Kubrick y la dialéctica entre civilización y barbarie

Junto a la reflexión relativa al libre albedrío, Kubrick parece querer hablar en sus películas de los años sesenta de la historia del ser humano, de su evolución como animal social y de sus expectativas de futuro, no siempre demasiado optimistas.

Aparentemente “Lolita” (1962), “Dr. Strangelove, teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú? (1964), “2001, una odisea en el espacio” (1968) y “La naranja mecánica” (1972) tienen pocos puntos en común (más allá de ser adaptaciones literarias), por su variedad temática y estilística. Sin embargo, todas ellas muestran, desde diferentes perspectivas, son reflexiones sobre el devenir del ser humano, su evolución del primitivismo gobernado por los impulsos hacia el autocontrol impuesto por la civilización y la cultura, y la lucha entre la ética y la barbarie.

En “Lolita”, el protagonista Humbert (James Mason), profesor de poesía francesa, es decir, la quintaesencia del hombre civilizado, de elevada cultura, se deja llevar por sus instintos en forma de atracción hacia una adolescente (en la novela de Nabokov sólo tiene doce años), arruinando así su vida. Al final, es detenido por la policía. El instinto sexual aparece haciendo tambalear los cimientos de la vida civilizada que el ser humano ha ido moldeando a través de siglos. La ley, una especie de protección “por la fuerza” de nuestra sociedad, es finalmente la única capaz de poner límites a los instintos primitivos.

Pero, ¿qué sucederá cuando sean los que hacen las leyes los menos civilizados?

En “Dr. Strangelove”, las dos primeras potencias mundiales en los años 60 se enzarzan en un conflicto diplomático por culpa de un general trastornado, que desencadena un conflicto nuclear. Utilizando el contexto de la Guerra Fría y la rivalidad entre Estados Unidos y la Unión Soviética, máximos representantes del capitalismo y el comunismo, respectivamente, en los años sesenta, es decir, la avanzadilla del mundo civilizado, se volvía a poner de manifiesto la dificultad de controlar nuestros instintos, en este caso, de índole agresiva. Los políticos y militares se comportaban como niños, sólo se preocupaban de cómo machacar al enemigo o incluso perdían el control de alguna parte de su cuerpo. Nos referimos, en este último caso, al personaje que da nombre al título de la película, una especie de científico neonazi que, por cierto,  propone volver a las cavernas durante un período de cien años tras el Apocalipsis nuclear, donde cada hombre dispondrá de diez mujeres para asegurar la reproducción de la especie. (Vuelta al primitivismo). Pues bien, este personaje, postrado en silla de ruedas pierde el control de una de sus manos (empeñada en saludar como los nazis), otra señal de la incapacidad de las personas por controlar conscientemente nuestros actos en beneficio de lo instintivo. (Por cierto, que el “síndrome de la mano extraña” como se conoce clínicamente la incapacidad para controlar una de las manos, que actúa al margen de los deseos del sujeto, se conoce también como “síndrome de Strangelove”).

Así llegamos a “2001, una odisea del espacio”, el film donde trata de manera más explícita su preocupación por el desarrollo del ser humano, aunque se ha convertido en una de sus obras más oscuras y difíciles de interpretar. Siguiendo el comentario del Dr. Strangelove, Kubrick nos traslada directamente a la época de las cavernas, al origen de nuestra sociedad, cuando el hombre ni siquiera era hombre todavía (extraño comienzo para una cinta de ciencia-ficción futurista). La presencia de un extraño monolito ortoédrico provoca un salto de inteligencia que permite a los primates manejar mejor los utensilios y acabar con la tribu rival (¿paralelismo con los EEUU y la URSS?). Tras una elipsis de 4 millones de años, en 1999 se encuentra otro monolito idéntico en la luna, que transmite una señal sonora. Esto provoca que se organice una misión a las lunas de Júpiter, origen de dicha señal. El ordenador que controla la nave se rebela y finalmente tiene que ser desconectado. Parece que Kubrick relacionase evolución con inteligencia (siempre que ésta sea humana porque también parece prevenirnos de los peligros de la inteligencia artificial).

Hemos pasado de los homínidos a dar clases de poesía francesa, ¿un desarrollo evidente? Preguntemos a Alex de Large.

En “La naranja mecánica”, Alex aparece liderando a los drugos, una pandilla de gamberros (¿tribu primitiva de primates?) dando rienda suelta a sus impulsos agresivos y sexuales. El tratamiento conductista a que es sometido, tras su detención, equivale a un esfuerzo por civilizarlo, por adecuar sus respuestas condicionadas a las necesidades de la vida en sociedad. El Tratamiento Ludovico funciona como un nuevo monolito. Alex logra cambiar, pero parece que la modificación de conducta tiene un límite y, al final, vuelven a aparecer los instintos primitivos en sus fantasías orgiásticas. Además, durante su período de calma, sus víctimas se vengan de él, demostrando no actuar de un modo mucho más civilizado de lo que él había hecho.

Vista en el contexto de su filmografía, tal vez, la reflexión de Kubrick no pretende únicamente criticar al Conductismo, como habitualmente sea considerado,, y mucho menos como técnica terapéutica, sino sobre todo preguntarse por las dificultades del ser humano para evolucionar, socializarse, civilizarse, desarrollar una ética y una capacidad de autocontrol de sus pasiones que le permita establecer relaciones positivas con su entorno, sin necesidad de que la ley o cualquier Tratamiento Ludovico, impositivamente, traten de mantenerlo controlado por la fuerza.

Pablo Sierra

Psicólogo Humanista