Por: John Martin Sahayananda, monje benedictino

El viaje aludido en la primera parte de este texto (ver la primera parte en nuestro blog https://www.institutodeinteraccion.es/redescubrir-a-jesus-a-la-luz-de-oriente-1a-parte/) ofrece muchas trayectorias posibles; en el Rig Veda[1] se afirma: “Lo que es Uno los sabios lo denominan por muchos nombres”[2]. A mi entender, este viaje se realiza mediante un proceso de purificación del ego, de entrega de nuestro ego, por medio del crecimiento en los niveles de conciencia. Con una paulatina renuncia a la prevalencia del nivel inferior con respecto al superior, de modo que en nuestra vida ordinaria el superior se manifiesta en y a través del inferior, a expensas de éste, y en definitiva, en y a través de la individualidad. Espiritualmente hablando, nos transformamos en la medida que crecemos. Este viaje no es exclusivo de una religión, libro sagrado o técnica espiritual.

Crecimiento mediante la purificación del ego: convertirse en vehículos de lo divino

Nuestro viaje comienza desde la conciencia individual (la hoja del árbol), es decir nuestra identificación con el propio cuerpo, hacia la conciencia colectiva (la rama) y de allí a la conciencia universal (el tronco). De la conciencia universal podemos avanzar hacia la conciencia unitaria (la raíz), en la que todos somos uno con lo divino.

En el primer nivel nuestra identidad es como individuo; en el segundo, nuestra identidad está además vinculada con la religión y/o cualquier entidad colectiva de la que formemos parte. En estos dos primeros niveles de conciencia no podemos alcanzar la unidad con los demás porque hay división, hay separación. Es más, el conflicto es factible puesto que hay una frontera que defender, o una ambición de expandirse en menoscabo de otros individuos o colectividades.

Necesitamos trascender estos ideales para encontrar nuestra conexión universal, conciencia del sueño profundo. En este tercer nivel nuestra identidad se ciñe al ‘yo soy’, trasciende el tiempo y también refleja nuestra imagen y semejanza de Dios. En esta condición podemos entablar un diálogo constructivo entre las religiones porque en esta conciencia universal vamos más allá de las divisiones que nos separan. La conciencia unitaria, la experiencia de la raíz, es la experiencia de Dios mismo, advaita o no-dualidad. Desde la raíz, la vida divina se expande por el tronco, hojas y ramas, seamos conscientes de ello o no.

Abrirnos a una conciencia superior requiere purificar nuestra mente, mediante una actitud virgen (no referida necesariamente a la virginidad física), descondicionada, en la que todos tenemos esta posibilidad de crecimiento a través de esta entrega. Paulatinamente nuestro ego se va transformando y convirtiendo en vehículo y manifestación de Dios. Por el contrario, con la negativa a crecer bloqueamos nuestra evolución. Esto último nos conduce a vivirnos como seres sin ningún sentido en la vida.

En el Nuevo Testamento se nos presentan dos arquetipos: Herodes y la Virgen María. Herodes es el símbolo de la institución que quiere los niños sólo para su continuidad como rey terrenal, por eso intenta evitar que algún pequeño amenace sus deseos de poder. Herodes ya ha declarado a su servicio a cualquier niño, incluso antes de nacer, y por tanto éstos no tienen vida por sí mismos. Por este motivo se conoce a Herodes como el asesino de niños inocentes, porque al no querer entregarse al nivel de conciencia superior bloquea el proceso de crecimiento.

La Virgen María es el símbolo de una institución que da a luz al niño de Dios, y que coopera con el plan de Dios. No tiene deseo de poder, cargo o continuidad. Su único deseo es criar a su hijo para Dios mismo. Ella contempla a su hijo como hijo de Dios. Dio a luz a un niño que arrebató el poder a Herodes y dio vida a todos los niños.

En el ejemplo de María, su vocación es llevar la conciencia humana más allá de las identificaciones religiosas (la conciencia universal). El ejemplo de Jesús, con una actitud virginal también, nos muestra que lleva a la conciencia humana más allá de los hijos e hijas de Dios, más allá de la conciencia universal, y realizar así la unidad con Dios: “El Padre y yo somos uno” (Jn 10:30)

La evolución hacia la unidad también se refleja en la tradición hindú, según se ha dicho al comienzo. Pienso que esta evolución está implícita en todo el universo, y una mente y actitud de entrega virginal son esenciales para la evolución de la creación y la conciencia humana en su realización con lo divino.

La materia primigenia que surgió del Big Bang debe convertirse en virgen para dar paso a la vida vegetal. La vida vegetal debe convertirse en virgen para alumbrar la vida animal. La vida animal debe convertirse en virgen para dar a luz a la conciencia humana. La conciencia humana debe convertirse en virgen para abrirse a la conciencia religiosa. La conciencia religiosa debe convertirse en virgen para dar a la luz una conciencia de nivel superior, los hijos e hijas de Dios. Los hijos e hijas de Dios deben convertirse en vírgenes para entrar en la conciencia de la unidad con Dios. Si la materia, la vegetación, la vida animal, la conciencia humana… no quieren convertirse en vírgenes bloquean el proceso de crecimiento.

Como se ha dicho anteriormente, el camino o viaje de purificación del ego o, dicho de otro modo, hacia la conciencia divina no es exclusivo de una religión, libro sagrado o técnica espiritual y ofrece muchas trayectorias posibles. Ayudar a transformar el ego en vehículo de Dios es, o debería ser, tarea de todas las tradiciones espirituales.

John Martin Kuvarapu, Sahayananda, es un monje benedictino que nació y reside en el Sur de la India y que visita e imparte seminarios en nuestro país desde hace más de 15 años. Reproducimos este texto a modo de introducción y resumen de sus enseñanzas espirituales. En ellas se subraya la no-dualidad como meta, el camino del crecimiento de la conciencia humana y la trascendencia del ego, la importancia del diálogo interreligioso (él es hijo de padre cristiano y madre  hinduista) y la original aportación de Jesús a las tradiciones espirituales: extender el amor de Dios a todas las personas y a toda la creación.


Ofrecemos una
compilación realizada por Fernando Peleato Sánchez, quien le ha introducido en España a través de conferencias  presenciales, online y libros traducidos al castellano con su Asociación Pequeña Tierra (www.pequenatierra.com/publicaciones). Dada su extensión, se ha dividido en varias partes.

Este próximo otoño 2022, esperamos que John Martin pueda estar con nosotros en el Instituto de Interacción ofreciendo una conferencia gratuita.

[1] Rig Veda, el primero de los cuatro libros conocidos como Vedas, compuesto probablemente en torno a 1500-1200 a.C. Colección de himnos dedicados principalmente a alabar a los diferentes dioses de su tradición.

[2] Rig Veda, libro 1, himno 164, versículo 46.