Las estafas grandes y pequeñas han sido sembradas a lo largo de la historia de la humanidad. Son acciones que habitualmente se abordan desde el punto de vista del delito que constituyen y han sido fuente de numerosas novelas, ensayos, películas, etc, probablemente por el indudable atractivo que supone seguir los pasos de una persona o grupo cometiendo un acto delictivo pero que no supone delito de sangre sino, más bien, una acción inteligente con la que engañas a otras personas.
Pero, más allá del perjuicio económico y de la trama novelesca, estas prácticas ponen de relieve patrones psicológicos relacionados con la confianza en los demás, la capacidad de persuasión, los procesos de toma de decisiones, así como los deseos y temores de las personas. Por todo ello, me parecía relevante dedicar una serie de artículos a estafas famosas, poniendo el foco en los aspectos psicológicos implicados en las mismas.
Una de las más rocambolescas e increíbles fue la venta del Puente de Brooklyn, quizás el más icónico de los puentes de Manhattan, que en el momento de su inauguración en 1883 era el más grande del mundo. Cuando visité Nueva York en mi viaje de novios lo crucé con la emoción mitómana de haberlo visto en muchas películas y lo sentí como un paseo lleno de estilo y glamour. Además de dejarme llevar por la imaginación (es interesante cómo en los viajes no disfrutamos tanto objetivamente de lo que vemos cuanto de lo que proyectamos de nuestra experiencia interna en lo que visitamos) y disfrutar de sus impresionantes vistas, leyendo alguna guía turística de la ciudad me interesé también por la historia de su falsa venta.
Las primeras víctimas (el puente fue vendido repetidas veces por sorprendente que parezca) fueron inmigrantes con ciertas posibilidades económicas y deseo de ascenso social, pero no necesariamente personas ingenuas, ignorantes, estúpidas o analfabetas. ¿Qué les llevo a creer realmente que estaban pudiendo comprar semejante obra? ¿Les nublaron la razón los contratos convincentes y los sellos oficiales? ¿Les pudo la ambición o la promesa de pertenecer al corazón económico de Nueva York, a formar parte de pleno derecho de aquella sociedad en la que ansiaban integrarse?
El caso fue que en torno al cambio de siglo del XIX al XX varios inmigrantes recién llegados a Nueva York creyeron haber hecho la inversión de sus vidas cuando tras la firma de respetuosos contratos y tras desembolsar importantes sumas de dinero dieron por hecho que se habían hecho con la propiedad del Puente de Brooklyn
Eran años en los que la ciudad vivía una transformación acelerada, con millones de inmigrantes llenando las calles y contribuyendo al establecimiento de un mosaico caótico y deslumbrante a la vez.
El estafador más famoso asociado a este caso fue George C. Parker, un timador elegante y persuasivo que se presentaba ante sus víctimas como representante legal de la propiedad del Puente. Mostraba escrituras falsas con sellos oficiales y contratos creíbles. Por supuesto, siendo un profesional del engaño, se aseguraba de elegir a sus objetivos entre gente recién llegada a la ciudad, sin mucho conocimiento del sistema legal ni administrativo y ofrecía el “producto” como una oportunidad única que había que aprovechar inmediatamente o se perdería lamentablemente la ocasión de adquirir semejante maravilla.
Cuando los nuevos propietarios trataron de amortizar su compra limitando el paso en el puente para cobrar peaje convirtiendo su inversión en una importante fuente de ingresos, se encontraron con la intervención policial y se puso de manifiesto el engaño. Parker tras varios arrestos fue finalmente condenado pasando el resto de su vida en la también mítica Prisión de Sing-Sing.
Siempre que leo algo relacionado con estafas me siento de alguna manera más identificado con el estafador que con la víctima. Por algún motivo, tiendo a ver al delincuente como alguien inteligente, atractivo y simpático, mientras que los estafados, se me representan, según el caso, como torpes, incompetentes e incluso mezquinos. Sin embargo, en este caso, sentí que en mi viaje a Nueva York, me había visto afectado probablemente por los mismos sesgos cognitivos que los compradores del Puente de Brooklyn.
Fui tan sumiso como ellos con el principio de autoridad (documentos oficiales y lenguaje técnico les hizo creer que estaban ante algo legal, igual que me pasó a mí con los permisos de entrada al país en los que tuve que declarar que yo no era un terrorista y que no entraba en Estados Unidos con la intención de cometer un atentado, sin cuestionar la autenticidad de semejante y disparata solicitud), fui tan imprudente como ellos en el sesgo de escasez (que les llevo a precipitarse ante lo que percibieron como una oportunidad única que no podían rechazar, igual que mi oferta de viaje que caducaba ese mismo día para realizar la compra de vuelos baratos y que afortunadamente no terminó también en estafa).
Pero, sobre todo, mientras cruzaba el histórico puente, primero en dirección Brooklyn y, tras un breve paseo por ese barrio, de vuelta hacia Manhattan, me di cuenta de que mi disfrute no tenía tanto que ver con la grandiosidad arquitectónica ni la belleza del puente colgante o de las vistas que proporciona de la isla urbana más famosa del mundo, sino que ese placer, digo, derivaba más de una cuestión de identidad. Los emigrantes de principios del siglo pasado no solamente valoraron el beneficio económico que podía proporcionarles su transacción, sino que, probablemente, se dejaron arrastrar por la posibilidad de convertirse en otras personas, gente de verdad importante, gente que poseía algo diferente a los demás y que, a la vez, les colocaría en una posición privilegiada en la jerarquía social.
Igual que yo sentía de repente que, por el mero hecho de estar cruzando ese puente tantas veces visto anteriormente en todo tipo de imágenes, me convertía en alguien diferente, no en un turista corriente ni un visitante anónimo de la ciudad, sino todo lo contrario, en un auténtico neoyorquino, en alguien que podía pisar aquellas aceras con naturalidad y confianza porque pertenecía, por pleno derecho, a las entrañas de la ciudad de los rascacielos.
Por Pablo Sierra