Serie Psico & Historia II

Por Pablo Sierra, psicoterapeuta

El Muro de Berlín o la ruptura con nosotros mismos

El Muro de Berlín o la ruptura con nosotros mismos

En la noche del 12 al 13 de agosto de 1961, por orden del gobierno de la hoy desaparecida República Democrática Alemana (RDA), se levantó un muro de seguridad construido con hormigón armado, con una altura de tres metros y medio, y una longitud de 45 kilómetros, que dejó dividida en dos la ciudad de Berlín (la zona occidental formaba parte de la República Federal de Alemania (RFA), para proteger a la población de la Alemania Oriental “de los elementos fascistas de Occidente”.

De la noche a la mañana (nunca mejor dicho) una ciudad de 3.300.00 habitantes quedaba dividida en dos por una barrera física, que impedía el paso de automóviles y peatones, quedando interrumpido todo el transporte público, excepto el metro, que siguió funcionando por debajo del muro, pero dejó de tener paradas en las estaciones de Berlín Oriental, que quedaron condenadas como estaciones fantasmas (salvo una línea que pasa por  Friedrichstrasse, que mantuvo el servicio bajo estrictos controles policiales).

Cuando las cosas ya han sucedido, las aceptamos con mucha más normalidad. Durante casi 30 años un muro dividió en dos una ciudad, capital de uno de los países más importantes de Europa en pleno siglo XX, y ya está. Así fue. Pero, en aquel momento, aquello supuso que, repentinamente, familias, amigos, compañeros de trabajo, quedaron separados, escindidos, artificialmente. Muchos de ellos no pudieron volver a verse. Es extraño, alienante, surrealista.

Y, sin embargo, en nuestro interior, en el laberinto de las circunvoluciones de nuestros cerebros, cada uno de nosotros experimentamos, en mayor o menor grado, una escisión muy parecida. Nuestra psique se empeña en levantar muros de seguridad para protegernos, para evitarnos experiencias desagradables, para devolvernos una imagen aceptable de nosotros mismos o para evitar que corramos riesgos emocionales.

Nos autoescindimos interiormente, impidiendo que determinadas experiencias o emociones lleguen a nuestra consciencia, o que si lo hacen, sea de manera alterada o distorsionada. Igual que en Berlín hubo seres queridos a los que se les escamoteó la posibilidad de volver a verse, nuestra mente levanta barreras internas que nos impiden volver a sentir de una determinada manera o si en la capital alemana, hubo reencuentros, tantas décadas después, que costaba reconocer a la otra persona, nuestro subconsciente, sin necesidad de hormigón armado, logra que seamos incapaces de reconocer nuestras propias miserias.

Sin pretender justificarlo, la RDA tenía sus buenos motivos para cerrar la frontera, que en Berlín era demasiado permeable, entre dicho país y la RFA, ya que trabajadores de un lado, vivían en el otro y se aprovechaban de las condiciones financieras favorables de la zona oriental, pero podían comprar productos en el mercado negro de la zona occidental. Así, se debilitaba significativamente la economía planificada de la RDA.

A nuestros mecanismos de defensa tampoco le hace demasiada gracia que informaciones, recuerdos y significados personales transiten por nuestra consciencia con toda libertad porque saben del sufrimiento que pueden causarnos. El inconveniente es que, en su único afán de protegernos del dolor, dichos mecanismos no miden otras consecuencias: todo lo que queda, de alguna manera, reprimido, al otro lado del muro, pugna por salir de ese encierro, por atravesar alguna puerta, por hacerse escuchar, provocando así otros síntomas en forma de ansiedad, depresión o trastornos psicosomáticos.

Veintiocho años después de su levantamiento, en la noche del 9 al 10 de noviembre de 1989, una revuelta popular propició la demolición del muro, la apertura de la frontera entre la RDA y la RFA y, en última instancia, apenas un año después, la reunificación alemana en un único país.

Los seres humanos no podemos aspirar a tanto con nuestros muros internos. A fin de cuentas, están ahí para protegernos. Pero, a veces, sucede, que no necesitamos esos mecanismos y su protección se vuelve contra nosotros en las formas antes descritas.

Y lo único que podemos hacer es mantenernos en contacto con nuestros sentimientos, nuestros deseos, nuestros miedos y nuestras miserias, para evitar una escisión tan rígida como la que supuso el levantamiento de un muro de hormigón armado en la segunda mitad del siglo XX en el centro de la ciudad de Berlín.

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