El conflicto forma parte de la convivencia.  Esta afirmación, así de primeras, suena algo dura, pero no hay porqué alarmarse, es algo natural. En las próximas líneas, vamos a conocer un poco más sobre este tema.

A veces no somos conscientes de que los conflictos son inherentes a la vida en comunidad, intentamos evitarlos o hacemos como que no existen. Pero si nos detenemos a observar nuestras relaciones, es evidente que, a lo largo de la vida, inevitablemente, nos hemos enfrenado y nos vamos a enfrentar a dificultades de relación con otras personas.

Todos tenemos experiencias de este tipo, de distinta intensidad y en distintos ámbitos, los más habituales son en la pareja, en la familia o con compañeros de trabajo… situaciones que si no se resuelven adecuadamente generan mucho malestar y pueden llegar a producir mucho dolor. Una disputa de alta intensidad no tratada adecuadamente puede generar mucho sufrimiento.

Los conflictos no siempre son negativos, bien manejados son fuente de aprendizaje y de desarrollo personal. Una adecuada gestión posibilita crecer y madurar como personas. Aproximarse a las controversias de forma colaborativa y constructiva tiene muchas ventajas; aprendemos de los demás, qué es lo que quieren, qué necesitan, cuáles son sus deseos… igualmente aprendemos de nosotros mismos, nuestras motivaciones más profundas, deseos, necesidades… y también aprendemos a comunicarnos y relacionarnos salvaguardando el vínculo, si es eso lo que verdaderamente queremos. De esta forma mantenemos las relaciones personales que nos constituyen como seres sociales.

Habitualmente manejamos los conflictos sin necesidad de ayuda externa, pero, a veces, los recursos que tenemos (los que hemos ido aprendiendo a lo largo de nuestra historia personal) no son suficientes. Cuando nos sentimos atascados o desbordados, cuando una relación significativa se está viendo comprometida por la existencia de un conflicto que no se resuelve, podemos acudir a un profesional de la mediación para gestionarlo.

La mediación es un proceso en el que dos o más personas que están atravesando una dificultad en su relación, y que se manifiesta en un conflicto, solicitan la ayuda de un mediador profesional con el objetivo de salir de esa situación.

El papel del mediador es facilitar el encuentro y la comunicación y para ello se vale de técnicas y herramientas, comprobadas y validadas científicamente. El mediador ejerce su actividad con imparcialidad y posibilita que las partes se comuniquen de forma colaborativa; no da soluciones, sino que facilita que las partes lleguen a sus propias conclusiones. Habitualmente los procesos de mediación terminan con acuerdos, que se suelen recoger por escrito, aunque la fuerza de la mediación no está en los acuerdos sino en el desarrollo de la capacidad de las personas para resolver por sí mismos.

Durante la mediación, los mediados adquieren destrezas personales, hay un proceso de transformación personal que posibilita la resolución de la controversia. A modo de ejemplo, durante el proceso de mediación, de modo casi imperceptible, con la participación del mediador, las partes implicadas trabajan y aprenden sobre escucha activa, gestión emocional, empatía, comunicación asertiva, trabajo colaborativo, capacidad de concreción, flexibilidad, en resumen, herramientas personales que las partes ponen en juego para la resolución del conflicto y que también adquieren para situaciones venideras.

Para terminar, os invito a reflexionar: si estáis atravesando un conflicto de relación y creéis que no tenéis los recursos personales suficientes para afrontarlo y queréis salir adelante de forma satisfactoria por vosotros mismos, la mediación existe, está demostrando que funciona y está aquí para ayudaros.

José María Fernández Flores

Psicoterapeuta y Mediador en Conflictos.

 

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