendario o con ciertas condiciones -muerte por suicidio, sin cuerpo (persona desaparecida), muerte durante el proceso de divorcio, en la gestación…-. Sí, hay circunstancias que complican que se desarrolle un duelo sano, pero no lo imposibilitan. Porque de algún modo también en la pérdida uno se duele como vive….Incluso algunos aseguran que, uno muere como vive.