Iniciamos una serie de artículos dedicados al cine y la psicología, que se irán publicando mensualmente a lo largo del 2021. No pretenden desarrollar un estudio sistemático en ningún sentido, sino simplemente comentar ciertas películas o reflexionar sobre algún director desde una perspectiva psicológica o reflexionar sobre algún tema humano desde la visión que nos proporciona el cine.

El cine y la psicología han tenido un nacimiento próximo en el tiempo. El del primero se podría concretar en el año 1895 con la primera proyección pública de varios cortometrajes de los hermanos Lumiere. A la segunda no sería posible otorgarle una fecha exacta, pero las últimas décadas del s. XIX es un período importante en su proceso de independencia de otras disciplinas de las que emanó, como fueron la filosofía o la psiquiatría, hasta convertirse en un cuerpo de conocimiento autónomo. 

Ambas se han desarrollado, por lo tanto, como arte y ciencia, respectivamente, a lo largo del s. XX. Incluso, para mayor mixtura podría decirse que la psicoterapia tiene algo de arte y que algunas películas se intentan hacer desde estándares casi científicos para que obtengan determinados resultados en taquilla. Para ello, se han nutrido de distintos planteamientos teóricos y prácticos (no en pocas ocasiones enfrentados entre sí) que con mayor o peor acierto han contribuido a la formación de ambas hasta su desarrollo actual. Salvando las distancias, podría decirse que el Psicoanálisis, el Conductismo, el Enfoque Cognitivo, el Humanista, la Psicoterapia Existencial, la Terapia Racional-Emotiva, el Constructivismo, la Gestalt, la PNL, etc, serían a la psicología, lo que el expresionismo alemán, el realismo poético francés, la política de los estudios hollywoodiense, el neorrealismo italiano, la escuela documentalista británica, la nouvelle vague, el cinéma-verité, el free cinema, el cine independiente de Nueva York o el movimiento Dogma, al cine.

Con el tiempo, algunas corrientes psicológicas han tendido al eclecticismo, recogiendo elementos eficaces de distintos enfoques teóricos para originar nuevas formas de explicar el funcionamiento humano y sus psicopatologías. Del mismo modo, el cine ha ido integrando las influencias de los distintos movimientos y creando nuevas perspectivas formales a partir del clasicismo.

En ese recorrido paralelo era inevitable que se establecieran interacciones entre ambas a través de una utilización mutua para la consecución de los fines que les son propios a cada una de ellas. No es de extrañar que el cine haya usado a la psicología para nutrir sus tramas y a los psicólogos (y más frecuentemente a psiquiatras psicoterapeutas) como personajes envueltos en historias dramáticas (“El indomable Will Hunting”, “Las tres caras de Eva” o “Gente corriente” entre muchas otras), cómicas (“Una terapia peligrosa” o “¿Qué pasa con Bob?”), con intención histórica (“Un método peligroso” o “Freud, pasión secreta”), thrillers (“El silencio de los corderos”), de suspense (“Recuerda”, “Shutter Island”) e incluso películas de terror como “El sexto sentido”, con la intención fundamental de entretener y crear estados emocionales en el espectador, aunque ello suponga, en ocasiones, dar una imagen algo desenfocada o poco realista de dichos profesionales.

Pero más allá de los paralelismos formales que se puedan establecer entre cine y psicología y de los desencuentros que se produzcan entre ambos, parecen condenados a entenderse o, al menos, a estrechar sus relaciones, dado que sus propios objetos y contenidos no se hallan tan distantes. ¿O no es función fundamental del psicoterapeuta acompañar a la persona en su proceso emocional, igual que las películas acompañan nuestras vidas, influyendo en nuestros sentimientos, permitiéndonos que fluyan nuestros miedos, tristezas, esperanzas o alegrías?

Pablo Sierra

Terapeuta y tutor