Por Pablo Sierra, psicólogo y psicoterapeuta

El 24 de octubre de 1929, llamado posteriormente “jueves negro”, se desplomó la Bolsa de Nueva York. 13 millones de títulos fueron puestos a la venta sin que encontrasen comprador. El temor que se fue generando incrementó las ventas. Se llegaron a ofrecer paquetes de acciones a un tercio de su valor, pero todo resulto inútil. Se fue generando una situación de pánico que desembocó en la crisis bancaria más grave del siglo XX.

En tres días perdieron su empleo 100.000 trabajadores y se alcanzaron las tasas de desempleo más altas del país en poco tiempo. Quebraron empresas que parecían prósperas hasta ese momento. El precio medio de las acciones (aunque hubo oscilaciones y momentos de cierta recuperación), no  volvieron a su valor previo a la crisis, hasta 1954 (veinticinco años después). Estados Unidos entraba en lo que se denominó la Gran Depresión y arrastró a diferentes países a esa misma situación.

Lo curioso es que este desastre venía precedido de un período no sólo de calma, sino de prosperidad y desarrollo: los felices años veinte.

Durante la primera guerra mundial (1914-18), Estados Unidos había exportado gran cantidad de productos, sobre todo armamento, a los países europeos aliados y, al terminar el conflicto bélico, Europa quedó seriamente mermada económicamente y endeudada con Estados Unidos. En este país se produjo un incremento sin precedentes del consumo motivado fundamentalmente por la mayor oferta de productos: se extendió la venta de coches  y de armas (ambas relacionadas en parte con el auge del crimen organizado propiciado por la Ley Seca) y electrodomésticos entre otros y la aparición de la venta a plazos (que permitía acceder a bienes de consumo que hubieran sido inaccesibles si hubieran requerido un pago completo directo).

En definitiva, la economía crecía, la prosperidad aumentaba y la bolsa alcanzaba valores que no se hubieran podido imaginar.

Pero todo se vino abajo. Y casi nadie lo vio venir.

Cuando se reflexiona sobre este tipo de cambios de ciclo económico tan bruscos (caídas en picado de la Bolsa, estallido de burbujas, crisis financieras…) da la sensación siempre de que pocos expertos fueron capaces de prever lo que iba a suceder y debe ser así porque de lo contrario quizá se hubieran evitado o al menos advertido de su llegada para tratar de paliar sus efectos. Y pensamos que ni los propios economistas ni agentes financieros tienen ni idea y que no valen para nada.

Y nos vamos a casa tan a gusto, dándole vueltas a lo inútiles que son. Y dejamos el coche en la plaza de garaje o aparcado en el tramo de calle habitual. O llegamos en metro o autobús por la parada de siempre dando el mismo paseo hasta el portal. Y miramos la correspondencia aunque ya casi no haya porque casi todo es telemático y on line pero por si acaso. Y nos quitamos, al entrar, los zapatos y los dejamos donde ya sabemos y quizá nos pongamos ropa más cómoda. Y llamamos por teléfono a alguna persona o nos conectamos a alguna red social y subimos un par de fotos que hayan merecido la pena y muestren algo interesante que hayamos hecho. Y luego hay quien se da una ducha o se hace algo de comida, poca cosa que hay que cenar ligero y, de todos modos, con este calor no entra nada. Y claro, después ya viene un momento malo porque si vivo solo me afecta eso un poco hasta que me pongo algo de deporte en la tele o la tablet y se me va; si tengo pareja, discutimos sobre cualquier tontería o bien sobre la serie que hay que ver aunque eso puede que sea la forma indirecta de enfrentarnos por otros asuntos que no nos atrevemos a sacar; y ya, si tienes hijos pequeños y hay que ducharlos y darles de cenar o adolescentes que entran o salen por la puerta sin aclarar de donde vienen o a donde van o padres a los que cuidar…

Pero nada demasiado grave si me lo planteo bien porque siempre hay algo agradable en lo que pensar, algún pequeño plan para el fin de semana, quedar con amigas para tomar unas cervezas y desahogarnos y reírnos, disfrutar con los hijos, abrir una botella de vino, planificar un viajecillo, dejar el coche limpio, salir a comprar ropa, libros…

Y preocuparnos porque no queremos que se estropee nada de lo que tenemos, incluso lo malo, porque algo malo siempre va a haber, pero ya lo conozco y me sé manejar. Y ni pienso en la fragilidad de mi vida. Y, si lo pienso, me agobio ligeramente porque es posible que nos acabe afectando el cambio climático, o la dinámica internacional desemboque en guerras que nos toquen más de cerca, o se propague otro virus, o quizá algo más personal que tenga que ver con mi pareja o mi trabajo o la ausencia de ambos. Pero tampoco vamos a hacer nada no vaya a ser peor el remedio que la enfermedad. No vayamos a perder la prosperidad de los años 20.

He conocido a muchas personas que, cuando las cosas se han torcido, cuando han entrado en un período de sufrimiento intenso, cuando les ha sucedido una desgracia o se han deprimido, han sabido afrontar la situación e, impulsados por la motivación de eliminar su malestar, han cambiado cosas, han aceptado sentimientos, han analizado su vida, han implementado cambios, han modificado su forma de relacionarse, y han conseguido encontrarse mucho mejor.

Pero cuando las cosas van bien (o lo que nosotros llamemos ir bien) y nuestra rutina parece que funciona, nos cuesta tanto hacer cambios, introducir novedades significativas, en definitiva, arriesgarnos para renovarnos, actualizar nuestra situación, evitar inercias demasiado mecánicas. No sea que lo estropeemos.

Y, de repente, después de una década de años locos y prosperidad, nos cae encima el crack del 29 y nunca lo  hemos visto venir. Pero mientras llega esto, nos vamos a la cama tranquilos y reconfortados porque la verdad es que estos economistas, verdaderamente, nunca se enteran de nada.