En el campo de la Psicología Humanista, la autenticidad es un concepto central ya que resulta ser una de las tres actitudes básicas (junto a la empatía y la aceptación incondicional) que, según Rogers, son necesarias que posea toda terapeuta en las relaciones de ayuda. Para un psicólogo humanista, poder mostrarse tal y cómo es, de manera genuina y verdadera, constituye, por tanto, un elemento necesario para su buena práctica profesional.

 

La importancia de este axioma nos hace olvidar muchas veces que la autenticidad no es solamente una herramienta importante para el terapeuta sino una actitud valiosa para cualquier individuo en su funcionamiento personal y social.

 

La autenticidad se podría definir como la capacidad de actuar conforme a nuestras creencias, ideas, valores y emociones. Esto no supone ser una persona rígida o incapaz de adaptarse a un determinado contexto, sino alguien capaz de encontrar un equilibrio entre las exigencias externas y el ser fiel a uno mismo.

 

Parece sencillo esto de la autenticidad. Así explicado, consiste, básicamente, en ser uno mismo. Todos creemos vivir en una coherencia entre lo que pensamos, lo que sentimos y lo que hacemos. Al fin y al cabo, vivimos en nuestro propio pellejo, por lo que lo difícil sería ser incongruentes. Lo curioso es que no nos cuesta tanto ver la falta de autenticidad de los demás. Con cierta facilidad detectamos en los otros conductas que nos parecen forzadas y poco genuinas, decisiones contrarias a sus valores o emociones que no nos encajan con la experiencia personal que hayan vivido. Esto de la autenticidad para sencillo… para uno mismo. Pero difícil para los demás.

 

Por eso pocas veces nos paramos a pensar que ser auténtico, ser uno mismo, supone conocernos de manera profunda y consciente. Esto significa reflexionar acerca de nuestros puntos débiles, nuestras fortalezas, nuestros objetivos reales, nuestros intereses y nuestros valores. Significa también saber por dónde tendemos a autoengañarnos. Si vamos por la vida despistadamente en la confianza de que “siendo uno mismo” estamos siendo auténticos es altamente probable que, en el fondo, nos estemos autoengañando.

 

Ser auténtico implica ser conscientes de lo que realmente nos importa porque es esencial en nuestra vida y saber diferenciarlo de lo que, simplemente, nos apetece o nos satisface pero podemos vivir sin ello. Porque esa será la única manera de que podamos tomar decisiones que vayan en la línea de nuestras verdaderas prioridades.

 

Por otro lado, parece haber cierto consenso en que ser auténtico es un valor deseable. Frecuentemente solemos vincularlo a cierto componente ético o moral, como si ser auténtico fuera reflejo de una persona más fiable y honesta, mientras que una persona poco auténtica parece menos digna de nuestra confianza. Sin pretender negar esa derivada ética, me parece importante resaltar también el beneficio personal que aporta esa autenticidad (que es más un proceso que un estado inmutable del ser humano).

 

La autenticidad va ligada a actitudes como la congruencia, la naturalidad, la autoconciencia y (aunque parezca paradójico), al no dejarnos llevar por etiquetas ni por roles impuestos en ocasiones por los demás, a la flexibilidad.

 

Al ser más congruentes con nuestras decisiones, evitamos parte de la angustia que generan los conflictos internos mal resueltos o directamente negados por uno mismo. Al ser más naturales, potenciamos relaciones interpersonales más sólidas y profundas. Al ser más conscientes de nuestras decisiones, le damos más sentido a las cosas que hacemos. Y, al ser más flexibles, encajamos mejor los golpes, adversidades y fracasos.

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