Ayer leí algo en el periódico que me impactó. Hablaba de cómo los modelos de lenguaje -mal llamadas inteligencias artificiales- habían logrado crear en las personas la fantasía de estar hablando con un humano en lugar ser conscientes de que un chip de silicio nos lanzaba información de internet, a través de un modelo de lenguaje creado por personas. Sin saber muy bien cómo, parece que hemos personificado a la máquina.

Joseph Weizenbaum es conocido por ser el creador del primer chatbot allá por el año 1966 -decía el artículo- y también porque, algún tiempo después, se convirtió en alguien muy crítico con la posibilidad de que se manejara la hipótesis de que las máquinas podían llegar a ser inteligentes. En la actualidad, en la misma línea, no faltan voces que reclaman a las empresas tecnológicas que dejen de construir sus modelos de lenguaje en clave humana (tienen nombres de persona, hablan en primera persona del singular…). Y en algún momento aquel artículo que leí lanzó una evidencia sobre la que yo no había puesto conciencia: las redes sociales captaron nuestra atención y ahora los modelos de lenguaje -eso llamado inteligencia artificial- está captando nuestros vínculos. Impactante.

Hoy he ido al hospital, tocaba revisión de mi cuerpo humano tras un proceso de enfermedad y tratamiento importante. El sistema sanitario, los seres humanos, las máquinas, los utensilios, el edificio… todo me ha ofrecido una experiencia positiva que me ha ayudado a rebajar el nivel de inquietud que cada año me produce ese momento de examen. Parece que mi cuerpo mantiene  un nivel de salud suficientemente alto para poder seguir viviendo esta vida que llevo. ¡Que bien! Gracias. Pero hoy antes de marcharme del hospital he bajado las escaleras dos plantas y aunque no tenía cita ni me esperaban he asomado la cabeza a través de una puerta que estaba abierta. Sólo quería saludar y agradecer. Y allí estaba ella. Fue la persona que me llamó por teléfono después de la primera quimio para ver cómo estaba, la que respondía mis dudas y acogía mis temores. La he pillado sentada en su mesa, rellenando no sé qué, ocupada muy ocupada, pero durante un par de minutos hemos compartido la ilusión de un reencuentro. Se alegraba sinceramente de verme. Eso se nota en los ojos. Sólo han sido un par de minutos con dos besos y pocas palabras pero con un reconocimiento mutuo profundo como personas. Ella ha agradecido el gesto de que bajara a desearle un buen día, un año después de la última vez. Y yo he vibrado al ver esas arrugas que se nos crean alrededor de los ojos cuando se sonríe desde dentro. Ha sido un encuentro de dos personas vivas, que han trabajado juntas por generar vida, en una humanidad compartida tan valiosa que es una pena que se nos desdibuje detrás de pantallas y teclados.

María Sanz

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