Mi historia de contacto con el Trastorno Bipolar es breve y al mismo tiempo profunda e intensa. La verdad es que mi primera experiencia con él fue una “pesada mochila” durante años, pues no supe detectarlo en un chico joven que estuvo un tiempo en terapia y en verano dio un brote maníaco y no me lo perdonaba. Luego he aprendido que no es nada fácil el diagnóstico, si no hay crisis claras. 

Muy frecuentemente no se llega de golpe -años de visitas médicas, de perturbaciones y angustias personales, de dificultades serias de comunicación, de crisis de ansiedad-, han ido jalonando en la mayoría de los casos un diagnóstico más preciso de Trastorno Bipolar. Así ni la misma persona enferma, ni su familia y amigos, habrán entendido durante mucho tiempo el comportamiento anómalo – sea maníaco o depresivo o mixto– ni los derroches de dinero, las compras compulsivas, los gastos inútiles, los cambios repentinos o las conductas extrañas.

Veamos unos casos:

(X) nos relata que pasó por tres médicos y que tardaron 12 años en darle un diagnóstico de Trastorno Bipolar

(Y) nos cuenta que lo primero fue diagnosticado de Esquizofrenia, cuatro años después de Trastorno Esquizoafectivo y finalmente de Trastorno Bipolar

(Z) nos narra al hacer su anamnesis una secuencia de 11 años y diagnósticos diversos: Depresión, Esquizofrenia, Trastorno Bipolar, añadido posteriormente el Trastorno de Personalidad.

Desgraciadamente no son casos únicos. Una estadística autorizada de un estudio de personas diagnosticadas de Trastorno Bipolar realizado en la Unidad de Referencia de Trastornos Bipolares del Hospital de la Fe de Valencia, nos da los siguientes resultados en algunos aspectos clínicos:

  • “¿Cuánto tiempo pasó desde que usted pensó que su familiar tenía alguna enfermedad psiquiátrica hasta que se la diagnosticaron?”

La respuesta fue 11,88 ± 9,5 años.

  • “¿Cuántos psiquiatras visitaron a su familiar hasta que lo diagnosticaron de Trastorno Bipolar?”

La respuesta fue 2,57 ± 1,76.

Cuando me trasladé a vivir a Valencia desde Madrid, al jubilarme de la educación -la otra mitad de mi dedicación-, enseguida me ofrecí a trabajar con enfermos bipolares. Desde el año 2010 hasta hace dos meses he coordinado, como psicólogo-psicoterapeuta, los “Llocs de Trobada” de la Asociación Valenciana de Trastorno Bipolar en Valencia, tanto de enfermos como de familiares y he dado cursos relacionados con el Trastorno Bipolar en la Escuela Valenciana de Estudios de la Salud (EVES). Además he acompañado -y acompaño- terapéuticamente a enfermos diagnosticados de la Enfermedad Bipolar y recibo consultas de familiares de otros enfermos.

Nuestro “Lloc de Trobada” (“Lugar de Encuentro”) es como un psicoeducativo, pero en donde lo fundamental no son los temas ni su asimilación, sino las “personas”, los “enfermos”. Por eso yo llevo preparado un tema que interese, pero se supedita a la necesidad de las personas presentes. Y el tema siempre es tratado “dinámicamente”, o sea poniendo en dinámica, a través de las preguntas, cuestionarios, sugerencias… lo que las personas quieran aportar. Ahora, en esta pandemia dirijo Zooms de 15-20 enfermos semanalmente.

Ha sido y está siendo -como cuando en la vida abres una nueva puerta y te introduces por ella abierta y libremente-, una experiencia muy rica, muy humana y, como tal, en muchos momentos muy sufriente. Mucho sufrimiento; y el sufrimiento sentido y compartido, si es recibido con respeto, con escucha, incluso con admiración, como lo es por mi parte en muchas ocasiones en las reuniones y sesiones, es un proceso profundo de crecimiento y de humanidad.

Tal vez, lo que más me ha impactado, como digo, ha sido el sufrimiento y al mismo tiempo la fortaleza de muchas familias con familiar con Trastorno Bipolar y la aceptación y gallardía con que conllevan su cargante enfermedad muchos enfermos y sus familias. En el Trastorno Bipolar va a tenderse a desestabilizar el estado de ánimo y lo que podemos trabajar más para la estabilidad y la eutimia es el pensamiento -tenerlo lo más funcional y controlado posible- y la conducta -la importancia de hábitos positivos y regulados de vida-.

A pesar de ello, el Trastorno Bipolar tiene, sobre todo hasta que es positivamente orientado, una gran sorpresividad por un lado, podríamos decir, y una gran dificultad de control, al cursar en fases, que pueden aparecer un tanto injustificadamente en ocasiones. Así siempre existe una especie de miedo a la “espada de Damocles” de un nuevo episodio. Y por otro lado le define su carácter crónico, de por vida, y el deterioro cognitivo-perceptivo que cada vez se está estudiando más (en España, que yo conozca, sobre todo en el Hospital Gregorio Marañón y el Dr. Vieta con su equipo en Barcelona).

El Trastorno Bipolar es una enfermedad con una base eminentemente biológica, fisiológica. Recordemos que solemos definirla como “una alteración crónica de los mecanismos cerebrales –neurotransmisores– que regulan el estado de ánimo, que cursa por episodios (con dos formas clínicas: depresiva y maníaca)” y, por lo tanto, la causa del Trastorno Bipolar es siempre biológica. Aún así, el desencadenante puede ser biológico o psicológico ambiental pero sus manifestaciones son más bien psicológicas y sociales.

Por ello va a ayudar muchísimo el ir acompañados: no sólo del plano orientativo y explicativo de las reales reacciones y actitudes para saber dónde nos encontramos en el proceso, sino sobre todo de compañeros de camino. De ahí la magnífica aportación que prestan los grupos psicoeducativos de enfermos y familiares de Trastorno Bipolar, que afortunadamente siguen apareciendo cada vez con más solvencia y cantidad. “No estamos solos”. Comentar nuestros pensamientos y sentimientos con personas que están en situaciones semejantes es una grandísima ayuda.

Hay varios estudios (Peet y Harvey, Soares, Vieta y Colom) que evalúan el impacto de la psicoeducación en el Trastorno Bipolar y concluyen que en pacientes y familiares favorece un mayor conocimiento y comprensión de la enfermedad; una mejoría en las actitudes positivas hacia el tratamiento y en las estrategias y también en destrezas para resolver los problemas que acontecen.

Hace poco un enfermo (X) dijo en una sesión a sus compañeros del grupo psicoeducativo:  “Sin vosotros seguro que hoy yo no estaría como estoy de bien”. Y otro (Y) dijo: “Aún recuerdo cómo empecé estas reuniones, casi no podía pronunciar la palabra bipolar. Hoy sé contar lo que me pasa y lo comunico cuando quiero hacerlo”. A continuación un tercero (Z) verbalizó: “Parece como si hubiera hecho un largo recorrido en muy poco tiempo; hacía muchísimo que no me sentía yo misma”.

Cerca de 30 ensayos clínicos aleatorizados demuestran que los programas psicoeducativos reducen las recaídas; disminuyen las tasas de hospitalización; mejoran la recuperación sintomática y favorecen el ambiente psicosocial y familiar.

En las largas y grandes travesías necesitamos de otros. ¡Cuánto hemos aprendido de los otros! Aún me acuerdo de un comentario que me hizo mi psicoterapeuta, en mi análisis personal: “Es impresionante lo que me enseñan mis clientes (en la Psicología Humanista preferimos esta palabra, más activa, a la de pacientes); cuando parece no hay salida la encuentran”. Ciertamente “la mejor idea es la idea de muchos”. Eso sigo creyendo yo

Javier García Forcada

Psicólogo Humanista