La Feria del Libro de Madrid es mucho más que un evento literario en el que encontrarte con tus autores preferidos y hacerte con los títulos que llevas deseando leer a lo largo del año. Durante diecisiete días el Parque de El Retiro se convierte en una suerte de sociedad en miniatura en la que la cultura, la cooperación y la alegría son sus pilares fundamentales. No exagero ni un poco: casi 400 casetas que se recomiendan entre sí, no compiten, se cuidan y, a pesar del cansancio de los horarios y el calor, comparten su fiesta con el millón y pico de personas que anualmente se pasan por ahí.
Dentro de ese millón y pico (no es difícil deducirlo) hay gente de todo pelaje y condición. Justo la gracia de la Feria como casetero está un poco en eso: en pasarte 17 días hablando de libros con absolutos desconocidos que, en muchas ocasiones, ni han votado ni votarán lo mismo que tú. Pienso que hay algo hermoso en esto, quizá algo de esperanza o, cuando menos, un aprendizaje.
El caso en concreto que quiero compartir sucedió en la pasada edición de la Feria, un día cualquiera por la tarde.
Andaba yo en la caseta de mi librería atendiendo y charlando con la gente que se acercaba atraída por los títulos dispuestos en la mesa. Nuestra selección es muy curada: No apostamos tanto por las novedades como por aquellos libros que sentimos que podemos recomendar con total confianza. Además, nuestra especialización recoge libro ilustrado, libro infantil, ensayo y poesía. Traemos los libros que nos gustan, lo cual no sabemos si es una buena o una mala estrategia comercial, pero nos parece honesto.
El caso es que esa tarde una pareja de las que evidentísimamente no votaban ni votarán lo mismo que yo (ni hemos compartido barrio, entornos, privilegios) se detuvo a señalar desde la distancia uno de nuestros libros-estrella. Casi desde el primer año llevamos a la caseta la versión ilustrada de ‘El infinito en un junco’, de Irene Vallejo. El libro nos encanta, Irene nos encanta más y esta versión es una delicia que, además, se vende sola.
Viendo el interés de la pareja me animé a acercárselo: “Miradlo sin miedo que es una preciosidad. ¿Lo conocéis?”. Ella, tomándolo en la mano, me respondió que el original sí, pero que esa versión no la conocían. Ahí ya me lancé: “Es una maravilla de edición, a la altura del original y es que además ella nos gusta tanto. Intentamos tener en la caseta no solo libros bien escritos sino libros escritos por gente que sea buena”. Es verdad esto, tratamos de hacer de la bondad una bandera. “¿Y es buena persona ella?”, me preguntó la mujer. La remití a las columnas que publica en prensa, a su forma dulcísima y firme de comunicar en redes y, ya puestos, di un paso más en la conversación: “¿Sabe qué pasa? Que yo creo mucho en la belleza. Estoy convencido de que la belleza puede servir, entre otras cosas, para ponernos de acuerdo a los que pensamos distinto. Fíjese, aquí, usted y yo, deteniéndonos a charlar con la excusa de un libro bello y poniéndonos de acuerdo en lo fundamental”.
De pronto me di cuenta de que le brillaban los ojos y de que yo tenía los pelos de punta. Qué inesperado, maldita sea. Seguí: “Creo de corazón, además, que si somos capaces de ponernos de acuerdo en la belleza de un libro podemos ponernos de acuerdo en muchas otras cosas de las importantes”. Ya le caían las lágrimas. A mí me temblaba la voz.
“Ojalá sea como dices, hijo. Hace muchísima falta”. Y, mientras, me besaba la mano en la que seguía sosteniendo el libro de Irene Vallejo. A mí, con mi coleta, mi pendiente y mi camisa de flores. Ella, con su Ralph Lauren, sus perlas y su peinado de peluquería.
Miguel Ángel Vázquez
La Imprenta, estrategias y artefactos culturales para cambiar el mundo