Por mucho amor y generosidad que pongamos en la tarea de cuidar enfermos, cuando esta se alarga en el tiempo, puede volverse muy agotadora y desgastante, llegando a causar un gran malestar físico y emocional en las personas que asumen ese rol.
Todas y todos hemos tenido la experiencia de estar enfermos y en ocasiones, hemos cuidado a nuestros seres queridos cuando se han encontrado mal. Conocemos la cantidad de necesidades que surgen en estas circunstancias de atención física: curas, medicación, asistencia a consultas médicas, desplazamientos, etc. Conocemos también los miedos, las ansiedades, la vulnerabilidad y el sufrimiento que implica la experiencia de enfermar, así como la necesidad de apoyo emocional que el enfermo experimenta.
En muchas ocasiones, nos volcamos en atender las necesidades emocionales y físicas de la persona enferma, olvidándonos de las nuestras. Nos vemos entonces atendiendo demandas constantes, envueltos/as en una dinámica de cuidados sin horarios fijos, con la sensación de falta de control, inseguridad y dudas en las decisiones que debemos tomar y teniendo además que sobrellevar el propio dolor, por el sufrimiento que está viviendo nuestro ser querido.
La Psicología describe todos estos factores como causantes de estrés y desgaste emocional. Esto supone que, si la enfermedad se alarga en el tiempo y no sabemos poner límites, esta titánica tarea, puede acabar con la salud emocional o física de cualquier cuidador o cuidadora bienintencionada.
Puede que realicemos ese esfuerzo por amor al enfermo, por tratar de paliar su sufrimiento, por un sentido grande de responsabilidad, porque el entorno se desentiende y nos vemos abocados a realizar esa tarea, o por una mezcla de estas motivaciones. Sea cual sea la razón que nos lleve a ello, es fácil caer en postergar las propias necesidades de descanso y bienestar, pensando que podemos soportarlo todo, sin tener en cuenta nuestras propias limitaciones.
Hace poco una prima me contó que raíz del deterioro que entraron sus padres como consecuencia de un accidente de moto que había tenido su hermano y las duras secuelas físicas que le había dejado, decidió cuidarlos mientras el resto de hermanos se desentendía, postergando su vida personal y profesional. Después de muchos meses de atención continuada a sus padres, decía sentirse sin energía, sin ilusión, e incluso contaba que le costaba levantarse por las mañanas y se había visto a la necesidad de tomar antidepresivos, e iniciar una psicoterapia que le permitiera seguir adelante.
Sin llegar a vivir esa situación tan delicada, muchas personas se ven involucradas en la tarea de cuidar enfermos hipotecando su vida personal y poniendo en riesgo su salud emocional y física. No podemos llegar a este extremo.
Pero ¿cómo podemos atender las necesidades del enfermo sin olvidar las nuestras? ¿Cómo se puede llevar a la práctica el autocuidado y amor a uno mismo como cuidadores de enfermos? Tenemos que empezar por aceptar que no somos “omnipotentes”, somos personas con necesidades de descanso, de contacto social, de desarrollo personal, entre otras.
Para poder atender a otros, sin desestabilizarnos, es necesario escuchar, valorar, e incluso en ocasiones, saber priorizar nuestras necesidades. Hace falta buscar momentos para el descanso, para las relaciones o para realizar actividades que nos hagan bien y es importante así mismo, saber pedir ayuda para compartir la tarea, cuando sea necesario.
No es fácil encontrar el equilibrio adecuado, entre atender las necesidades del enfermo y nuestras. Estas pueden cambiar a lo largo del tiempo, dependiendo del momento, de las circunstancias y de la personalidad de cada uno; pero no debemos olvidarnos en esas circunstancias, de escucharnos y atendernos a nosotros mismos.
A veces la dificultad de algunos cuidadores está en pedir ayuda, en realizar ese acto de humildad que implica reconocer los propios límites. En otras ocasiones, nos cuesta dar valor a nuestro mundo interno, que nos dan señales de alarma. No hemos aprendido a escuchar y valorar nuestras emociones, deseos o necesidades y vivimos con sentimientos de culpa el hecho de atendernos….como si no fuéramos del todo merecedores de esa atención.
Cuidarse a uno mismo no es un lujo, ni supone un acto de egoísmo, es un acto de amor a uno mismo necesario para el propio bienestar y consecuentemente para el bienestar del enfermo. Todas y todos somos merecedores de ello.
Eulalia Gil
Psicóloga clínica y psicoterapeuta en el Instituto de Interacción