Llegados a estas alturas del año es el momento de hacer un balance de nuestro grado de cumplimiento de los buenos propósitos que nos planteábamos entre diciembre del año pasado y enero de este.

Debo reconocer mi absoluta inexperiencia a título personal en relación a establecer propósitos de año, de hecho, después de 55 años, éste 2025 ha sido el primero en que lo he hecho. Y suponía que la gente que inicia con un ímpetu encomiable, en cualquier enero, a ir al gimnasio, a dejar de comer grasas o volver a leer más novelas, tendía a desinflarse inevitablemente a las pocas semanas de haberse lanzado hacia su nuevo futuro.

Al intentar hacer un estudio más objetivo y no basarme en sensaciones subjetivas, me he encontrado con una casi ausencia de investigación en España sobre satisfacción de las personas con sus propósitos de Año Nuevo.

Volviendo a mi (como dije, única) experiencia personal de este año, me encuentro con que de cinco objetivos planteados (ninguno con un indicador numérico objetivo, sino como líneas de acción para ir desarrollando durante el año), me encuentro con que no he hecho absolutamente nada con uno de ellos y con los otros cuatro se podría decir que, según el caso, he avanzado poco o muy poco.

Supongo que, con estos datos, cualquier observador externo vendría a decirme que la experiencia ha sido casi completamente un fracaso total.

Con semejante panorama, me parece que mi única aportación positiva al momento de hacer balance de los buenos propósitos del año es animar a no hacerlo desde una perspectiva exclusivamente de éxito / fracaso. Es decir, tratar de evitar hacer un ejercicio de juicio personal en el que establezcamos una ponderación de aciertos y errores que nos determine una especie de “nota numérica final” como si de un examen académico se tratase. No caer, por lo tanto, en la trampa de confeccionar un listado de objetivos cumplidos y otro de metas no alcanzadas, y establecer, a partir de fríos datos, una sentencia final que nos condene o nos absuelva, con la excusa de querer ser imparciales con nosotros mismos.

No tenemos que ser imparciales. Tenemos que ser humanos.

Creo que resultaría mucho más interesante valorar el camino recorrido desde una perspectiva de autoaceptación y autoconciencia.

Para ello estaría bien tratar de observar lo que hicimos con nuestros propósitos (y lo que no abordamos o se fue deshilachando por el camino) con una buena dosis de benevolencia. Esto nos podría llevar a aceptar los resultados de nuestras acciones como los naturales considerando los recursos personales, la situación emocional y el nivel de autoconciencia que íbamos teniendo al ejecutarlas. Para los deseosos de impartir justicia y no pasarse de autocomplacientes (entre los que probablemente me encuentro), es importante aclarar que esto no significa incapacidad para reconocer los fallos, sino potencial para integrar aciertos y errores, logros y omisiones, en un ejercicio de autoconocimiento personal.

Esto supondría convertir la habitual valoración de logros en una herramienta de reflexión personal a través de la cual podamos plantearnos qué hemos aprendido de cada experiencia o desde donde hemos actuado en cada paso dado (desde la motivación, desde la costumbre, desde el miedo…). Desde una mirada humanista, el auténtico balance no se mide en términos de ganancia o pérdida, sino en forma de autoconocimiento alcanzado.

Así que alguien que se hubiera planteado cinco objetivos, de los cuales uno ni lo hubiera tocado y con los otros cuatro hubiera alcanzado niveles de cumplimiento bajos o muy bajos, no debería reprocharse el escaso éxito, sino reflexionar sobre cómo fue capaz de establecer pequeños avances en áreas que tenía abandonadas desde hacía años, asumir sus limitaciones a la hora de enfrentarse a ciertos desafíos y buscar nuevos recursos personales que le permitan ajustar mejor sus nuevos propósitos para el 2026.

Por Pablo Sierra

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