Un amigo que se fue a vivir un año a Santiago de Chile por un tema laboral me decía que él en ningún momento tuvo la sensación de haberse adaptado bien a la vida allí. Echaba la culpa a los chilenos.

Muchas veces hemos oído frases relativas a la capacidad del ser humano para adaptarse a situaciones nuevas. Probablemente, a lo largo de nuestra vida se han ido produciendo numerosos cambios, algunos de los cuales no son deseados ni agradables, al menos en un primer momento. Pero normalmente te acabas adaptando a la nueva situación, a las condiciones que hayan aparecido, a entornos inicialmente incómodos o adversos. Y parece que ese logro se atribuye a cualidades como la fortaleza, la constancia o la fuerza de la voluntad (virtudes que pueden jugar un papel importante en esos procesos), sin embargo, no siempre se destaca la decisiva intervención de nuestras emociones a la hora de adaptarnos a situaciones desagradables sobrevenidas.

El enfoque humanista reconoce la importancia capital de las emociones, tanto positivas como negativas, en los procesos adaptativos. Las emociones nos brindan información tanto del entorno como de nuestras experiencias internas que nos puede servir de mapa ayudándonos a interpretar la realidad.

Pero las cosas no siempre son sencillas y en ocasiones los mapas resultan endiabladamente difíciles de interpretar. Cuando nos enfrentamos a situaciones nuevas podemos experimentar una amplia gama de emociones que se mezclan y confunden entre sí. Es fácil sentir incertidumbre e incluso ansiedad que, hasta cierto punto nos prepara para afrontar escenarios complicados, pero que si coge demasiado volumen, termina por bloquearnos; también curiosidad o entusiasmo que nos dotan de energía y nos motivan pero que, si aparecen con una fuerza excesiva, nos impiden ver las dificultades y ponderarlas razonablemente.

Mi amigo en ningún momento se sintió cómodo en esa ciudad, no logró hacer amigos y siempre se sintió desplazado, como un elemento ajeno a aquel lugar.

La misma situación podemos vivirla como una amenaza o una oportunidad en función del estado emocional con que la afrontemos. Yo le decía que nunca le vi con una buena disposición a esa experiencia, que desde el primer día la vivió como una carga, un trámite desagradable que no le quedaba más remedio que pasar, en vez de afrontarlo como una experiencia personal y laboral diferente, como una aventura que rompía el desarrollo monótono de su vida.

Por eso es fundamental ser conscientes de cuáles son nuestras emociones ante un cambio ya sea planificado o sobrevenido. No tanto para dejarnos arrastrar irracionalmente por ellas, como para saber qué disposición real tenemos hacia la nueva situación. Y, a partir de ahí, potenciar todo lo que suponga motivación y actitud proactiva, y tratar de entender los miedos y ansiedades para poder asumirlos y afrontar el proceso de adaptación de la forma más sana posible.

Pasado el tiempo, un día mi amigo me llegó a reconocer que se había quedado atrapado en su mala actitud inicial y que quizá no había sido capaz de darle una oportunidad real a aquella experiencia, pero que ser consciente de esto le culpabiliza. Por eso sigue echando la culpa a los chilenos.

Las cosas no siempre son sencillas. Pero merece la pena seguir cultivando una relación saludable con nuestras emociones para vivir de una manera más plena aceptando los cambios y convirtiéndolos, siempre que nos sea posible, en oportunidades.

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