Cada inicio de año, millones de personas de muchos países, se llenan de entusiasmo simultáneamente. Al no estar juntas ni interconectadas no son conscientes (como sí lo somos cuando celebramos un gol en un campo de fútbol o presenciamos un espectáculo en directo) de la emoción conjunta ni de la energía que se libera. Pero pocos fenómenos son tan compartidos (al menos en Occidente y buena parte del resto del mundo) como el establecimiento con poco tiempo de diferencia de nuevos propósitos para el año que entra.

Llega el verano. Las vacaciones interrumpen nuestra rutina diaria y nos permiten un tiempo de desconexión, que puede invitar a la reflexión. Esta parada nos conduce frecuentemente a plantearnos nuevos propósitos en septiembre aprovechando el inicio de curso. Septiembre marca de manera más natural y menos arbitraria que el 1 de enero una sensación de vuelta a empezar, de reinicio de nuestra vida que nos lleva a establecer nuevas metas.

¿Pero entonces, qué pasa con los buenos propósitos de Año Nuevo?¿Los damos por terminados en julio para dar el relevo a los que vendrán?¿Se mezclan y se superponen con los nuevos en una amalgama de objetivos a lo loco?¿Se habían olvidado ya mucho antes de verano por lo que hay espacio “natural” para introducir otros nuevos? Viendo diferentes estudios se puede tratar de responder a estas preguntas.

En torno al 20% de las personas han abandonado sus buenos propósitos en menos de un mes. Un tercio de los que se pusieron objetivos para el año los han olvidado entre febrero y marzo. Si los sumamos a los primeros tenemos que el 53% ha fracasado en tres meses aunque estudios recientes elevan esta cifra al 80%. En todo caso, no más del 10% llegan al verano con sus objetivos “vivos”.

Estos datos nos pueden llevar a diferentes reflexiones. Una de ellas es que las metas que nos ponemos en septiembre no entran en conflicto con las de enero. Ni remotamente. Es más, cuando establezcamos objetivos para el nuevo curso probablemente ni seamos conscientes de que aún estaban en vigor los anteriores.

Además, curiosamente, parece que lo que se nos ocurre plantearnos en septiembre tiene una naturaleza diferente. Al estar más ligados al nuevo curso académico o ciclo laboral, los propósitos están más relacionados con la organización diaria, con el manejo de nuestras rutinas y, por tanto, suelen tener más que ver con la organización del tiempo, con retomar actividades de aprendizaje, con cambiar metodologías. En definitiva, son más pragmáticos y accesibles que los propósitos de Año Nuevo, que tienden a resultar más soñadores y visionarios.

Esto último, unido a que parece que los objetivos de septiembre se viven con menos presión que los de enero, que dan inicio a un ciclo nuevo de manera más natural beneficiándose de la motivación que produce el “efecto de nuevo comienzo” de una manera más intensa y que se viene con más fuerza psicológica tras la desconexión veraniega, hace que los propósitos de estas fechas lleguen a tener mayor grado de cumplimiento.

En el proceso de elaboración y escritura de este artículo voy hablando de los buenos propósitos con diferentes personas. Gente de mi entorno no directamente relacionada con la psicología (mi mujer, mis hijos, un amigo, un par de personas con las que trabajo con Trastorno Mental Crónico y Duradero y la madre una amiga de mi hija). Los comentarios son dispares. Pero presentan numerosos elementos comunes o al menos no incompatibles entre ellos.

Ninguna de ellas se ha marcado nunca objetivos por fechas del calendario. No es que les parezca mal siempre que a alguien le sirvan como motivación pero no entienden hacer algo “porque toca”. Varias me dicen que no es la época del año sino las circunstancias existenciales personales las que les impulsan a acometer cambios significativos. Algunas coinciden en la importancia del significado personal del momento, es decir, que mientras para unas personas septiembre puede significar buen momento de plantearse cosas, para otras es un mes negativo por acontecimientos vitales o fechas de aniversarios tristes (ahí está la canción de Green Day: “Wake me up when septiembre ends”) e, incluso, para muchas puede ser un mes más irrelevante que otros.

De acuerdo, me he dejado llevar por cierto convencionalismo social y me he olvidado de que la proyección a futuro de nuestra vida no puede reducirse a una especie de lista de la compra donde vamos tachando lo que vamos consiguiendo, en vez de avanzar por un camino que nos lleve a una auténtica realización personal en la que el proceso es más importante que las propias metas.

Reconozco que lo importante es alinear nuestra experiencia, nuestra forma de vivir, nuestras emociones y nuestra perspectiva subjetiva del mundo para integrarlo todo en una actitud de crecimiento, de aprendizaje permanente y de confianza en el cambio interior. Pero, ¿por qué no empezar a hacer todo esto en septiembre?

Por Pablo Sierra

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