Leo “True Crime. La fascinación del mal”, libro de Vicente Garrido que relata diferentes casos de crímenes reales que han sido narrados en algún formato literario o audiovisual analizados tanto desde la perspectiva del delincuente, como de la investigación que se realizara, el punto de vista de las víctimas, el juicio y la condena, y englobados bajo diferentes epígrafes en función de la naturaleza de los delitos descritos.

Me llama la atención un caso descrito en la sexta parte del libro dedicada a los impostores. En esta ocasión está extraído de un documental de Bart Layton titulado “El impostor” (The imposter, 2012 Reino Unido), al que no he tenido acceso. La historia, para quien no lo conozca, como era mi caso, merece la pena. Me limitaré a hacer, más que un resumen, una síntesis del caso, pero puede ampliarse la información accediendo a dicho documental o a la revista The New Yorker, números 11 y 18 (2008) artículo de David Grann titulado “The chamaleon: the many lives of Frédéric Bourdin” o su traducción al castellano en Vanity Fair Frédéric-Bourdin-familia-americana 27499.

El hecho es que en 1997 un joven (Frédéric) llegó a un centro de menores en Linares. Dice que es menor de edad, estadounidense y que se ha escapado de su casa, pero se niega a dar ningún dato más de carácter personal. En realidad, se trata de un joven de 23 años, de madre francesa y padre argelino, fichado en diferentes países y que decide inventarse una nueva personalidad. Para ello, se pone en contacto con un centro para menores desaparecidos en Virginia (EEUU) y consigue los datos personales de un chico en paradero desconocido, haciéndoles creer que él es el director del mismo centro de Linares y que ha aparecido un joven allí que podría encajar con alguno de los desaparecidos fichados en el dispositivo de Estados Unidos. Frédéric dice que los datos encajan con la descripción del chico (o sea él mismo) y logra que Carey, la hermana de Nicholas (el menor norteamericano desaparecido), se ponga en contacto con él. Le dice que fue secuestrado por una red de esclavitud sexual y que está muy traumatizado y apenas recuerda nada de su pasado.

Así que Carey viaja a España para asegurar su reconocimiento. Frédéric (el supuesto Nicholas) va a encontrarse con su supuesta hermana sin tener ni un solo dato de su pasado que permita corroborar su historia biográfica, tiene siete años más que el auténtico hermano, en vez de rubio con ojos azules es moreno con rasgos argelinos y en lugar de acento tejano habla inglés con acento marcadamente francés. En un intento desesperado de encubrir una farsa tan insostenible, se presenta ante la llegada de Carey con una bufanda y una sudadera con capucha que oculten sus rasgos. Todo digno de una comedia inverosímil. Cuando Carey lo ve, sin embargo, lo reconoce de inmediato. No tiene duda de que se trata de su hermano.

Este es el momento más impactante de una historia rocambolesca que continuará con el reconocimiento de “su hijo” por parte de la madre, con la que se irá a vivir durante unos meses hasta que se desvele el engaño (a raíz de una investigación del FBI y un detective privado). Merece la pena conocer otros detalles de este caso, pero me interesó particularmente este aspecto del asunto: la capacidad de autoengaño de madre y hermana de Nicholas para aceptar como hijo y hermano respectivamente a un (a todas luces) perfecto desconocido. Me parece la representación más extrema de esa peculiar capacidad de todo ser humano de manipularse a sí mismo.

Ese fascinante mecanismo que nos oculta los defectos más evidentes, nos proporciona motivaciones completamente diferentes a las que realmente nos empujan a actuar, nos vende como perfectamente razonables nuestros comportamientos más autodestructivos, nos impide tomar conciencia de aquello que más nos dolería y, en definitiva, nos oculta tras un velo indetectable nuestras miserias más vergonzosas.

El autoengaño mueve los hilos de cualquiera de los mecanismos de defensa clásicos, es más eficaz que una mentira y tiene efectos más duraderos que los de cualquier droga.

Sin embargo, sus efectos nocivos resultan igual de contundentes. Nuestros autoengaños nos impiden conocernos, nos impulsan a actuar de manera automática sin tomar consciencia de las causas y el alcance de nuestras decisiones y bloquean cualquier acción de cambio al debilitar nuestra capacidad crítica. Saben bien cómo protegerse (cuando una agente del FBI informó a Carey de que su hermano no era quien decía ser, ésta siguió defendiéndole y, posteriormente, manifestó no recordar aquella conversación) y por eso son prácticamente indetectables. Pero podemos intuirlos y, aunque sea casi a ciegas, detectarlos y combatirlos. Nuestros miedos más profundos y nuestros deseos más irreprimibles se pueden convertir en los mejores aliados para identificar al autoengaño porque éste siempre trabaja para aquellos. Por eso, si conocemos a miedos y deseos podemos rastrear las huellas y encontrar indicios de por dónde estamos siendo burlados, de qué manera nos estamos engañando. Este proceso siempre tendrá aspectos dolorosos o desagradables porque implica desprotegernos (supondría que nuestras Careys interiores aceptaran que su hermano Nicholas ha desaparecido para siempre), pero será la única manera de aumentar nuestro autoconocimiento, aceptar nuestras miserias y tomar decisiones plenamente conscientes. En definitiva, comprometernos con aquello que realmente sea cada cual.

Horario de secretaría 2023-24: L, M y J de 16 a 20 h. X de 15 a 19h