Empiezo a leer “Sangre vagabunda” del especialista en novelas policiacas, el estadounidense James Ellroy. Probablemente, Ellroy es conocido por ser el autor de “L.A. Confidential”, novela negra adaptada al cine a finales de los noventa por Curtis Hanson que le valió a Kim Basinger ganar el único óscar (como actriz de reparto) de su carrera. Personalmente, me gusta el peculiar estilo narrativo de Ellroy (seco, conciso, de frases breves, con pocos adjetivos) que ha ido reflejando en sus novelas, a través de historias policiacas que transcurren fundamentalmente en Los Ángeles, la historia de los Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial.

Pero en este caso, al ir a iniciar la lectura de “Sangre vagabunda” me sucedió algo que no me había ocurrido nunca hasta ahora. Empiezo a leer el primer párrafo: “De repente: el camión de la leche giró bruscamente a la derecha y rozó el bordillo. El conductor perdió el control del volante. Presa del pánico, pisó los frenos. Las ruedas traseras patinaron. Un furgón blindado de Wells Fargo colisionó…” Y de repente, interrumpo la lectura. No es una decisión racional ni provocada por una reflexión determinada. Es más bien la sensación de que me falta algo. De que si sigo leyendo sin hacer una pequeña comprobación no voy a quedarme tranquilo. Vuelvo páginas hacia atrás porque creo que se me ha pasado un detalle. No he leído la cita inicial.

Son dos frases de A.E. Housman: “El barro reposa, pero la sangre es vagabunda; y el aliento es un bien que no perdura. Levanta muchacho; tiempo habrá de dormir cuando el viaje finalmente concluya”.

Me resultaron versos muy evocadores y comentarlos parece que sólo va a hacer que pierdan parte de la magia, pero no he podido evitar, al leerlos, que se produzca una asociación con lo efímero de la vida y la necesidad de aprovechar bien el tiempo.

De alguna forma todos estaríamos compuestos de barro y sangre; de esa parte de cada uno que reposa, reflexiona, descansa, analiza y disfruta de la tranquilidad y el sosiego; y de esa otra parte que vagabundea, se emociona, sufre, se arriesga y se mueve en busca de algo.

Ambos aspectos cohabitan en nosotros de manera ineludible, pero hay personas que se mueven habitualmente con más calma (a veces miedo) por su barro, reposando las alegrías y adversidades de la vida, manteniendo una especie de línea vital regular y constante, sin sobresaltos, con el mando del televisor siempre a mano; mientras que otras tienden más a dejarse llevar por el fluir de la sangre, son inquietas, generan proyectos, se alegran con sus logros atrevidos y suman fracasos en una rueda en permanente movimiento.

“Tiempo habrá de dormir cuando el viaje finalmente concluya”. Housman parece interpelarnos para que permanezcamos despiertos, por lo tanto, atentos, abiertos a la experiencia, en relación y conexión con otras personas, en movimiento, viviendo, vagabundeando.

Es difícil saber cómo aprovechar la vida. Pasamos mucho tiempo en el barro. Pero tampoco está claro por dónde vagabundear. El aliento no perdura. Se puede empezar por desarrollar una actitud. Una actitud despierta. Tiempo habrá de dormir. Y ya veremos adónde nos llevan nuestros pasos. De momento, los míos me devuelven a “Sangre vagabunda”. “De repente: el camión de la leche giró bruscamente a la derecha…”

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