La autenticidad es sinónimo de sinceridad, congruencia, transparencia. Es una de las actitudes que Carl Rogers consideró esencial para la salud psicológica, así como para crear relaciones de ayuda y vínculos de intimidad. También Soren Kierkegaard (1813-1855), filósofo existencialista que tuvo un gran influjo en Rogers, decía que la tarea más alta que tiene un ser humano es “llegar a ser el que uno es”.
Es cierto que, para ganar libertad, bienestar interior y crear vínculos de intimidad, el ser humano debe rescatar lo que le es más propio, y no traicionarlo frente a los demás, ni traicionarse a sí mismo en sus aspectos esenciales.
¿Pero cómo se realiza esta tarea?, ¿Debemos ser sinceros en todas las situaciones? ¿Podríamos, por ejemplo, poner en el estado de Whatsapp: “no molestar, tengo un mal día? ¿hasta dónde puedo ser autentica y como se logra esa actitud, viviendo en un entorno que, muchas veces, no ayuda?
Ser auténticos en ocasiones, no resulta un logro nada fácil. Crecemos con mucha necesidad de ser queridos y aceptados, y a la vez impregnados por los criterios de valor de los padres, las expectativas y los conflictos que arrastraron, que muchas veces se acaban convirtiendo en nuestros patrones de conducta y nuestros ideales, creándonos mucha confusión.
Además, ya de adolescentes, y por supuesto de adultos, nos encontramos inmersos en una sociedad que valora la imagen de fortaleza, belleza, la competitividad y el dinero, y en la que “la aceptación” es la moneda de cambio. En las redes sociales solemos ver la mejor cara de nuestros amigos o conocidos, pero rara vez se comparten los días de desánimo, frustración o falta de sentido…y esa es otra parte de nuestra experiencia real, y por lo tanto de nuestra autenticidad
¿Cómo entonces llegar a reconocer y aceptar el mundo, a veces, cambiante y complejo de nuestros verdaderos deseos, emociones, intereses, valores, o nuestra propia vulnerabilidad frente a nosotras o nosotros mismos y frente a los demás? Se requiere de un trabajo de rescate del mundo interno, en ocasiones, con ayuda de un terapeuta: escucharlo y comprenderlo, darle el valor que requiere, y tomarlo como una guía interna, siempre que sea posible. Al hacerlo recuperamos una paz y armonía, que son la base del bienestar.
¿Pero qué ocurre frente a los otros? ¿Puedo atreverme a ser yo misma ante los otros? Sabemos que lo que decimos puede expresarnos, crear lazos o poner límites, pero también puede ocultarnos, distanciarnos de los demás o dañarnos.
Para Rogers la autenticidad implica una congruencia entre el sentimiento, la consciencia y la expresión, pero este último paso, la expresión de lo que pienso o siento, es una decisión que tomaré en función de lo que esté en juego. En ocasiones, puedo adaptarme a las reglas sociales y decir a un conocido: “muchas gracias por tu invitación, lo he pasado muy bien” aunque me haya aburrido, porque no están en juego necesidades esenciales mías, y evito causar un daño al otro.
Sin embargo, cuando se me exige seguir criterios que van contra mi ética en mi trabajo, no me siento respetada por personas significativas, o se vulneran mis sentimientos o proyectos vitales, el trabajo consistirá en no dejarse vencer por el miedo y ser fiel a uno-a mismo-a, dando el paso de expresarlo.
Decir “en este momento, solo necesito sentirme comprendida, no necesito consejos”, o “por favor no me juzgues, quiero que me respetes” o “no puedo seguir con este trabajo, traicionaría mi propia ética y no estoy dispuesta a hacerlo” nos aporta la gran satisfacción que da la fidelidad a una misma. Pero también mejora las relaciones con el entorno, al dar pistas a los otros, sobre nuestras necesidades, propósitos, deseos o valores.
Aunque la autenticidad no pueda ser absoluta, se trata de ir encontrando el equilibrio de ser fiel a una misma sin dejar de respetar a los otros.
Eulalia Gil Ojeda, Psicóloga en el Instituto de Interacción