Comparte con nosotr@s esa historia real, esa anécdota, aquella situación… en la que el reconocimiento de alguno de los valores humanos fue el protagonista. Haznos llegar tu texto (un folio de extensión) por mail (info@institutodeinteraccion) poniendo en el asunto: humanidad compartida. Haremos una selección.

Ese día el cielo estaba gris y caían chuzos de punta. Era de esos de soportar y con el cuerpo con pocas ganas de fiesta.

Pese a mi condición de reputado andarín, inteligentemente tomé el metro. Iba pertrechado de un paraguas y una bolsa con el periódico del día para resguardarlo de la lluvia, su mortal enemigo. Me disponía a ir al taller a recoger el coche, compañero de correrías por la geografía penínsular, ya recuperado de una intervención en órganos vitales, a cambio de un oneroso y lacerante dispendio.

El ambiente en el vagón era de circunspección y sin, aparentes, ganas de jolgorio. Inopinadamente entró en la siguiente estación una muchacha embutida en unos cascos de sonido bailando con desenfado y falta de inhibición, supongo… una música proveniente de estos. No le frenaba la restricción espacial ni la proximidad de los ocasionales compañeros de vagón. Parecía no existir el resto del mundo.

Tras constatar la anomalía ‘estadística’ de lo que veía, mi ‘deformación’ profesional me llevó a hipotetizar posibles trastornos de la parte más alta del cuerpo. ¿Sería una fase maniaca de enfermedad bipolar o más bien hipomaniaca?. Por si atinaba procuraba no entrar en contacto visual con ella para no propiciar una interacción personal de la cual, confirmada la hipótesis, no hubiera sabido cómo salir del probable apuro.

Buscando apoyo para digerir el acontecimiento posé mi mirada en un joven, a mi lado, de aspecto bonachón. Estaba -otro más- embutido en sus propios cascos, al que dije: “cómo está el personal” -lo cual tuve que repetir porque también estaba en lo suyo-. Me sonrió comedidamente por cortesía, seguía en lo suyo.

Con cara de póquer dirigía miradas furtivas al ritmo indeclinante de la joven. Si la cosa podía enredarse más, entró en la siguiente estación un latino provisto de una caja de música y unos bongos. Sin más dilación -hay que estar a lo que se está- enlazó un sugestivo ritmo caribeño. Había animación por partida doble.

La joven, con flexibilidad adaptativa notable, se adhirió al nuevo ritmo sin remitir su entusiasmo: lo suyo era el movimiento, sin duda. Un servidor, bailarín de pro, sintió la misma llamada y la respuesta, primero mental y después también corporal, fue moverme tímidamente al invitador ritmo que oía.

Estando en la línea visual de la insólita compañera de vagón, y ya con menos dudas sobre su salud mental, nos miramos con imparable complicidad. Yo, sin saber cómo -algo más sabio manejaba mis hilos- me encaminé al centro del pasillo del vagón a donde llegó ella y nos enlazamos, a pesar del paraguas y la bolsa que portaba y según los cánones clásicos del baile de salón, para dibujar -cual veterana pareja de baile- unos acompasados pasos entre nosotros y con el ritmo latino.

Incluso -¡con la confianza crecida!- me atreví a dar un giro para adornar la ejecución y dado el exiguo espacio, el suelo mojado y los estorbos que enarbolaba, me hizo trastabillar. Un pasajero sentado no queriendo contribuir pasivamente al espectáculo y previendo una inminente caída, puso los brazos en parapeto, sin que llegara a producirse la colisión.

La escena terminó en un mutuo abrazo, de fraternidad, natural y gozoso, ya que llegábamos a una estación alternativa, no la prevista inicialmente, donde debía apearme. Ya, en el andén, sentía como irreal lo vivido, como una experiencia, mística a pequeña escala, con unidad dentro de mí y completamente conectado con la situación. Tal cual, un “peak experience”.

Gregorio Perdices

Horario de secretaría 2023-24: L, M y J de 16 a 20 h. X de 15 a 19h