Por Pablo Sierra

El científico escocés Alexander Fleming en 1928 se encontraba realizando varios de sus habituales experimentos, en este caso con bacterias. Accidentalmente, descubrió como un hongo inesperado, inicialmente identificado como una mancha de moho, había aparecido en uno de sus cultivos bacterianos. Curiosamente, la zona donde se había desarrollado el hongo y a su alrededor, era más clara, como si la presencia del moho inhibiera el crecimiento de las bacterias. Parecía que aquel hongo secretaba algún tipo de sustancia que mataba a las bacterias que se encontraba estudiando en aquella placa.

Por ello, el descubrimiento de la penicilina ha sido considerado uno de los grandes acontecimientos de la historia de la Ciencia (probablemente de la Historia, en general) que sucedieron de manera azarosa y fortuita.

Azarosa y fortuita. Parece que la suerte había jugado un papel fundamental, decisivo, en uno de los descubrimientos más importantes realizado por el ser humano. No había sido la primera ni sería la última vez en que lo fortuito influía, para bien o para mal, en un descubrimiento, una batalla, una decisión política o la creación de una obra de arte.  ¿Hasta qué punto influye la suerte también en los pequeños acontecimientos de nuestras vidas?¿En qué medida determina el azar el resultado final de nuestras decisiones?¿Qué porcentaje de influencia tiene lo fortuito y qué porcentaje nuestra propia capacidad en la eficacia con que ejecutamos acciones, realizamos actividades o resolvemos problemas?

Es un debate que siempre me ha parecido fascinante por la propia naturaleza del tema y por la dificultad de encontrar un consenso: cada cual lo vemos en base a nuestra experiencia personal y le otorgamos un peso mayor o menor sin base científica alguna. Por lo tanto, es fácil opinar sobre esto y difícil llegar a conclusiones fiables.

En mi caso, siempre me he considerado una persona afortunada. Sería estúpido entonces no creer en la suerte ni otorgarle una importancia decisiva en nuestras vidas. Sin embargo, probablemente, la suerte, en estado puro (o la mala suerte, según el caso) aparece en contadas ocasiones a lo largo de décadas de vida y ciertamente nos puede arreglar o destruir de manera contundente e inevitable.

Pero, probablemente, en el continuo de nuestras decisiones, acciones y resoluciones que generamos en el día a día, la suerte, si bien creo que tiene una presencia permanente, no existe como tal, sino que es la suma de distintos elementos. Sería interesante debatir cuales y cuantas son esas unidades que componen lo que habitualmente llamamos tener buena o mala suerte, pero me limitaré a mencionar las cuatro que, en mi experiencia, más importancia tienen.

La suerte se descompondría en cuatro elementos:

1.- Intención: si no me presento al examen difícilmente voy a tener la suerte de aprobarlo. Nunca he sido (pese a mi creencia en ser afortunado) un simpatizante de los juegos de puro azar, tipo loterías, en que compras un número y te puede tocar en un sorteo, pero una de mis frustraciones es no haber ganado un sueldo para toda la vida de Nescafé. No es una cuestión de que sea difícil que te toque o de rebanarme el seso pensando en las probabilidades estadísticas… Es que en toda mi vida me he comprado un solo bote de Nescafé. Sin intención real, no existe la suerte.

2.- Recursos personales: de alguna manera, si se me da bien examinarme aumento la probabilidad de tener suerte en un examen. Si juego mejor que el otro equipo y me paso más tiempo en su área, tengo más probabilidades de que piten a mi favor un penalti injusto.

3.- Cierta flexibilidad para aceptar que hemos tenido suerte y aprovecharlo: si me presento al examen sabiendo muy poco y me caen dos de cinco preguntas que más o menos controlo y mi pensamiento es “qué mala suerte, si me lo hubiera estudiado un poco podía haberlo aprobado” y entrego el examen a los 10 minutos, mi nota será peor que si mi pensamiento es “mira qué suerte, dos preguntas que me sé, voy a tomarme mi tiempo para intentar redactarlas lo mejor posible y luego quedarme hasta el final del examen inventándome las otras tres y a ver qué pasa”. Es algo así como estar atento a las oportunidades que surgen y sacarles provecho en la medida de lo posible.

Y 4.- La suerte propiamente dicha: aquello que aparece de manera incontrolable en la situación (la disposición del examinador cuando corrige mi examen, las preguntas que aparecen…). Es decir, la suerte en sí, sólo sería un elemento entre varios de aquello que finalmente llamamos haber tenido buena o mala suerte. Y que, además, su probabilidad de aparición y de influencia está muy  condicionada por los tres elementos anteriores. Pero existe.

No me cabe la menor duda de que Fleming tuvo mucha suerte para descubrir la penicilina. Tuvo la suerte de estar haciendo experimentos con la intención de descubrir cosas (y no sentado en un sofá dejando pasar el tiempo), tuvo la suerte de ser un científico brillante, tuvo la suerte de comprender la importancia de que sus bacterias se estropearan en vez de maldecir por la existencia de los hongos traicioneros que le habían estropeado sus cultivos y, por supuesto, tuvo la suerte (propiamente dicha) de que aquella placa en particular se le contaminase con un moho infecto que hoy conocemos como penicilina.