Texto: Daniel Troyse. Fotografía: Rodrigo Gurrea

El próximo 21 de julio se cumplirán 7 años desde que nuestro querido Javier Ortigosa nos dejó. Seguramente, para cada una de nosotras, esto evocará experiencias diferentes. Tal vez para algunas de ustedes su nombre solo sea una referencia escuchada en los pasillos del Instituto de Interacción o quizás sea alguien influyente en su práctica profesional.

Para mí Javier representa muchas cosas y quiero aprovechar esta oportunidad para sentirlo y compartirlo con vosotros. Quiero disfrutar los ricos recuerdos que guardo de él y reconocer la profundidad con la que me ha impactado. Para aquellos que no lo conocieron, deseo compartiros cómo era estar cerca de él y para aquellos que sí lo conocieron, puede ser un momento para que sintamos su presencia.

Javier era una persona cercana en su trato, sin ser empalagoso. Si algo no le gustaba o le enfadaba lo dejaba claro de manera directa y transparente. No tenía problemas en confrontar cuando lo consideraba necesario, pero también sabía expresar cariño y aprecio.

Tenía una habilidad enorme para empatizar con las personas. Comprendía que cada individuo era único e irrepetible, responsable de su propia vida. No buscaba ejercer autoridad sobre nadie, lo que le permitía confrontar directamente a cualquiera. No asumía la responsabilidad de nadie.Tampoco buscaba agradar a nadie, aceptaba el lugar que cada persona le otorgaba en su vida. Daba una sensación de moverse con libertad en las relaciones y afectos.


Hay algunas frases suyas (no sé si propias, pero definitivamente encarnadas en él) que tengo muy presentes. Una de ellas es: «Es triste no poder decir ‘sí’ por no saber decir ‘no». Así era Javier en su vida, su capacidad de decir «sí» llegaba con apertura y calidez, al igual que su capacidad de decir «no» con claridad y seguridad.

Sé que muchos de nosotros experimentamos la misma sensación de seguridad al relacionarnos con él. Teníamos la certeza de que su comunicación era clara y transparente. Incluso cuando surgían dificultades o conflictos en la relación, siempre había la confianza de que no intentaría manipularnos o mostrar una cara falsa; era claro como el cristal.

Javier nunca se sentía inferior a nadie, ya fuera una persona, una institución o un colectivo. Siempre fue fiel a sí mismo y nunca ocultó lo que pensaba. Era una persona libre de compromisos y formalidades, pero a la vez cercano y elegante en su trato. Era auténtico en cada fibra de su ser.

Todo esto puede fácilmente ser sólo apreciaciones y juicios de alguien que le valora mucho y fácilmente pueden caer en la banalización típica con la que se alaba a quien ya no está entre nosotros. Quizá, si comparto algunas anécdotas suyas, alcance a  transmitir de manera más directa cómo era él.

En una ocasión, Javier sustituyó a Paloma, la secretaria del instituto, durante aproximadamente un mes. Era divertido verlo en su oficina, ya que era un hombre de gran tamaño y apenas cabía en el escritorio. Principalmente, atendía llamadas de personas en busca de información o visitas de alumnos que requerían algún trámite. Paloma le había dejado instrucciones por escrito para las tareas más comunes. Contestaba el teléfono con total transparencia, diciendo algo así como: «Ahora no está Paloma soy Javier y no sé exactamente lo que me estás pidiendo, pero aquí tengo mis apuntes, así que déjame buscar y seguramente podré ayudarte…» y proseguía con total tranquilidad, en ese mar de instrucciones y notas, tratando de determinar cuál era el siguiente paso. Los ordenadores no eran lo suyo y sin embargo no tuvo ningún problema en trastear todo lo necesario entre archivos y programas, para sacar adelante ese proyecto. No tenía reparo en alabar el orden de Paloma y expresaba repetidamente el gusto que le daba conocer más a fondo el trabajo que tenía que hacer Paloma para llevar las gestiones.

Los momentos en los que no atendía llamadas los aprovechaba para leer. Una vez lo vi con un libro sobre neuropsicología y le comenté algo al respecto. Me respondió que, como no le habían enseñado sobre ello durante su formación, le parecía muy interesante y no quería quedarse sin conocer cosas relevantes.

Otra imagen que atesoro con cariño es el debate que mantuvo durante casi un año con un psicólogo conductista. Javier vivió ese intercambio con entusiasmo por tener la oportunidad de conversar de esa manera con otro académico. Desde mi perspectiva, el privilegio lo tenía el otro, pero Javier lo vivió con una humildad auténtica. Hablaba de su nuevo amigo con respeto y admiración. Este debate lo llevó a revisar bibliografía, recopilar datos de su práctica y preparar artículos, incluso estaban organizando un debate público en el Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid. El proyecto quedó a medias debido al fallecimiento de Javier.

En otra ocasión, una de las psicólogas a las que Javier supervisaba se encontró en una situación complicada. El paciente al que ella atendía fue internado en un hospital psiquiátrico con un tratamiento y un diagnóstico muy agresivos, lo que hizo que el paciente se sintiera invalidado e invadido. Sin dudarlo un segundo, Javier decidió llamar directamente al psiquiatra para expresar su desacuerdo con el tratamiento. Ante la negativa del psiquiatra, presentó una denuncia ante el colegio de médicos. Cada semana al verle nos actualizaba con los nuevos episodios de lo que empezaba a convertirse en todo un thriller. Javier vivió este proceso con una mezcla de calma, aplomo y empeño que no dejaba de sorprendernos. Estaba convencido de que alguien debía abogar por el paciente en contra de la imposición médica y no le importaba meterse en problemas.

La última imagen que quiero compartir es de cuando mi esposa estaba embarazada y ambos estábamos en supervisión con él. Le fascinaba la idea de que dentro del vientre de Iratxe se estuviera desarrollando una vida. Hacía todo tipo de preguntas y escuchaba las respuestas con los ojos abiertos, llenos de curiosidad y admiración. Quería saberlo todo sobre su experiencia, sobre el proceso biológico, los paisajes emocionales y los cambios cotidianos que implicaba. Le tocaba la barriga y se permitía un momento de tranquilidad para tomar conciencia y experimentar esa vivencia con todo su peso. Creo que era un ferviente admirador de la vida. Recuerdo cuando nos contó que una vez entró a un cine X para descubrir de qué hablaban muchos y lo interesante que le resultó.

Confieso que una parte de mi no quiere dejar de escribir sobre él, a veces siento tristeza al pensar que solo queda su recuerdo, que el tiempo se ha detenido para él y… Pero en momentos como este, cuando abro un espacio para sentir su presencia, me doy cuenta de que sigue viviendo en muchas de nosotras. De hecho, siento que ahora puede llegar más lejos de lo que podía cuando habitaba ese cuerpo grandote y majetón.

Horario de secretaría 2023-24: L, M y J de 16 a 20 h. X de 15 a 19h