Con la llegada del nuevo año, tan típico como juntarse con la familia, comer las uvas o felicitar a los seres queridos, es confeccionar una lista de buenos propósitos para, en este caso, el 2025. Aunque a estas alturas todo el mundo ha pensado ya sus deseos (habrá quien los haya empezado a poner en práctica e incluso quien haya tirado la toalla ya con alguno), como nunca es tarde para plantearnos objetivos vitales, me voy a atrever a proponer la idea de construir rutinas saludables como propósito para mejorar nuestra calidad de vida. Por lo tanto, no se trata tanto de alcanzar una meta concreta o un fin determinado, como establecer hábitos positivos que mejoren nuestro proceso vital.

 

Puesto que las rutinas no dejan de ser acciones que repetimos regularmente hasta que llegan a formar parte de nuestra vida, a realizarse casi sin darnos cuenta, no llegan a ser un automatismo puesto que dependen absolutamente de nuestra voluntad, pero a fuerza de realizarse una y otra vez, terminan por ser acciones que realizamos con toda naturalidad y relativamente menos esfuerzo. Me atreveré a sugerir una posible guía de pasos a seguir con tal de que se tome con flexibilidad y pueda adaptarse a las necesidades y circunstancias de cada cual.

 

Creo importante considerar lo que podríamos llamar el paso 0. Supondría una especie de preparación previa al proceso en sí, un ejercicio de trabajo interior en el que nos transmitamos la confianza en que seremos capaces de avanzar hacia nuestras metas y el compromiso de dar los pasos necesarios para al menos acercarnos a ellas. Equivaldría a preparar la maleta antes de iniciar el viaje. A mi modo de ver esto es condición indispensable para llegar a nuestro destino. Habrá quien diga que se puede uno pasar la vida haciendo maletas y no viajar nunca. Estoy de acuerdo. Pero la única manera de llevar a algún puerto nuestros propósitos es haber hecho una buena preparación y, en ese sentido, hacer la maleta y mirar un mapa siempre ha formado, bajo mi punto de vista, parte del propio viaje.

 

  1. Hecho lo cual, lo primero es definir el objetivo. Pero me parece importante no perder de vista la máxima de “no establecer una meta concreta, sino que el objetivo tenga más que ver con el proceso”. Por ejemplo, “hacer ejercicio” no es buen plan por demasiado vago, “perder tres kilos de peso” mejora por su especificidad, pero pone demasiado el éxito en el fin y no en el camino. Podría estar bien: “hacer una hora de ejercicio tres veces por semana”. Es específico y marca un hábito… y ya veremos a dónde nos lleva, pero seguro que si lo mantenemos, perderemos algún kilo y nos sentiremos más en forma.

 

  1. Empezar con pequeños cambios. Cuando nos planteamos realizar grandes cambios desde el principio corremos el riesgo de la frustración o del abandono incluso antes de empezar. Si nos proponemos subir la montaña hasta la cima, al mirarla nos decimos “es imposible llegar hasta allí, el terreno es complicado, tiene pinta de que tendré que escalar rocas para las que no estoy preparado, etc…”. Sin embargo, si me propongo “llegar hasta aquel árbol de allí, por este camino de tierra accesible”, me parece hasta sencillo. A veces nuestra voz crítica interior insiste: “llegar a ese árbol es estúpido porque  la cima de la montaña está lejísimos”, pero conviene no dejarse avasallar: “voy hasta el árbol y si es fácil, mejor para mí. Y una vez allí, ya me plantearé la siguiente etapa”.

 

  1. Usar recordatorios. Escribir alguna nota, pegar un post it, hacer un esquema… cualquier cosa que visualmente nos recuerde nuestra tarea. El protagonista de la película “Memento” desarrolla tras un shock traumático una amnesia anterógrada, es decir, aunque recuerda su vida hasta el momento del hecho traumático, es incapaz de generar nuevos recuerdos duraderos por lo que hacía fotos y se tatuaba mensajes para recordar su propósito. Nos suele suceder que “olvidamos” nuestros objetivos como si se fueran difuminando conforme pasa el tiempo por lo que a veces resulta útil disponer de esos mensajes recordatorios.

 

  1. Reforzarme por los progresos. Me parece fundamental tratarnos a nosotros mismos con amabilidad si somos capaces de introducir pequeños cambios. A esto también ayuda la idea de no perseguir un objetivo muy obsesivamente (podemos frustrarnos si lo vemos lejos o consideramos que avanzamos demasiado despacio), mientras que si nos proponemos adquirir un hábito, es decir, avanzar aunque sea muy lentamente, podemos aplaudirnos por habernos puesto en camino independientemente del ritmo que llevemos.

 

Por último, igual no estaría mal, que podamos combinar propósitos que exijan cierto esfuerzo con otros que sean procesos gratificantes en sí mismos. Los avances en unos pueden animarnos a perseverar en los otros. De modo que cada propósito tipo “todos los meses voy a subir una vez al trastero para ir tirando cosas”, vaya acompañado por otro tipo “voy a sacar tiempo para volver a ir al cine al menos una vez al mes”.

 

Y ya veremos a donde nos lleva cada uno de ellos

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