No pudimos llevar a cabo la anunciada charla gratuita con Melba Lopes, misionera cristiana de la orden de Cristo Jesús, por problemas de agenda de última hora. Ya ha vuelto a India pero nos ha dejado unas palabras para reflexionar sobre los retos que interpelan a los hombres y las mujeres de hoy en el camino hacia nuestra conexión interior.

El mundo de hoy nos sitúa a todos ante grandes retos tanto da si se vive en un convento como en el seno de una familia propia o solo… porque juntos compartimos los grandes desafíos del ser humano.

Uno de esos grandes retos pasa por intentar desarrollar la habilidad de relacionarnos con el otro de modo sano y enriquecedor. Al relacionamos cada uno tiene sus deseos y  expectativas, que generalmente no verbalizamos pero están ahí. Es especialmente importante que sintamos esta dimensión en nosotros y nos hagamos consciente de ella. Porque cuando yo me relaciono contigo espero obtener algo, no lo hago desde el puro amor gratuito. Recuerdo que  el psicólogo Toni de Mello decía que en la relación siempre hay un ‘dar y recibir’. Y eso no es necesariamente malo desde el punto de vista de que todos tenemos algo valioso para dar a los otros. Yo lo tengo y tú lo tienes. Es un regalo para compartir, pero seamos conscientes de todo esto y de su hondura.

Por eso tenemos que parar, de vez en cuando, aquietarnos y tomar conciencia de dónde estamos, dónde estamos yendo y qué estamos construyendo en nuestra vida.

Para poder ver qué está pasando en mí mismo es esencial priorizar ese tiempo-espacio de parar, hacer silencio e incluso oración. Porque yo puedo estar llevando una buena vida desde un punto de vista externo pero con sequedad o grandes limitaciones interiores. Limitaciones, por ejemplo, relacionadas con carencias del pasado, enfados, heridas… Y para poder sanarlas el primer paso es pararme, verlas y los cristianos creemos que tiene poder pedir la gracia para que esa limitación sea transformada, un asunto que no está completamente en nuestra mano, sino en las de Dios. Cuando recorremos este camino las respuestas a los desafíos de la vida estarán más purificadas de ego, serán más auténticas e incluso ‘más de Dios’ en un cierto porcentaje.

Porque lo que el ser humano anhela es llegar a vivir en conexión con esta dimensión espiritual que nos define, una experiencia que no podemos adquirir entrando en una tienda o haciendo un curso o sólo leyendo libros. Es algo que ya está dentro de nosotros pero que quizás aún no hemos podido descubrir o no hemos querido o no le hemos dedicado tiempo. Hacer ‘el camino del ser’ pasa por escuchar el Espíritu de Dios que está en nosotros y abrirnos. Estamos enredados en vivir rituales tanto dentro como fuera de la iglesia haciendo, haciendo, haciendo… Necesitamos pararnos.

El Espíritu ya está en nosotros -nos ha sido entregado después de la resurrección de Jesús-, nos habita y está trabajando en voz baja, sin altavoces. El problema es que tanta actividad nos impide sentarnos, tomar distancia y contemplarnos a nosotros como hacemos con el mar o con el fluir de un río. El río fluye ¿y yo? ¿Mi vida fluye? ¿O tengo bloqueado este o aquel asunto del pasado, esta o aquella relación?

La razón de vivir es conectar con esta profundidad que nos da vida. Y por eso cuando se va al huerto a coger algo para comer yo invito hacer un gesto interior de agradecimiento porque estamos unidos a toda la creación aunque vivimos sin esa consciencia, tan necesaria. Por ejemplo, ahora podemos respirar el aire que nos rodea pero llegará un momento en el que nos cueste respirar y buscaremos el oxígeno y no podremos tomarlo. Por eso en este momento en el que estamos pudiendo respirar ayuda darnos cuenta de ello y agradecerlo. Desarrollar nuestra  sensibilidad para captar lo valioso que es todo lo que nos rodea nos ayuda en nuestra conexión interior y eso es algo que podemos empezar a hacer aquí y ahora. Un buen propósito para 2022 que transforma la vida y empieza con el parar.

Melba Lopes

Misionera