El 16 de enero de 1919 se ratificaba la 18ª enmienda de la Constitución que prohibía la fabricación, venta o transporte de licores embriagadores dentro de Estados Unidos y de todos los territorios sometidos a su jurisdicción, así como su importación o exportación con el propósito de usarlos como bebidas. Un año después, el 17 de enero de 1920, entraba en vigor.

Fue un asunto complejo y tuvo muchas más implicaciones de las que aparentemente se podían prever o que, visto desde fuera, pudiera imaginarse. Afectó al comercio internacional, al turismo (probablemente las vacaciones en crucero no se hubieran desarrollado tan rápidamente sin la implantación de aquellas travesías fuera de las aguas territoriales estadounidenses en los que se servía alcohol en dosis generosas), el auge de los refrescos (tuvieron un desarrollo importante durante la Prohibición como bebidas legales que sustituían el consumo de licores), el desarrollo de la Mafia en Estados Unidos, aprovechando el auge del mercado negro y el contrabando generado por la Ley Volstead (la que desarrollaba legislativamente la Enmienda 18), la costumbre de cenar en casa con invitados, el hábito de mezclar bebidas alcohólicas con refrescos (para suavizar el sabor de los licores destilados ilegalmente), la implantación del sufragio femenino (el mismo año en que entró en vigor la Ley Seca, tras años de reivindicaciones feministas que se vieron impulsadas en buena medida por la necesidad de que las mujeres pudieran votar para que se pudiera imponer una visión política ‘seca’, ya que el movimiento anti-alcohol lo habían iniciado ellas, principales víctimas de los excesos etílicos de los hombres), e incluso, influyendo indirectamente en conceder el derecho al aborto a las mujeres estadounidenses.

En definitiva, se trataba de tratar de cambiar las costumbres del pueblo norteamericano mediante la implantación de medidas legislativas restrictivas (de las 27 enmiendas aprobadas hasta ahora a la Constitución estadounidense, sólo dos han restringido derechos o libertades individuales).

Podemos opinar sobre la pertinencia o no de tomar medidas de este tipo, pero la realidad es que las personas lo hacemos habitualmente en nuestro funcionamiento psicológico cotidiano.

Reprimimos constantemente muchas de nuestras tendencias, deseos o necesidades ya sea por motivos éticos y morales, por miedo a llevarlas a cabo o por una combinación de ambos. Todos hemos desarrollado, con mayor o menor alcance, nuestras particulares Enmiendas 18ª. Así, nos autoimponemos determinadas decisiones, visiones de las cosas e, incluso, formas de vivir, que no resultan coherentes con nuestro auténtico “yo”, pero que encajan con una determinada visión de nosotros mismos o nos protegen del miedo que nos daría enfrentarnos a nuestras verdaderas tendencias.

Todos estamos interiormente escindidos en una parte “húmeda” (así se conocía a los detractores de la Prohibición), que quiere desarrollarse libremente, experimentar, probar cosas nuevas; y una parte “seca” (partidarios de la Ley Volstead), que prefiere limitar, controlar y repetir lo ya conocido.

Personalmente, me resulta difícil realizar un balance del grado de éxito de la Prohibición.

Por una parte, impulsó al crimen organizado; disminuyó considerablemente los ingresos del Estado al desaparecer las tasas por la importación y venta de alcohol; limitó los derechos individuales de las personas; produjo muertes directas por envenenamiento o intoxicación ante la mala calidad de muchos de los productos ilegalmente destilados y muertes indirectas consecuencia de la actividad ilegal generada en torno al tráfico de alcohol (ajustes de cuentas, extorsiones, maltrato policial, tiroteos, etc.).

Sin embargo, no puede negarse que redujo considerablemente el consumo de alcohol (aunque no su desaparición, como pretendía) hasta el punto de que hasta 1973 no se igualarían los niveles de consumo de principios del siglo XX (actualmente han vuelto a descender en un 17% aproximadamente en relación a esos máximos).

Si resulta complicado valorar todas las implicaciones que tuvieron los 13 años de vigencia de la 18ª Enmienda (por cierto, la única que ha sido derogada por otra Enmienda Constitucional), mucho más difícil me parece entrar a discernir el balance de décadas de vida con restricciones autoimpuestas y desarrollo de tendencias personales; con autocensuras y actos impulsivos; con limitaciones éticas y tentaciones oscuras; con represiones conservadoras y riesgos poco calculados.

No creo que tengamos que vivir sin mecanismos represivos, ni que haya que dejarles tanto espacio como para permitirles atenazarnos permanentemente. Creo que lo peor es reprimirnos inconscientemente, protegernos con el autoengaño o limitarnos por miedos irracionales, pero que un control consciente y decidido de algunas de nuestras tendencias impulsivas puede ser sano y constructivo.

Creo que William Faulkner acertaba cuando animaba a sus conciudadanos a no perturbar “el largo y feliz matrimonio entre los votantes secos y los vendedores ilegales”. Y creo que cuando termine este párrafo voy a abrirme, consciente y libremente, una cerveza. A ver si me dejo.