El 17 de junio de 1972, cinco hombres fueron detenidos por allanamiento en la Sede del Comité Nacional del Partido Demócrata en Washington D.C. Poco después de la medianoche, un guardia de seguridad del complejo de edificios Watergate, donde se encontraba dicha sede, detectó cintas adhesivas pegadas en las cerraduras de algunas de las puertas que daban acceso del garaje a las oficinas. Las retiró sin darle mayor importancia al suceso, pero al descubrir en la siguiente ronda de vigilancia que habían vuelto a ser colocadas, decidió llamar a la policía. Fueron acusados de intento de robo, interceptaciones telefónicas ilegales y conspiración.

Tomando el nombre del complejo de edificios donde se encontraba dicha sede, todo lo referente a este suceso pasó enseguida a conocerse como el Caso o Escándalo Watergate. Y sus implicaciones, a medida que avanzaba la investigación fueron ramificándose, primero con la resistencia del Gobierno a la investigación abierta por el Congreso, luego con la sucesiva implicación de personas pertenecientes no sólo al Partido Republicano, sino al propio Gobierno (casi 50 personas fueron condenadas de distinta gravedad en relación a este asunto) y, finalmente, salpicando al propio presidente Richard Nixon (republicano), que trató de encubrir el robo y estuvo implicado directamente en la conspiración para obtener información ilegalmente sobre el Partido Demócrata.

Puesto que iba a ser sometido a un proceso de ‘impeachment’ o destitución por el Congreso, Nixon decidió dimitir el 9 de agosto de 1974, (aunque tan sólo un mes después, su sucesor en el cargo, Gerald Ford le otorgó el perdón).

Y nada de esto empezó con una investigación oficial del F.B.I., ni por una Comisión del Congreso de los Estados Unidos, ni por iniciativa del Fiscal del Distrito, sino porque un guardia de seguridad se fijó en unas cintas puestas en cerraduras.

Las cosas importantes, también en nuestras vidas, suceden no solamente por la planificación, propuestas de objetivos o decisiones trascendentales y razonadas, sino, frecuentemente, por pequeños detalles, gestos, intuiciones o caprichos, que han determinado, en un momento dado, una elección importante. A veces, incluso, el pequeño detalle termina por influir en nuestra decisión más que la planificación racional y razonada.

Una paciente se pasó un verano explicándome por qué había decidido matricularse en la escuela de idiomas cuando empezase el curso. Y los argumentos eran tan convincentes, su interés tan genuino y su motivación tan firme, que yo me limité a apoyar en cada sesión su decisión sin tomarme la molestia de que se la cuestionara ni mínimamente, puesto que no encontraba motivos para ello. La primera vez que la vi tras el plazo de matriculación, me comentó, casi displicentemente, como sin darle importancia, que había pasado de los idiomas y se había apuntado a un curso de fotografía.

Mi padre tenía claro que quería ser ingeniero (decisión razonada), pero si eligió la especialidad de navales, fue exclusivamente porque le gustó el hall del edificio de esa Escuela Técnica. Y yo mismo debo reconocer, porque es un asunto que me ha producido bastante vergüenza precisamente por la imposibilidad de justificarme racionalmente, que hace años me presenté a un proceso de selección para cambiar de trabajo a un puesto de mi profesión, con mejores condiciones económicas, horario semejante y mucho más cerca de mi casa y tras pasar dos entrevistas, llamé para decir que no contasen conmigo, cuando me dijeron que había sido yo la persona seleccionada. No sé por qué lo hice, pero debí ver alguna cinta en la cerradura.

Cuando empezó 1972, Nixon había sido reelegido y nadie pretendía abrirle ningún tipo de investigación. Nadie había planificado indagar en los entresijos de su gobierno ni se sospechaba nada ilegal. Las fuerzas de seguridad del estado no habían trazado ningún plan para descubrir sus actividades ilegales. Pero un guardia de seguridad sospechó de las cintas adhesivas (por cierto, la vida no siempre nos da otra oportunidad en forma de segunda ronda de vigilancia) y su descubrimiento terminó por desembocar en la renuncia del presidente del país.

No pretendo decir que esas decisiones inesperadas o basadas en pequeños detalles sean mejores (ni peores), solamente que están ahí, que aparecen y pueden ser importantes. Sólo digo que hay que estar atentos.