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Carta al Comandante del vuelo PU 231 con salida de Cartagena de Indias programado para el 9 de octubre; salida 1 de octubre 12:37AM y llegada al aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas el 10 de octubre a las 17:06 PM horas.

Estimado comandante,

En el citado vuelo, cuando ya nos aproximábamos a Madrid, usted tomó la palabra para ofrecernos la habitual información de procedimiento: el tiempo en destino, la explicación del retraso, los últimos detalles antes de aterrizar. Nada fuera de lo común para alguien que, como yo, ha cruzado el Atlántico en casi cincuenta ocasiones. Pero al final de su intervención ocurrió algo que jamás había escuchado y que, créame, me emocionó profundamente. Se dirigió a aquellas personas que viajaban entre nosotros en busca de una nueva vida. Les habló con una sencillez y una humanidad que pocas veces se escuchan desde una cabina de mando. Y en ese momento, mientras Madrid se acercaba bajo las alas, sentí que sus palabras eran un abrazo invisible para quienes llegaban llenos de miedo y esperanza.

Porque, como usted bien sabe en vuelos como este viaja de todo: turistas con la piel tostada por el sol caribeño, ejecutivos que vuelven a sus oficinas, estudiantes, familias que regresan. Pero también viajan hombres y mujeres que por primera vez lo dejan todo atrás: su tierra, sus costumbres, sus recuerdos. Los ves facturando o en la cola de embarque, cargados con maletas enormes y mochilas a reventar con todo lo que les han dado sus seres queridos como para protegerlos de lo que les pueda pasar. En sus ojos se lee la mezcla de temor y de ilusión, de incertidumbre y de fe, de fragilidad y de valentía. Son personas que han apostado todo a una carta, que han quemado sus naves antes incluso de despegar: no hay plan B. Creo que ustedes, los pilotos, manejan el concepto de “punto de no retorno” en su trabajo. Pero esta expresión cobra su sentido más profundo en la vida de estas personas, para quienes no existe ya la posibilidad de regresar: solo avanzar hacia adelante, con todo lo que son y lo que esperan llegar a ser.

Por eso, cuando escucharon sus palabras en el momento más tenso del vuelo, justo cuando bajaban las ruedas y se desplegaban los flaps, estoy seguro de que algo dentro de ellos se serenó. Usted les recordó que llegaban a un país donde, con esfuerzo y dignidad, podrán empezar de nuevo. Y eso, Comandante, es un regalo inmenso.

Le animo a que siga así, con este tipo de alocuciones, que son mucho más que un protocolo. Que les diga que no tengan miedo, que es falso lo que hayan podido contar, que este, es un país maravilloso y un lugar de acogida y que, con su esfuerzo, podrán hacerlo aún mejor. Siga así humanizando un trabajo que, como todos los demás, es trascendental.

Porque los aviones no son solo máquinas de metal que vuelan desafiando sin saber cómo la lógica de la gravedad. Son puentes entre el querer y el poder, caminos hacia el porvenir, puertas de escape, y también umbrales hacia futuros mejores. La publicidad los pinta como vehículos de lujo, negocios o experiencias; pero la realidad es mucho más honda: cada vuelo esconde historias de ilusión, de exilios no deseados, de personas que huyen de conflictos, de evacuaciones que salvan vidas, de valentía y de sueños.

Por eso quiero darle las gracias. Gracias por recordar en voz alta que, detrás de cada asiento, late una vida con sus miedos y sus esperanzas. Gracias por humanizar un viaje y convertirlo en algo más que un trayecto. Porque en ese avión, además del pasaje habitual, había personas que escucharon su voz y sintieron que aquí podrían volver a empezar.

Con respeto y gratitud,

Horario de secretaría 2023-24: L, M y J de 16 a 20 h. X de 15 a 19h