Después de muchos años vuelvo a ver “Lawrence de Arabia” en los mismos días que escribo el artículo de Estafas y psicología dedicado a la Princesa Caraboo. Por algún motivo, desde que vi la película del David Lean (que como es sabido trata sobre el tiempo que pasó el coronel T.E. Lawrence en Oriente Medio con el objetivo de unir a las tribus árabes frente al enemigo común que eran los turcos, en beneficio del Imperio Británico) por primera vez, me llamó la atención la frase con que se cierra el intento por parte de Lawrence de convencer al jefe beduino Auda abu Tayi para que se una a su ejército y contribuya al ataque sobre Áqaba.
Lawrence: “Amigos míos, hemos sido estúpidos. Auda no irá a Áqaba por dinero… no irá por el príncipe Feisal… ni siquiera irá a Áqaba para expulsar a los turcos…”. Creo que lo que me atrajo de ese diálogo era la sucesión de negativas, concatenadas inevitablemente para desembocar en algún momento en una conclusión contundente afirmativa.
Quizá influido por la revisión de la película, cuando escribía sobre la Princesa Caraboo me venían a la mente en primer lugar todas las frases en negativo: la Princesa Caraboo no engañó a Inglaterra porque inventara un idioma brillante y convincente… no lo consiguió por falsificar brillantemente pruebas que respaldaran su historia… ni siquiera lo hizo porque diseñara una mentira perfecta.
Mary Baker era hija de una humilde familia inglesa. Llegó a la zona de Almondsbury , cerca de Bristol, fingiendo no entender inglés y se comunicaba mediante un lenguaje inventado supuestamente originario de su exótico país. Decía provenir de una isla lejana en la que su familia gobernaba y afirmaba llamarse Caraboo. Toda esta historia venía adornada por un comportamiento sumamente teatral que parecía encajar con lo rocambolesco de su historia: sus rezos se adornaban de extraños rituales, sus palabras siempre eran desconocidas y, en general, mantenía una actitud discreta y embestida de una dignidad que rimaba fácilmente con los modos de la nobleza. El acercamiento a un círculo de personas influyentes terminó por imbuir a la falsa princesa de un halo de indiscutible credibilidad.
La Inglaterra del siglo XIX vivía una época de enorme curiosidad por los territorios lejanos. En ese contexto, lo exótico generaba una mezcla de curiosidad y fascinación. A ello contribuían los relatos de exploradores, aventureros, comerciantes, marineros y militares. Loa mapas presentaban vastos terrenos que se sumergían en las tinieblas alimentando la imaginación de novelistas y dramaturgos; y África, Asia o las islas del Pacífico se convertían en mundos oscuros y misteriosos. Así que, cuanto más extraordinaria parecía una historia, más atractiva resultaba.
Como en otras estafas que hemos comentado y tantas otras a lo largo de la historia, no fueron personas crédulas o ignorantes las que terminaron por aceptar la historia. Miembros de la aristocracia, intelectuales, burgueses con cultura creyeron en ella.
No creyeron porque hubiera pruebas sólidas… No creyeron por que vieran un relato coherente.
En la primavera de 1817 la joven inglesa se presentó en Aldmonsbury con un turbante, extraños signos dibujados sobre su cuerpo, realizando peculiares rituales y respondiendo a las preguntas en un idioma ininteligible, adornado por gestos incomprensibles. En muy poco tiempo la noticia llegó a extenderse por todo el país: había llegado procedente de una isla remota llamada Javasu una princesa exótica y elegante. Esto le permitió ser agasajada y vivir una vida de lujo durante un tiempo proporcionada por la nobleza local y los poderes comarcales.
El engaño se hubiera mantenido si no fuera porque una persona reconoció a la supuesta princesa en una foto de un artículo dedicado a ella en un periódico. Al ver la instantánea, la identificó inmediatamente como Mary Baker, la chica humilde con un pasado muy diferente al que describía el artículo del periódico.
Se puede establecer la presencia de diferentes sesgos que favorecen la aceptación de este bulo. Podría haber influido el sesgo de fascinación por lo extraordinario, por el que prestamos atención a aquello que rompe con la normalidad; el sesgo de validación social por el que si personas respetables o que nos transmiten confianza aceptan una historia, tendemos a reducir nuestro nivel de escepticismo; o el sesgo de deseo de participar en algo excepcional: creerse la historia de la Princesa Caraboo permitía a quien lo hiciera pasar a formar parte de esa misma historia, convertirnos en un personaje más de ese relato exótico y fascinante, salir de la rutina monótona del día a día para llegar a participar en una novela de fantasía.
Muchas veces la mente humana no busca necesariamente la verdad objetiva y demostrable de las cosas, ni siquiera algo tan necesario y adaptativo como protegernos a toda costa de las amenazas del entorno, sino que, en ocasiones, está dispuesta a dejarse arrastrar por el deseo de disfrutar, de hacer algo diferente, de obtener una satisfacción simplemente porque podemos obtenerla a poco que nos dejemos llevar por una buena oportunidad de hacerlo.
Por eso, evidentemente, amigos míos, hemos sido estúpidos. Auda no irá a Áqaba por dinero… no irá por el príncipe Feisal… ni siquiera irá a Áqaba para expulsar a los turcos… Auda Abu Tavi vendrá a Áqaba… porque así le place.