Daniel Troyse, psicólogo, docente del Máster en Psicoterapia Individual y de Grupo del Instituto de Interacción y Dinámica Personal


El próximo 20 de Julio se cumple el primer aniversario del fallecimiento de Javier Ortigosa (1936-2016). Son días especiales para nosotros, de recuerdo y memoria a Javier Ortigosa, miembro fundador del Instituto de Interacción y Dinámica Personal, gran psicoterapeuta, pionero en la Psicoterapia centrada en la persona y que ha dejado una profunda huella en generaciones y generaciones de alumnos formados en el Instituto. Daniel Troyse, uno de sus discípulos dedica unas emotivas palabras a la figura de Javier.


Hablar de Javier Ortigosa es como confeccionar un edredón americano, de esos que se hacen casi siempre entre mujeres. Cada retazo, cada puntada, es como un episodio en la historia familiar. Historia que se relata desde la mirada -y manos- de cada una. Así, lo que pueda decir de Javier equivale sólo a un trozo de tela, entintado por el enorme agradecimiento que siento hacia y por él.

En mis ojos Javier fue un entusiasta; todo despertaba su interés. Para él la vida era una constante invitación a descubrir, a jugar.

Recuerdo las semanas que pasó sustituyendo a Paloma en la secretaría del instituto, era como ver a un niño pequeño en una una fábrica de juguetes. Con lo largo que era apenas cabía en el escritorio, pasaba ahí las horas en que no daba clases ni consulta. Su kit de supervivencia era un libro de neuropsicobiología y una lista con instrucciones que para atender las posibles consultas telefónicas. Cada llamada que entraba la trataba con mimo y paciencia. Ja, y paciencia debía tener quien estaba al otro lado del teléfono mientras Javier leía minuciosamente las instrucciones. Yo pasaba por ahí de vez en cuando y le preguntaba si quería descansar o algo, me decía “¡Qué va! ¡Estoy encantado!” y me relataba algún dato interesante de su lectura. Me contó que cuando estudió la carrera tuvo poco material sobre neurobiología, así que le resultaba entusiasmante ponerse con ello.

También podría decir que había algo temerario en él. En un mundo donde lo lógico es poner a prueba a las personas, Javier escogía confiar profundamente en ellas. Nunca lo vi colocándose jerárquicamente en relación a nadie.

Sigue siendo motivo de meditación para mi que incluso cuando me echaba alguna bronca me sentía completamente libre y respetado. En términos técnicos diría que se hacía cargo de sus emociones y reacciones. No había juicio, no había ningún atisbo de manipulación para que yo hiciese las cosas de otra manera. Nunca sentí que su aprecio por mi fuese a cambiar en función de lo que yo hiciese o dejase de hacer.
En un principio, lo que más viví de Javier fue su pasión por el encuentro interpersonal y la teoría Rogeriana. Pocos meses antes de morir estábamos empezando a trabajar en un par de artículos sobre “El método propio de la psicología” y “Un diálogo entre el Enfoque Centrado en la Persona y la Teoría Interdisciplinaria de Sistemas”. Estábamos también preparándonos para arrancar la Asociación Española del Enfoque Centrado en la Persona. Y por su cuenta estaba preparando un debate con un catedrático especialista en terapias cognitivo-conductuales. Sus fuerzas parecían inagotables, incluso casi hasta su último aliento.
Ahora, que el comienzo de nuestro encuentro fuese “académico” no frenó a Javier de mostrarse cariñoso y genuinamente interesado por mi como persona. Creo que nunca tuvo problemas para manifestar su aprecio e interés auténtico por los que le rodeábamos. Cuando empecé a ver clientes derivados por él, me llamaba por teléfono para preguntarme por las sesiones. Pronto las conversaciones pasaron a tratar sobre cómo nos sentíamos, sobre la vida en familia, el estar lejos de la tierra en que nací, sus paseos bajo el sol… Las supervisiones se convirtieron en un punto de encuentro muy rico en los que no había separación entre la teoría y la práctica. Con la misma naturalidad que resumía la esencia de la fenomenología, hablaba de la inflamación en uno de sus testículos. Me preguntaba por el nacimiento de mis hijos y quería saber todos los detalles, cuando Iratxe le contaba que los niños se movían en la tripa al escuchar su voz, Javier se sonrojaba y seguido les dirigía una o dos palabras llenas de cariño y respeto.
Sentí que me trataba con este mismo cariño y respeto la última vez que le ví, uno o dos días antes de su muerte. No quería ir con las manos vacías al hospital pero no encontraba algo que me gustase para él en esas circunstancias. Hasta que vi una especie de gatito de peluche, me resultaba cursi e infantil pero su textura era tan agradable que pensé que la sensación táctil podría gustarle. Cuando se lo di, aún inseguro de mi elección, se le iluminó la cara, lo cogió un rato en sus manos. Yo estaba triste, sentía una enorme necesidad de expresarle todo mi amor pero no quería que sonase a una despedida; temía desanimarlo, que sus ganas de vivir decayesen. Iluso yo, creyendo que él necesitaba que le cuidase de esta manera. Al contrario, miró de frente mi tristeza, la aceptó cabalmente, me cogió de la mano y me dio algo como un beso. Me regaló unos minutos más de su tiempo con una presencia absoluta y se despidió susurrando un “ya está”.

Lo predominante en Javier no fue un intelecto punzante ni la elocuencia de los que coleccionan palabras; lo que le movía era una sabiduría real, esa que aparece cuando la cabeza es llevada por el corazón.

Con él aprendí a mirar a la persona con entusiasmo y asombro, a mirar al centro de cada persona siempre como si fuese la primera vez. Para él esto no era una teoría, sino una forma real de vivir. Y el que más se benefició de esto fué él mismo; vivió en un mundo donde la gente es digna de respeto y confianza, no porque gente “así” se acercarse a él, sino porque él depositaba esto en las personas.

Daniel Troyse Vit