Entre las muchas cosas que caracterizan a los terapeutas humanistas, hay una desde mi punto de vista algo fundamental: los terapeutas humanistas somos profundamente optimistas. Optimistas en lo que tiene que ver con la naturaleza humana. Personalmente me he visto envuelta en varias conversaciones con colegas profesionales del mundo de la salud mental en las que discutíamos sobre la naturaleza del ser humano (reflexionar sobre ello es algo inevitable cuando ejerces una profesión en la que los pensamientos, emociones y conductas de las personas que acompañas son el centro y el foco de tu trabajo); y en varias de esas conversaciones se llegaba a un punto muerto en lo que argumentación se refiere; porque hay algo que se asemeja a un salto de fe, que no se puede argumentar. Y tras esas conversaciones me quedaba yo con la sensación de ser mirada con condescendencia, como si vieran en mí una infeliz mercenaria de Mr. Wonderful, militante en sus ejércitos a sueldo para poder soportar así el sentimiento trágico de la vida y la insoportable levedad del ser.

Los que nos consideramos humanistas creemos en la naturaleza esencialmente buena del ser humano en la capa más profunda de su ser, haya hecho lo que haya hecho a lo largo de su vida (y lo que por supuesto no negamos los terapeutas humanistas es que hay muchas personas que con su conducta generan mucho sufrimiento, seríamos ciegos si negáramos esto). Pero es que ese optimismo humanista tiene que ver, desde mi punto de vista, con la potencialidad del ser humano. No se trata tanto de que “todo el mundo es bueno”, sino de que toda persona viene al mundo con buena materia prima, y encierra por tanto la posibilidad de convertirse en una buena versión de sí mismo. Como decía el maestro Rogers: “cuando miro al mundo, soy pesimista, pero cuando miro a la gente soy»

Esa noción de potencialidad se me hace casi fundacional en el enfoque humanista. Parte de la influencia filosófica de la que bebe el humanismo es el existencialismo. Desde mis limitados conocimientos filosóficos (no olvidemos que yo soy esencialmente una humilde clínica), con algunas de mis lecturas he creído entender que un concepto clave en el existencialismo es la noción de libertad y por tanto de responsabilidad humana; pero mientras los existencialistas europeos tenían una visión en cierto modo angustiosa de la vida desde aquel “estamos condenados a ser libres” de Sartre sazonado con la ansiedad de la incertidumbre, la escuela existencialista estadounidense es un lugar bastante más alegre en el que pasar unas vacaciones: ellos no ven al ser humano como alguien esencialmente limitado, sino que ponen el acento en  la potencialidad que aporta esa libertad; y mientras los existencialistas europeos se devanan los sesos pensando en cuál será el sentido de la vida, los humanistas estadounidenses subrayan como algo de crucial importancia invertir la existencia en alcanzar la autorrealización. Si se me permite una comparación atrevida, los existencialistas europeos serían el cantautor atormentado mientras los humanistas estadounidenses serían un animado grupo de folk.

Así, la autorrealización, prima hermana del crecimiento personal, es un concepto básico dentro del enfoque y la psicoterapia humanistas. Uno de los exponentes más conocidos por su estudio de la autorrealización humana es Abraham Maslow. Bastante difundida ha sido su pirámide de las necesidades humanas. En la cumbre de esa “montaña” de necesidades jerarquizadas que compartimos todos los seres humanos está la autorrealización. Y de algún modo alcanzar la autorrealización es ingrediente básico para alcanzar la madurez como ser humano. 

Creo que echar un vistazo a esta pirámide de vez en cuando puede ser un buen mapa de campo para poder situar por qué no estamos en el lugar en el qué queremos estar, qué nos falta que nos impide sentir que hacemos realidad todo eso que anhelamos sentir que somos como seres humanos, que va básicamente de trascender las necesidades básicas (que son, por cierto, a las que apunta machaconamente nuestro actual sistema económico; porque esos instintos que se enfocan, para nuestra supervivencia física, en las necesidades más básicas, son muy muy poderosos. Y bien está que así sea: el problema es cuando no hay nadie que nos enseñe a trascenderlos).

Otro concepto muy ligado con todo ello es el de autoactualización, otra familiar cercana del crecimiento personal. En este punto sería imperdonable no nombrar a Carl Rogers, con el concepto de tendencia actualizante como pilar básico de su forma de contemplar al ser humano como lleno de potencialidad. La tendencia actualizan es esa fuerza que impulsa de forma natural e inexorable a cada persona a desarrollar todo su potencial como ser humano. Así, según la visión rogeriana, el papel de los que acompañan el crecimiento (ya sean padres o madres, profesores, terapeutas o cualquier otra relación de ayuda) sería poner en el ambiente las condiciones básicas necesarias (a saber, empatía, congruencia y aceptación incondicional) para que el organismo del ser humano pueda desarrollarse según su inherente potencialidad.

Hay muchos más autores humanistas que han abundado sobre este concepto de crecimiento y autorrealización. Desde el Instituto de Interacción no podemos tampoco dejar de nombrar a Fritz Perls, iniciador del enfoque gestáltico. Para Perls alcanzar la madurez está íntimamente ligado con ser capaz de tomar consciencia (awareness) de las autointerrupciones que realizamos del ciclo de satisfacción de las necesidades que tenemos como seres humanos y también de la consciencia y aceptación de la capa de nuestro ser que está más atrapada en nuestro inconsciente. Porque no estaremos completos hasta que no reintegremos a nuestro ser más consciente esas partes de nuestra personalidad.

Faltan muchísimos autores en este humilde recorrido por el concepto de crecimiento personal. Pero espero que esta pequeña vista de pájaro nos haya dejado claro que el optimismo humanista y el crecimiento personal son algo muchísimo más profundo y menos naif que el ideario de Mr Wonderful. Es un canto desde la fe en lo mejor del ser humano… a ritmo de folk.

Virginia Núñez

Psiquiatra y psicoterapeuta