Leo “El príncipe impostor”, subtitulada “Vida y aventuras de Harry Domela escritas por él mismo en la prisión de Colonia entre enero de junio de 1927”. Como su título revela, se trata de una biografía, pero resulta revelador que está escrita cuando su autor y protagonista apenas contaba 23 años de edad. Murió con 75. Quise informarme de qué había sido de la vida de este hombre después de los acontecimientos que narra y, para mi sorpresa, todo lo que le sucedió después fue tan apasionante como lo que cuenta en el libro.  

Resumidamente, lo que escribió desde la cárcel de Colonia, es la historia de cómo llegó a engañar a parte de la nobleza centroeuropea durante los años 20, fingiendo ser el nieto del káiser Guillermo II. Parece que todo empezó como una confusión por parte del personal del hotel donde se alojaba la ciudad de Erfurt. ¿Cómo era posible que el nieto del káiser se alojara en un hotelucho de una ciudad de provincia? Precisamente, en aquellos años, era habitual encontrar aristócratas venidos a menos vagabundeando, debido a que tras la Primera Guerra Mundial, en 1918, se produjo la desintegración del Imperio Austro-Húngaro y el final de la monarquía germana.

Inicialmente, Harry Domela negaba sutilmente ser el príncipe heredero, pero dejando abierta la puerta a la ambigüedad. Tras un viaje a Berlín donde fue tratado como si realmente lo fuera, volvió a Erfurt donde firmó por primera vez como “Guillermo, príncipe de Prusia”. Ambos tenían la misma edad y cierto parecido físico. El engaño estaba consumado.

Durante años se aprovechó de esta situación, siendo invitado a todo tipo de actos sociales, recibiendo regalos y siendo agasajado como miembro de la familia real, aunque ya no hubiera monarquía ni imperio que gobernar. Cuando la prensa local publicó en un tono crítico que se tuvieran ciertas consideraciones con alguien de la antigua realeza, Domela se dio cuenta de que su situación iba a ser delicada y, justo cuando subía a un tren para pasar a Francia y enrolarse en la legión extranjera, fue detenido por la policía y pasó siete meses en la cárcel de Colonia, donde escribió sus aventuras.

¿Pero quien era este Harry Domela?¿De dónde había salido y que haría tras ser absuelto por un tribunal al considerarse que su suplantación de identidad no tuvo consecuencias graves y fue, más bien, inofensiva? ¿Inofensiva? 

Al informarte sobre la vida de este hombre descubres que mucho de lo que le había pasado antes y después de su farsa con la realeza, guardaba mucha relación con el mismo asunto: la identidad.

Su padre murió al poco de nacer él, fue separado para siempre de su madre y su hermano falleció en la Primera Guerra Mundial antes de que Lamela cumpliera los quince años. Se alistó en un grupo paramilitar que al disolverse lo dejó sin papeles, pasaporte ni permiso de trabajo en Alemania. Se hizo pasar por diferentes miembros de la nobleza (antes de su suplantación más famosa) y tras salir de la cárcel de Colonia, publicó sus memorias, fueron un éxito, se adaptaron al cine y él mismo protagonizó la película que las adaptaba, abrió precisamente un cine en Berlín, se arruinó, fue a Holanda, entró en círculos izquierdistas, hizo amistad con el escritor francés André Gide, huyó de los nazis (era comunista y homosexual), combatió en la guerra civil española (en el bando republicano), fue a Francia donde estuvo encarcelado en un campo de prisioneros durante el gobierno colaboracionista de Vichy, de camino a América del Sur fue encarcelado en Jamaica por indocumentado, en Cuba quedó marcado por las heridas de un accidente automovilístico, en Venezuela trabajó en CocaCola, y en Maracaibo logró un puesto de profesor de historia del arte bajo una falsa identidad. 

¿Inofensiva?¿Para quién?

Todos creemos tener una identidad que nos parece razonablemente sólida. Esto nos permite ir integrando los cambios inevitables que se van produciendo con el paso de los años (los cambios de situaciones vitales, de personas del entorno, los cambios psicológicos, filosóficos e ideológicos, o los cambios físicos provocados por la edad, enfermedades, accidentes…). Si filtramos todo esto y miramos, digamos, veinte años atrás, somos personas bastante diferentes. Y, sin embargo, no dejamos de saber que somos nosotros mismos. 

La identidad nos dota de continuidad. Nos permite saber quiénes somos. O, al menos, saber que somos los mismos de hace veinte años. Pero vivir bajo una identidad falsa, ¿no falsea en alguna medida la identidad? Sí, hay una conciencia y una memoria que le permitirían a Harry Domela saber que seguía siendo él aunque desempeñara diferentes roles. Pero no debe resultar fácil saber quién eres si has perdido a toda tu familia antes de la adolescencia, has sido mercenario, príncipe heredero, teniente de caballería, convicto, escritor, emprendedor, casi legionario, actor, activista político, soldado, indocumentado, preso, obrero, fugitivo y profesor de historia del arte, y, casi todo, bajo identidades diferentes.

¿Inofensivo? 

Sólo intento reflexionar sobre los elementos que componen nuestra identidad. Quizá Harry Domela vivió en un desarraigo tan grande que no pudiera llegar a saber nunca quien era realmente. O quizá exploró los límites de su identidad más que ninguna de las personas que conozco y adquirió un conocimiento más profundo de sí mismo.

Sólo sé que terminó por perder el puesto de profesor debido a que un compañero sospechó que podía tratarse de uno de los muchos nazis que habían huido a países de América del Sur tras la Segunda Guerra Mundial. Justamente, lo que nunca había sido.

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