El 11 de abril de 1970 el Apollo XIII despegó desde el centro espacial John F. Kennedy, en Florida con la misión de alunizar, en la que hubiera sido la tercera vez (tras las misiones Apollo XI y Apollo XII) en que el ser humano hubiera puesto un pie en la luna. La tripulación estaba compuesta por tres personas como era habitual, el comandante de la misión, el piloto del módulo del mando (la nave en sí) y el piloto del módulo lunar.

Sin embargo, al realizar un encendido rutinario del sistema de removido de oxígeno líquido, se produjo la explosión de un cable que cortocircuitó provocando una explosión y la salida de todo ese oxígeno al exterior. El piloto del módulo de mando, alertado por el sonido de la explosión, conectó con el centro de control en tierra pronunciando la famosa frase: “Houston, hemos tenido un problema aquí” (que el cine popularizó como “Houston, tenemos un problema”). El accidente implicaba que ya no iban a disponer del oxígeno suficiente para completar la misión, pero eso no sólo era afectaba a la necesidad de respirar sino que impedía generar la energía eléctrica que permitiría retornar a la tierra. En estas condiciones, el objetivo de alunizar fue abortado y todos los esfuerzos tanto desde la nave como desde el centro de operaciones en Houston se centraron en tratar de traer con vida a los tres tripulantes de la misión.

Se fueron produciendo una sucesión de dificultades a medida que se resolvían otros problemas, pero muy resumidamente, tuvieron que apagar los sistemas del módulo de mando para concentrar toda la energía de la que pudieran disponer y trasladarse al módulo lunar usándolo como nave auxiliar para completar el regreso, algo para lo que ese módulo no estaba diseñado. Esto suponía adaptarse, modificar, plantear soluciones creativas, manejar las emociones, generar confianza, dialogar con Houston, escuchar, conocer todos los recursos de los que disponían, ser conscientes de las limitaciones y asumir riesgos. El módulo lunar tuvo incluso que “dar el rodeo” de circunvalar la luna como camino más adecuado para completar exitosamente el regreso.

Hace unos días en la sesión de alta de una paciente, me agradecía todo lo que había hecho por ella y me decía que ella sola nunca hubiera podido realizar el proceso interno que había completado. Este tipo de verbalizaciones siempre me hace reflexionar sobre el papel real que jugamos los terapeutas en la relación de ayuda, qué porcentaje tenemos de peso en los cambios de las personas, qué aspectos de la relación terapéutica son más relevantes, etc. Cuando se produce un proceso personal significativo en un paciente, tanto puedo verme arrastrado por la vanidad y concluir que mi intervención ha sido lo más relevante en su vida, como verme encogido por la inseguridad y asumir la insignificancia de mi papel frente al resto de componentes tanto externos como internos de la persona. Ante semejante confusión, puede servir como elemento de reflexión usar como metáfora de la relación terapéutica la misión Apollo XIII.

Los pacientes serían la tripulación de la nave, donde de verdad está en juego el proceso, donde se toman, en última instancia, todas las decisiones y se sufren todas las consecuencias. El terapeuta es Houston, y el paciente contacta con nosotros porque ha tenido un problema allí.

Es probable que quisiera ir a tocar la luna y esté angustiada o deprimido porque comprueba que eso no va a ser posible. Quizá había demasiada exigencia personal al ponerse ese objetivo, o las cosas empezaron a torcerse y se ha estropeado todo, o el entorno personal presionó demasiado forzando unas metas inasumibles y, frecuentemente, hay que renunciar a los rígidos objetivos de las misiones del Proyecto Apollo, para centrar los esfuerzos en regresar a la tierra habiendo aprendido sobre uno mismo y manejando mejor aspectos significativos de nuestra vida. Houston escucha empáticamente, con respeto y aceptación todo lo que la tripulación del Apollo cuenta, describe, expresa… No sólo tiene en cuenta el contenido de las verbalizaciones sino el tono de voz con que se dicen, las inflexiones, la comunicación no verbal. Conoce algunos datos de la nave y va armando su propia visión del problema sin perder de vista que lo único que importa es la tripulación del módulo lunar.

Pero no puede intervenir directamente. No puede apretar ninguna tuerca de la nave ni hacerse con los mandos, ni manejar el timón. Sólo puede escuchar… y decir algo. Probablemente hay cosas que ve con más claridad que la tripulación, no tiene la misma carga emocional y puede mantener la calma. Sin duda Houston hará sugerencias, devolverá reflejando información recibida, generará confianza, hará preguntas y deberían ser las preguntas que nadie más había hecho y se implicará en el éxito de la misión.

Pero es la tripulación, allá arriba, con su objetivo principal defenestrado, los circuitos dañados por la ansiedad y la depresión, las explosiones emocionales que hacen saltar todas las alarmas, la que tiene que adaptarse a los cambios, modificar funcionamientos, implementar soluciones creativas, manejar las emociones, dialogar con Houston, escuchar, conocer todos los recursos de los que disponga, ser consciente de las limitaciones y asumir riesgos.

Y el resultado del proceso siempre es incierto. Nunca es fácil circunvalar la luna para regresar a la tierra, amerizando en el Océano Índico. El mérito siempre es de la tripulación. Y Houston quizá puede acompañar de la forma más empática posible esa trayectoria. Como dijo Gene Kranz, director de vuelo en Houston durante la misión Apollo XIII, “Dadme frío y oscuridad. Quiero las mismas condiciones que tienen allí arriba”.