El 9 de enero de 1889 en la localidad de Hobart, en Australia, se erigió una estatua en honor a William Crowther por su labor política y profesional, financiándose por suscripción popular.

Autoengañarse es fácil. Lo hacemos constantemente. En pequeñas cosas. De vez en cuando también en grandes. Eso a veces es peor.

Y autoengañarse es fácil porque no consiste esencialmente en creernos falsedades que escuchamos, leemos o nos cuentan. Lo cual puede ser, de todos modos, peligroso. Autoengañarse es sencillo porque todos partimos de unas cuantas ideas erróneas. Que están ahí por diferentes motivos. Pero seguramente el principal sea que las necesitamos. O que creemos que las necesitamos. O que alguna parte de nuestra cabeza cree que las necesitamos porque hemos introyectado mensajes de minusvalía y es conveniente protegernos no vayamos a fracasar. Las ideas erróneas ya están ahí. Solamente necesitamos que “la realidad” nos las confirme.

En 1869 murió en Tasmania William Lanne a causa del cólera y la disentería. Era conocido como “King Billy”. Fue uno de los últimos aborígenes de Tasmania. Su muerte fue, paradójicamente, el comienzo de su historia. Los aborígenes tasmanos eran considerados por la comunidad científica de la época  como muestra de una población especialmente primitiva. Por eso los cráneos de estas personas resultaban especialmente codiciados por los investigadores antropólogos.

Antes de su entierro, el cirujano William Crowther entró en el depósito de cadáveres de Hobart, la población australiana donde se había producido el deceso, y decapitó el cuerpo de Lanne. Extrajo su cráneo y lo disimuló sustituyéndolo por el de otro cadáver. Crowther envió posteriormente el cráneo al Real Colegio de Cirujanos de Inglaterra en Londres.

Llegados a este punto debo reconocer que elegí este caso dentro de la serie dedicadas a las estafas y la psicología por ser representativo de esa capacidad para el autoengaño de las personas. No se trata estrictamente de una estafa ya que William Clowther no pretendía engañar a nadie con sus acciones. Pero estuvo dispuesto a realizar una acción sancionable moralmente como mutilar un cadáver y robar sus restos ( de hecho, en parte por este suceso se impulsó en ese mismo año una Ley de Anatomía para prohibir la realización de experimentos científicos sin expreso consentimiento de los interesados), con tal de que le sirviera como objeto de estudio para difundir sus teorías.

¿Pero en qué consistían estas teorías, no exclusivas ni mucho menos de Clowther, sino asentadas en la comunidad científica internacional? Pues básicamente que los aborígenes ocupaban un lugar inferior en la “jerarquía humana” (pertenecían a un nivel primitivo bajo); que los aborígenes tasmanos ocupaban un lugar intermedio entre los animales y los seres humanos (incluso como posible “eslabón perdido”); que la civilización podía modificar físicamente al individuo (una de las tesis de Crowther sí fue que el cráneo de Lanne reflejaba cierta mejora respecto a otros aborígenes por su mayor contacto con la civilización occidental).

Por tanto, no hubo un estafador que, por ejemplo, creará un cráneo falso o hiciera pasar uno por el de otra persona, sino una manipulación de los restos para hacerlos encajar con determinadas teorías raciales, que funcionaban a modo de prejuicio, pero que resultaban “confirmadas por la realidad”. Lo peor de todo esto es que puedo entender perfectamente a William Crowther. Porque aunque no se me ocurriría decapitar a un cadáver para disponer de material científico para corroborar mi visión de las cosas, sí que selecciono la información que me llega de manera que tiendo a elegir la que me conviene para sostener una determinada visión de las cosas. Leo las noticias desde una perspectiva ideológica más o menos cercana a la mía, me relaciono con personas con una situación vital de alguna manera próxima a la mía, pienso que hay algo sesgado o erróneo es precisamente lo que me contradice, critico las formas de funcionar las personas que no encajan con lo que yo considero una vida sana y adecuada.

El problema, como decíamos, no es tanto que nos autoengañemos dejándonos enredar por ideas falsas que nos vienen de fuera. Lo más increíble y peligroso es como miramos pruebas objetivas que, por tanto, van a respaldar las teorías que sean de manera contundente y conseguimos que de alguna manera pierdan su objetividad para pasar a decir exactamente lo que queremos que digan.

La historia de Lanne y Crowther tiene un epílogo mucho más reciente. En mayo de 2024 en el contexto de actos de reconciliación histórica y repudio contra los abusos coloniales, la estatua de William Clowther, erigida en el centro de Hobart, fue derribada y retirada definitivamente. Puede que no fuera mala idea que esa estatua en la que nos vamos convirtiendo a fuerza de confirmar prejuicios pudiera ser derribada y reconstruida cada cierto tiempo. Quizá no con grandes cambios, pero sí con matices que la vaya haciendo sutilmente diferente a medida que vamos dejando que la realidad nos recoloque limpiamente, nos transforme para hacernos más libres y mejores personas.

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