Fue hace ya varios meses pero aún hablo sobre ello porque fue una experiencia bonita y sencilla que aún me acompaña. De esas que a uno le esponjan por dentro. Y es que los pequeños gestos de bondad -esos que tú y yo tenemos al alcance de la mano ejecutar cada día- tienen un gran poder transformador.

Era un martes y llovía. Con esta lluvia de primavera que ahora es suave y ahora cae a chorros. Aquella mañana a mi me pilló la segunda fuera de casa. Acababa de hacer unas gestiones administrativas y había hecho un par de compran en el centro de la ciudad que me habían entregado en sendas bolsas de papel. Confieso que soy un gran amante de los libros y un entregado practicante de la lectura, especialmente de corte científico. Ultimamente estoy aprendiendo y disfrutando -a partes iguales- de libros que me ayudan a entender el cerebro humano. Norman Doidge y Russ Harris han sido una agradable compañía en las mañanas lluviosas -y también soledadas- de esta primavera.

Como decía, aquella mañana había salido de casa, no llevaba paraguas y empezó a llover. Dada la situación decidí coger un autobús y dejar para otro momento mi preciado paseo contemplativo por las calles de la ciudad. Tardó en llegar y aunque yo trataba de ser paciente notaba que el agua impactaba de vez en la parte baja de los pantalones y me subía un poco de frío por los tobillos. Cosas de la primavera.

Al final llegó mi autobús. Saludé al conductor que farfulló algo parecido a una respuesta -tiene que ser duro conducir con lluvia en ciudades con mucho tráfico- y me dispuse a sacar del bolsillo una tarjeta para validar mi viaje. Y en ese contexto llegó un momento complicado para mí. La bolsa de papel en la que iban mis tres nuevos libros -y en la que también había introducido las piezas de fruta recién adquiridas- estaba dando muestras evidentes de que el agua de la lluvia la estaba transformando en una especie de pasta por algunas zonas, yo no encontraba mi tarjeta y detrás de mi venía otra persona con deseos de traspasar la puerta de acceso.

Respiré hondo, me hice a un lado para que la persona me adelantase y yo pudiese buscar la tarjeta con más tranquilidad. Y no sé si fue algún movimiento brusco por mi parte, el roce del viajero o qué se yo pero en ese momento mi bolsa de papel mostró la dimensión de sus heridas y dejó caer a mis pies el cargamento de sabiduría y alimento que contenía. Las manzanas rodaban ante mis ojos y notaba como crecía el malestar en mí.

El conductor ya había arrancado, los viajeros de los primeros asientos iban mirando el móvil en su mayoría y una pareja hablaba acaloradamente. Aunque yo trataba de mantener la calma aquella mañana se estaba construyendo como latosa, incómoda y engorrosa. ¿Quién me mandaba a mí salir a comprar sin paraguas en esos días con un tiempo tan imprevisible?

Y entonces reparé en una señora de aproximadamente mi edad que se dirigía hacia mí. Se movía tan rápido como sus tres bolsas se lo permitían y su paraguas no le limitaba el avance -chocó con más de un viajero, ante lo que la señora sonreía a modo de disculpa-. Hoy recuerdo a aquella  desconocida como la artífice de un pequeño gesto de bondad encarnado que alivió mi pesadumbre: avanzaba hacia mí con el brazo izquierdo extendido y con una bolsa de plástico en la mano. Al tiempo de su boca salía, en tono amable, una llamada de atención en forma de “sueño, señor”. La bondad encarnada, aquella mañana, había empatizado con mi necesidad de una bolsa intacta para llegar a casa con unos libros y unas frutas protegidos del agua y avanzaba por el pasillo con su regalo impagable gracias a un corazón mullido y afectado. La desconocida señora podría haber permanecido en su asiento, no arriesgándose al rechazo, a un resbalón o a la incomodidad del paseillo que había emprendido. Pero no. Eligió ayudarme. Mi malestar no le fue indiferente y me donó un gesto de humanidad compartida, que le agradecí con sincera cordialidad.

La benevolencia es una capacidad que se elige desarrollar o no. Su cultivo requiere conciencia. Cambia mañanas, días e incluso vidas.

Edgar Pocaterra

Horario de secretaría 2023-24: L, M y J de 16 a 20 h. X de 15 a 19h