Han transcurrido ya cuatro meses de este 2025 y es un buen momento para pararse a analizar qué ha pasado con los buenos propósitos que nos marcamos para este año (o simplemente reflexionar sobre nuestra lista de “tareas pendientes”).
Creo que siempre será positivo considerar aquello en lo que hayamos avanzado, recogerlo con cariño y valorar el esfuerzo realizado incluso en cambios o logros muy pequeños. Pero también es el momento de observar en qué medida ha interferido en nuestro camino un fenómeno habitual que es probable que esté interviniendo cuando notamos que nos estamos atascando en nuestro proceso: la procrastinación.
La procrastinación es uno de los funcionamientos humanos menos estudiados por la Psicología pese a su influencia habitual en el comportamiento de muchas personas, causante en muchas ocasiones del estancamiento en nuestros propósitos y la perpetuación de las tareas en nuestras listas de “pendientes”. Vamos a tratar de explicar brevemente en qué consiste, por qué sucede y qué efectos tiene.
La procrastinación es fundamentalmente el hecho de postergar tareas que nos hemos propuesto realizar incluso a sabiendas de que ese retraso pueda tener efectos negativos del tipo que sean. Este último elemento es muy interesante ya que convierte el acto de procrastinar en un auténtico autosabotage, en un daño consciente contra nuestros propios intereses, por lo que hay que descartar la pura pereza o vaguería como elemento causante y empezar a considerar otros elementos de mayor calado.
Hay tres factores que juegan un papel decisivo en el hecho de procrastinar: el miedo al fracaso (vinculado con la dificultad de la tarea, pero más frecuentemente con la baja autoestima y falta de confianza en nuestras capacidades. Incluso en situaciones que sabemos que podemos resolver satisfactoriamente, pueden invadirnos pensamientos del tipo de “las cosas se pueden complicar”, “va a pasar algo con lo que no había contado”, “me va a llevar demasiado tiempo para empezar ahora”, etc, más vinculados a nuestra propia inseguridad que a consideraciones racionales); el perfeccionismo (causante a veces del miedo al fracaso y que puede llevarnos a no iniciar acciones que no podemos asegurar que vayan a resolverse según estándares de perfección excesivos) y la falta de motivación (es interesante observar como incluso las personas más procrastinadoras resultan ejemplarmente eficaces cuando afrontan retos relacionados con asuntos que les interesan genuinamente).
Es fundamental conocer los motivos de nuestra procrastinación, tomar consciencia de qué en concreto a mí me lleva a postergar enfrentarme a esta situación concreta y no conformarme con explicaciones mil veces repetidas o generalidades.
En cuanto a los efectos de procrastinar, me parece interesante señalar que a los evidentes relativos a las consecuencias prácticas negativas que pueda tener no afrontar una situación a tiempo (incumplimiento de plazos, molestias y daños generados por la situación no resuelta, etc) se unen los efectos psicológicos sobre la propia persona, que tendemos a no considerar o minimizar. Entre ellos estarían la ansiedad (que se va acumulando a veces sin ser plenamente conscientes porque crece muy lentamente a medida que se acumulan las tareas pendientes) y la culpabilidad (somos plenamente conscientes de que no estamos haciendo algo que perfectamente podíamos afrontar).
Pero me parecen particularmente fascinantes dos consecuencias que tratamos de ocultarnos y me parecen especialmente dañinas. Una es la afectación a nuestra autoestima. Para evitar sentirnos mal, frustrarnos o decepcionarnos, decidimos evitar situaciones difíciles o problemáticas y obtenemos un alivio inmediato que, sin embargo, se va transformando lentamente, a medida que seguimos decidiendo evitar, en frustración y baja autoestima (sean cuales sean las excusas que nos ponemos para justificar nuestra actitud pasiva, lo que vamos aprendiendo, a la larga, es que no hemos sido capaces de enfrentarnos a lo que sea, por lo que tendemos a sentirnos peor con nosotros mismos y, sobre todo, perder autoestima por el camino). La otra consecuencia es que a medida que dejamos de hacer una tarea y va pasando el tiempo, vamos entrando en un círculo vicioso en el que cada vez es más sencillo (y menos culpable) seguir sin afrontar el problema. En cierta ocasión se me fundió la bombilla de una sala de estar que también tenía una pequeña lámpara de pie que daba más bien poca luz. Aunque tenía unas cuantas bombillas de reserva en casa, ésta tenía un casquillo más grande de lo habitual y necesitaba ir expresamente a hacerme con una bombilla con ese tamaño. Cuando sucedió (sería un mes de noviembre porque anochecía a las seis de la tarde) pensé lo incómodo que era funcionar solamente con la débil luz de la lámpara de pie y me propuse comprar la bombilla al día siguiente. Como no pude, decidí comprarla el fin de semana inmediato cuando tuviera más tiempo. No lo hice. Dos semanas después me sentía bastante culpable por ser tan estúpido de no haber ido aún a hacerme con una bombilla para ese casquillo. Un mes y medio después me sentía menos culpable y me parecía que la luz de la lámpara de pie no estaba tan mal en el fondo. Cuando llegó el cambio de hora y anochecía ya mucho más tarde empezó a parecerme innecesario conseguir una luz nueva y en mayo ni siquiera estaba ya en mi lista de cosas pendientes.
El hecho de ser conscientes de nuestra capacidad de procrastinar, identificar nuestras excusas interiores y objetivar la importancia de sus consecuencias es un paso imprescindible para enfrentarnos a este funcionamiento tan poco beneficioso. Es un ejercicio que muchas veces es suficiente para romper el círculo vicioso de la postergación. Aún así, hay que reconocer que a veces las variables motivacionales juegan un papel importante. Cuando llegó el invierno siguiente, hice mi propio análisis de mi funcionamiento y decidí salir de mi círculo. Pero, en realidad, sólo fui a comprar la bombilla cuando se fundió también la que había puesta en la lámpara de pie.