Por Pablo Sierra, psicólogo humanista
Con motivo de un cambio de centro de trabajo estuve tomando algo con compañeros del actual trabajo y les invité. Cuando me traen la cuenta compruebo si todos los conceptos y cantidades son correctos y detecto un fallo a mi favor: hay dos refrescos que no han incluido. Y debo reconocer que me asalta automáticamente la duda de si hacerles ver el error y pagar lo que me corresponde o callarme miserablemente y ahorrarme unos pocos euros.
Indudablemente, lo que me estaba planteando era si llevar a cabo una estafa fácil y poco arriesgada. Claro que no era de manera planificada ya que la situación me vino sobrevenida. Pero la situación cumple con todas las características de una estafa: engaño bastante como para inducir a error a la víctima (en este caso la víctima ya me servía el engaño preparado); inducción a error (igualmente el camarero involuntario intermediario entre la víctima y yo me había facilitado ya la inducción a error al equivocarse en la cuenta); acto de disposición patrimonial ejecutado por la víctima y ánimo de lucro (puedo asegurar que en mi pensamiento en aquel momento encajaba perfectamente dicho ánimo).
Por otro lado me indigna que alguien trate de engañar a otro, que se aproveche de alguna debilidad para beneficiarse económicamente a costa de un tercero. Sin embargo, en el terreno de la pura ficción, siento una evidente atracción por las historias de estafas, de engaños, de timos. No digo que a todo el mundo le tenga que pasar lo mismo, pero sí parece que hay una cierta tendencia a sentirnos atraídos por cierto tipo de tramas. Ahí están los éxitos de Steven Spielberg “Atrápame si puedes”, de Martin Scorsese “El lobo de Wall Street”, de Paul Newman / Robert Redford en su momento con “El golpe”, de la argentina “Nueve reinas” o de series como “Better call Saul” o la proliferación en plataformas de series y películas documentales sobre casos reales de timos organizados, estafas de guante blanco o suplantaciones insólitas de personalidad.
Esto en el terreno de la ficción. En el terreno de la realidad, dejé la cuenta sobre la mesa sintiendo la satisfacción de pagar dos consumiciones de menos.
La atracción por estas historias podría verse como un reflejo de una personalidad con tendencias delictivas o de las miserias de nuestro sistema económico y social. Pero eso sería tan absurdo como creer que quienes disfrutan con películas sobre psicópatas o asesinos en serie son personas potencialmente peligrosas, en el primer caso, o que en una sociedad ideal, justa y solidaria sólo triunfarían las películas de Winnie the Pooh, en el segundo.
Quizá las historias de estafas jueguen un papel de regulación emocional que nos beneficie de alguna manera más allá del disfrute personal que cada cual pueda obtener de ellas (como de cualquier otro tipo de trama).
Por un lado, nos permiten situarnos en el lado de las víctimas y sentirnos reconfortados porque a nosotros no nos habrían pillado porque hubiéramos sospechado, intuido o detectado que algo raro estaba pasando y que no debíamos caer en la trampa que (obviamente) nos estarían tendiendo. Por otro lado, podemos identificarnos con el estafador o con algunos aspectos de su carácter, quizá no justificar sus acciones (salvo si la víctima de la estafa es una entidad bancaria, un millonario despreciable o un casino de Las Vegas), pero sí con su inteligencia, su desparpajo, su audacia o, si fuera el caso, su desdén por ciertas convenciones sociales.
Yo me identifiqué con el estafador. No con el afán egoísta y pragmático de enriquecimiento personal (estaba a punto de ahorrarme un dinero miserable), sino con algo más interno, con la satisfacción de poder engañar al otro (aunque no tuviera mayor mérito en este caso), de salir ganando algo dejando a otra persona el rol de perdedor. Y tomar consciencia de esto me resultó bastante inquietante. ¿Al final todo se reduce a querer estar en el lado de los vencedores? Ahora sí que me sentía estafado, pero por mi propia miseria. Ni siquiera puedo estar seguro de que fuera ese el motivo por el que pagué.