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La avenida se abre en calles perpendiculares regadas de árboles, cada tres metros uno interrumpe la acera. El sol de la tarde se filtra entre las ramas en filamentos de luz. Se puede pasear bajo la techumbre verde de hojas entrelazadas, sin embargo, no es un jardín, es la calle del dentista. Los edificios de fachadas dispares se levantan en seis o siete plantas. El frescor de los portales sopla en la nuca de los que pasan por delante. Los comercios de barrio, mezquinos con sus aires acondicionados, mantienen las puertas cerradas. En las aceras, los coches estacionados en fila aprovechan el bien escaso del aparcamiento, los contenedores de reciclaje ocupan plazas. Moles rodeadas de vidrios, papeles y envases, que por falta de espacio o por dejadez, quedaron esparcidos en sus orillas dando a la calle un aspecto de batalla perdida. Camino arrastrando los pies, a mi paso levanto las hojas caídas, las inmundicias de las mascotas sin recoger, los cigarros aplastados que tapizan el suelo.
Aunque tardo el doble de lo necesario, inevitablemente llego. Entro en el portal donde el dentista tiene la consulta a ras de calle. Todavía me detengo antes de empujar la puerta, rastreando cualquier motivo capaz de retrasarme. Y así detecto una cucaracha patas arriba en el macetero de la entrada, donde el ficus que vi nacer me saca ya dos cabezas.
Empujo la puerta, que pesa una tonelada, la huella húmeda de mi mano se imprime sobre la superficie y entro en un espacio níveo y gélido. Soy un trozo de carne ingresando en un congelador. La sonrisa nada cálida de la recepcionista se amplía hasta mostrar una dentadura de teclas perfectas. Magnetizado por el zumbido de un torno al fondo del pasillo entro sin saludar. No solo recreo, sino que siento, la intrusión del cilindro giratorio en el esmalte, las gotitas de agua salpicándolo todo para evitar que la pieza arda, el inevitable latigazo del nervio, el olor carie, a hueso molido.
-Puede pasar .- Me saca de la pesadilla la auxiliar, indicándome la sala de espera con el cuerpo envuelto en una refulgente bata blanca.
Al sentarme, seco el sudor de mis manos en la superficie resbaladiza del sofá de la sala de espera, un instante después vuelven a transpirar. Desde la pared de enfrente, la densidad de un neblinoso London Bridge trasciende el cuadro invadiendo mis fosas nasales. Aflojo el cuello de mi camisa y vuelvo a secar las palmas de mis manos, esta vez en el pantalón.
La luz radicalmente blanca de los tubos ocultos por las molduras del techo, hace resplandecer el mobiliario; alrededor de la sala, varios sofás de cuero vegano y patas metálicas, algunas butacas y mesas de metacrilato quirúrgicamente dispuestas para romper la uniformidad visual. Lámparas de diseño con forma de inocentes pañuelos lanzados al aire, que sin embargo ocultan en su interior detectores de calor sobre los que lanzar sus haces de luz. Lo único que palpita en la sala soy yo, y por tanto quedo rodeado por un halo de luz cuasi celestial. El corazón me da un par de saltos cuando los pasos de la auxiliar se acercan, otros más pausados la siguen detrás. Entra en la sala una mujer con un niño de la mano. A pesar de todos los asientos libres, el niño se sienta junto a mí. En la textura resbaladiza del sofá sus manos dejan una huella húmeda. La mujer sentada bajo el London bridge se pierde en la pantalla de su móvil. Nos quedamos solos el niño y yo, atentos a los sonidos más allá de la puerta. Sus pies inquietos se balancean sin llegar al suelo, lleva unos zapatos de cordones que son una miniatura de los míos. El halo de luz del techo nos rodea a los dos. Escondido tras el contorno redondo de su cara me observa por el rabillo del ojo. Ahora se limpia las manos en el pantalón. Resoplo y resopla elevando el aire, consigue que el flequillo que le tapa los ojos se levante en una ola. Le imito sin éxito, ni un pelo de mis rizos se mueve. Sorprendido me mira, y la boca se le abre en un desbarajuste de dientes indómitos, le enseño los míos, domesticados por la ortodoncia semi invisible que los contiene, el niño abre mucho los ojos, y una carcajada nos relaja.
Abril Cano
Es que me imagino la escena , qué risa y cuánto los comprendo . He vivido esa situación, sé de lo que habla.
Narrativa detallada , divertida y genial que describe el miedo ,sentimiento tan humano y tan libre a la vez .
Yo también temo al dentista 😀 !!
Me encantó, gracias .