Mientras empiezo a escribir este artículo no puedo dejar de pensar que mañana modero un debate ante 70 personas y no puedo evitar que la anticipación de esa situación me produzca una especie de desasosiego, de inquietud, de nerviosismo, de algo a lo que no me atrevo a llamar miedo.

Uno de los hechos históricos más insólitos relacionados con ataques de leones a humanos, tuvo lugar entre marzo y diciembre de 1898, cuando dos ejemplares machos atacaron, dieron muerte y devoraron a decenas de trabajadores de la construcción del ferrocarril que uniría el Lago Victoria con la ciudad de Mombasa. Los leones de Tsavo (característicos por no tener la habitual melena) fueron capaces de arrastrar fuera de sus tiendas a los trabajadores para devorarlos en la oscuridad, sortear numerosas trampas y vallas defensivas actuando con especial inteligencia.

Fueron conocidos entre los trabajadores de la construcción del ferrocarril como “devoradores de hombres” y eran considerados como la encarnación de los espíritus del mal.

El coronel del ejército británico John Henry Patterson, ingeniero en la construcción de puentes ferroviarios, que fue destinado a Tsavo para supervisar la obra de uno de esos puentes, asumió personalmente la responsabilidad de tratar de acabar con los felinos, lo que logró tras nueve meses de trampas y emboscadas que fueron infructuosas. Finalmente, en diciembre de 1898, y con apenas tres semanas de diferencia, los dos leones fueron abatidos por Patterson.

Desde que conocí esta historia por primera vez, leyendo el libro autobiográfico del propio Patterson, me fascinó por lo que representaba, a modo de metáfora, en relación a los miedos humanos.

Estos, como los leones de Tsavo, aparecen muchas veces sin previo aviso, silenciosamente, sin haber dado señales de su presencia o, si lo han hecho, sin haber dado muestras de adquirir el grado de intensidad e influencia que llegan a desarrollar. Los trabajadores, aterrorizados, tratan de poner trampas, empalizadas, para evitar que los leones entren en el campamento, pero están son sistemáticamente burladas. Como sucede frecuentemente cuando aparece un miedo nuevo, una amenaza desconocida, que parece reírse de nosotros cuando tratamos de neutralizarla con estrategias sencillas.

Los trabajadores de la línea del ferrocarril bautizan a la pareja de leones machos como “Ghost” y “Darkness”, Fantasma y Oscuridad. Y no se me ocurren dos palabras que recojan mejor nuestros miedos atávicos, infantiles. Los psicólogos decimos que los miedos primigenios (los que no son aprendidos, sino inherentes a las personas) se centran en la muerte, la enfermedad, la soledad… pero no son esos los que nos asustan cuando somos niños y, en ocasiones, reaparecen en la edad adulta. Lo que probablemente más temamos precisamente porque son cosas irracionales, incontrolables, abstractas, inaprensibles, amenazantes… sean los fantasmas y la oscuridad.

Uno de los aspectos más inquietantes, a mi modo de ver, de la historia de los leones devoradores de hombres es la inteligencia con que actuaban. Parecían conocer por adelantado las trampas que les tendían y cómo burlarse de ellas. Y algo parecido sucede con el miedo: se anticipa a nuestras estrategias y las doblega con aparente facilidad.

Los leones de Tsavo, pese a las atrocidades que cometieron, desde el punto de vista humano, no eran malvados. Sólo que necesitaban alimentarse. Es algo instintivo y natural. Como nuestros miedos. No pretenden fastidiarnos, hacernos sufrir gratuitamente o amargarnos por gusto. Están ahí para protegernos. Pero, en ocasiones, parten de planteamientos distorsionados, de nuestra inseguridad, de la falta de confianza. Y nos terminan perjudicando. Y parecen más listos que nosotros mismos porque nos conocen muy bien y porque mientras que cada uno de nosotros tenemos una vida, con sus complejidades y sus propios desafíos, cada uno de nuestros miedos sólo se ocupa de que nos protejamos de aquello que nos amenaza. Dedican todo su tiempo a eso.

Mañana modero un debate sobre Salud Mental ante 70 personas, pero mientras busco estrategias para tranquilizarme tengo que contestar la llamada de teléfono de mi madre, hacer la cena de mis hijos pequeños, responder algo al grupo de whatsapp del colegio, terminar de atender a dos pacientes más, y cerrar un par de citas médicas. Sin embargo, mi miedo a hablar en público está tranquilo y confiado, descansando y cogiendo fuerzas para asediarme en cuanto me meta en la cama con los pronósticos más agoreros para mañana, y durante la noche mientras yo me desvelo, él cogerá fuerzas para volver a la carga cuando la gente empiece a llegar al acto o cuando tenga que ponerme a hablar. Sólo tiene que asustarme y prevenirme de lo inútil que soy y de que lo mejor es que me haga el enfermo, me excuse y no acuda al acto. Mi miedo no tiene hijos, ni madre, ni va al médico, ni trabaja, ni está en el paro. Dedica todo su tiempo a protegerme.

Así que, ante este panorama, los trabajadores de la línea de ferrocarril que uniría el lago Victoria con Mombasa no podían pensar otra cosa más que esa pareja de leones eran en realidad los Demonios de la Noche, seres sobrenaturales e invencibles que les van a exterminar y contra los que nada se puede hacer.

Y cuando me siento en la cama con mis hijos a punto de dormirse y me dicen que les deje una luz encendida porque creen haber visto un fantasma, me acuerdo de las acusaciones contra el coronel Patterson por haber exagerado la amenaza y las víctimas reales de Ghost y Darkness y pienso que mis hijos también exageran y que el único razonable soy yo, que me encuentro temblando porque mañana modero el debate de 70 fantasmas que se mueven en la oscuridad de la incertidumbre que me amenaza.

Patterson se subió a un árbol, atrajo a los leones con restos de animales que le sirvieron como cebo y los abatió a tiros con tres semanas de diferencia. Se enfrentó a su miedo. Yo no consigo encontrar ningún argumento tranquilizador. Ninguna estrategia que me empodere, que me haga sentir que todo irá bien. Ningún cebo que me permita que mi miedo desaparezca en una trampa. Sólo sé que mañana iré al debate sobre Salud Mental. Hay que enfrentarse.

Los miedos no son comparables. Hay quien no se atreve a dejar a su pareja, quien no se atreve a salir de casa, quien no se atreve a morir.

Quizá nos queda la capacidad de comunicarnos, de expresar nuestras emociones, de compartir los temores.

A mis hijos les digo que no hay ningún fantasma, que son imaginaciones suyas. Que tienen que enfrentarse a sus miedos, a la oscuridad. No les convenzo. Finalmente, les confieso que yo también tengo miedo, por lo de mañana. Me dicen que no sea tonto, que por eso quieren que deje la luz encendida. Para que yo me duerma tranquilo.

Puede que lo haga. No hay un modo único de plantar cara a los miedos. Podemos enfrentarnos a ellos, asumirlos, integrarlos, expresarlos…  Los Fantasmas y la Oscuridad a veces nos parecen invencibles.

Ya veremos.