La estafa del esquema Ponzi resulta especialmente fascinante. Quizá lo que más llama la atención es la heterogeneidad de las personas que cayeron en el timo. Abarcaron una amplia gama de trabajadores, empresarios, inmigrantes, banca… y un variopinto tipo de perfiles sociales: inversores habituales, trabajadores que habían podido generar cierta cantidad de ahorros, gente del círculo cercano al propio Ponzi, pero todos tenían en común algo tan humano como la expectativa de obtener beneficios fáciles y rápidos con escaso riesgo.

Podían no entender en qué consistía la inversión, pero había resultados rápidos. Seguramente muchos condicionados por la idea de que, si los demás pueden ganar un dinero de esa manera, uno no quiere perdérselo. Y lo más inquietante es que cuando escribo “uno no quiere perdérselo”, pienso que ese uno puede ser uno mismo.     

¿Pero en qué consistió el timo de Ponzi? Carlo Ponzi era uno de tantísimos emigrantes italianos que llegó a Estados Unidos en las primeras décadas del s.XX. Su idea era informar de una inversión que aportaría beneficios rápidos y elevados a aquel que le proporcionara dinero para ello (se suponía que se trataba de comprar cupones de respuesta internacional en países donde estaban más baratos y venderlos más caros en Estados Unidos). En aquel tiempo este tipo de transacciones eran difíciles de verificar.

En pocos meses empezó a devolver dividendos que llegaban al 50% más de lo invertido en plazos de mes y medio. Tales beneficios hicieron que la noticia de la rentabilidad de la inversión se propagara con rapidez, generando nuevos interesados que invertían sumas cada vez más altas de dinero.

El engañó consistía en que Carlo Ponzi en ningún momento ni se planteó comprar un solo bono de ningún tipo: los beneficios que pagaba a los “inversores” y las cuantías sumas que se quedaba como intermediario provenían exclusivamente del capital que le proporcionaban los nuevos inversores. Pero la gente veía que el sistema funcionaba, lo que generaba confianza, atraía a más interesados y fue generando una bola de nieve aparentemente imparable. En unos meses, Ponzi gestionaba millones de dólares sin que hubiera una inversión real que sostuviese el tinglado.

El plan se vino abajo poco a poco, resumidamente: el Boston Post haciendo números denunció la imposibilidad de la existencia de tantos cupones como para cubrir las inversiones, se fueron generando dudas y desconfianza hacia el sistema y a medida que más implicados quisieron retirar su dinero, el castillo de naipes se fue viniendo abajo. Los bancos donde había ido guardando su dinero, que le había permitido iniciar a vivir una vida de lujos con los caprichos más extravagantes para la época, lo declararon en bancarrota y, finalmente, el gobierno federal investigó a Ponzi siendo condenado por su estafa.

El timo fue tan popular y exitoso en aquellos meses de 1920 que aún hoy cualquier sistema que funcione con ese mismo modelo se conoce como “esquema Ponzi”.

Son muchos los sesgos psicológicos que nos permiten a las personas autoengañarnos. Algunos autores han descrito decenas de ellos y, sólo unos pocos son suficientes para que nos dejemos arrastrar por argumentos y promesas poco fiables, especialmente si se combinan con el deseo de ganar dinero fácil.

En este caso, influyó el sesgo de autoridad carismática por el que tendemos a otorgar mayor confianza y credibilidad a personas que muestran confianza en sí mismas, carisma o reputación. Sin duda, Carlo Ponzi se caracterizaba por las dos primeras y su reputación subió exponencialmente a medida que repartía dividendos entre las personas que le confiaron inicialmente su dinero. Además, operaba el peligroso sesgo de recompensa inmediata. Los beneficios proporcionados en el esquema Ponzi eran tan inmediatos (apenas unas semanas), tan rápidos (es interesante comprobar cómo el cerebro prioriza lo positivo a corto plazo frente a análisis más rigurosos pero que se proyecten más lejos en el tiempo), que nadie quería perdérselos.

Si los demás pueden ganar dinero tan fácilmente, uno no quiere perdérselo. Y ese uno, efectivamente, también he sido yo. No en el contexto de un esquema Ponzi, pero sí en una circunstancia en la que las cifras dicen que no soy el único irracional.

Nunca apuesto dinero en juegos de azar ni casas de apuestas debido a que considero que las posibilidades de ganar son tan bajas que es dinero tirado a la basura. Mantengo este principio de actuación de manera consistente desde que empecé a ser dueño de lo que hago con mi dinero. ¿Consistente? Bueno, salvo cuando se acerca el sorteo de la Lotería de Navidad. Entonces, cada año, en alguno o varios de los grupos sociales en que me desenvuelvo (trabajo, amigos, padres de amigos de mis hijos, familia…) termino cediendo a la presión social y como poco compartiendo décimos con algunas de esas personas. Lo mío es peor que los estafados por el esquema Ponzi. Porque aunque piense que fueron unos ingenuos no sospechando que había gato encerrado en una promesa de ganancias tan fáciles, ellos al menos, veían que las demás personas que invertían su dinero verdaderamente lo recuperaban sobradamente., mientras que yo sé que tengo mínimas posibilidades de obtener ganancias y muy pocas de simplemente recuperar lo invertido.

Pero y si ganan… Si, a pesar de que llevo décadas convencido que jugar dinero es una forma perfecta de perderlo… Si justamente llegase a tocar en el sitio donde siempre… Si llega a caer el Gordo… Uno no quiere perdérselo.

Pablo Sierra

Horario de secretaría 2023-24: L, M y J de 16 a 20 h. X de 15 a 19h