Trabajo en una Residencia para personas con Trastorno Mental Grave y Duradero, lo que en la práctica se traduce en personas con diagnóstico de Esquizofrenia en diferentes subtipos, Trastornos Bipolares y Trastornos Límites de la Personalidad. Se trata de un dispositivo alejado de lo que se podía entender por un “Psiquiátrico” ya que no hay personal sanitario (sólo educadores sociales, terapeuta ocupacional y psicólogo) y hablamos de un centro abierto en el doble sentido de que los residentes entran y salen con libertad para realizar las actividades de su día a día, por un lado, y por otro, pueden solicitar el alta voluntaria e irse definitivamente si así lo desean. Esto supone que tienen que funcionar con un grado importante de autonomía.

De hecho, los objetivos principales que se desarrollan son los que tienen que ver con potenciar la autonomía, el funcionamiento social y la integración comunitaria. Por tanto, con regularidad se van produciendo altas de residentes que vuelven a vivir en la Comunidad. Es frecuente que si no tienen un domicilio propio ni una familia con la que puedan volver a convivir, tengan que buscar una alternativa residencial en forma de habitaciones de alquiler (la mayoría subsiste con los ingresos procedentes de pensiones no contributivas).

Y llegado a este punto, resulta igualmente habitual que se encuentren con un problema añadido a las limitaciones económicas, las dificultades que cada cual pueda tener por la propia enfermedad en forma de síntomas y las que compartirían con cualquier persona que esté en la misma situación.

Se trata del estigma social al que deben enfrentarse cuando los posibles arrendatarios sospechan o descubren que se trata de personas con un diagnóstico de Trastorno Mental Grave. A veces sucede porque al pedir una nómina, se encuentran con que la persona no cobra un sueldo procedente de un trabajo remunerado sino de una pensión, lo que tratándose de personas jóvenes les resulta sospechoso. Otras veces porque detectan algo en el comportamiento de la persona que les resulta extraño (cierto enlentecimiento, alguna dificultad en la comunicación…). Si sucede algo de esto, y aunque ya se hubieran comprometido previamente aunque sea de manera verbal con alquilar el piso o habitación, misteriosamente cambian de opinión o aparece una dificultad inesperada que impide cerrar ningún trato.

Sin duda esto se debe a las ideas preconcebidas en forma de mitos sobre las personas que tiene una enfermedad mental grave, como que pueden ser peligrosas o agresivas o generadoras de problemas o tener conductas destructivas o ser inconstantes en el pago o hacer cosas inesperadas. Es decir, sólo se piensa en los elementos supuestamente negativos (incluso a pesar de que la evidencia demuestra la falsedad de estas suposiciones al menos como conductas con mayor probabilidad de suceder que en el resto de la población).

Por eso es tan necesario recuperar los valores de la Psicología Humanista en su visión no ya de las personas con un trastorno mental sino del ser humano en general.

Para la Psicología Humanista la enfermedad mental no es tanto la ausencia de síntomas, trastornos, síndromes y enfermedades, como la construcción de un proceso de realización personal en el que la persona se sitúa en el centro. Por tanto el diagnóstico es relativamente importante puesto que se trata de una etiqueta, que puede describir determinada enfermedad, pero nunca ser un reflejo de la persona individual que padece dicha enfermedad. Ante la persona con enfermedad mental, la Psicología Humanista se posiciona en busca de los elementos positivos.

Cada persona debe asumir la responsabilidad de su proceso, por lo tanto de su enfermedad mental, si la padece, para tratar de convertirse en el individuo que quiera ser. La salud sería un camino para abrirse a la experiencia, explorar sus límites, conocerse mejor desmontando autoengaños y desarrollándose plenamente como ser individual y como elemento social.

Este último componente es fundamental ya que la Psicología Humanista considera al ser humano como ser social y, por lo tanto, será a través de la interacción con otras personas y con el entorno como cada individuo puede desarrollarse sanamente y actualizar sus potencialidades. Por tanto, considera fundamental la participación de las personas con enfermedad mental en su entorno social y comunitario.

El concepto de Proceso que se ha ido mencionando es también muy importante, ya que la salud mental no sería un fin que hay que alcanzar, sino un camino hacia el que tender, una experiencia que se actualiza cada día. No hay una meta que conseguir. Hay un trabajo personal permanente de superación personal. Lo que cuenta es descubrir qué le hace feliz a cada cual y trabajar activamente para serlo.

Por todo ello la Psicología Humanista se posiciona claramente frente a cualquier tipo de idea estigmatizadora que cuestione irracionalmente las capacidades de las personas con un diagnóstico de Trastorno Mental Grave y apuesta por un desarrollo personal y social pleno, asumiendo los apoyos y acompañamientos que sean necesarios en el proceso vital de las mismas.

Pablo Sierra, Psicólogo

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