Aún recuerdo cuando estudiaba la comunicación humana en el colegio y nos hablaban de: “emisor (que transmite la información), receptor (quien la recibe), mensaje (la información propiamente dicha) y medio (el canal por el que se transmite el mensaje”. Da la sensación de que todo estaba controlado: una persona dice algo, otra lo capta y lo procesa y le responde razonablemente. Un proceso perfecto.

Todo se complica cuando entran en juego los elementos subjetivos de la comunicación y empiezan a influir cuestiones como las necesidades del emisor, el tono del mensaje, la inestabilidad del canal y las emociones del receptor. Por tanto, la comunicación entre las personas es un proceso complejo que no se reduce a transmitir determinados mensajes y recibir información. La manera y el tono con que nos expresamos o la forma particular con la que interpretamos determinados contenidos viene tremendamente influida por la parte emocional. Incluso entran en juego procesos inconscientes o, al menos, no directamente controlables, como esa sensación que en ocasiones tenemos de estar “conectando” con alguien, de sentirnos cómodos con una persona con la que apenas tenemos confianza o, al contrario, percibir en algunas interacciones una sensación de incomodidad, de tensión latente, que dificulta la fluidez de la comunicación.

Cuando nos comunicamos no sólo transmitimos palabras, sino sobre todo, emociones. Nuestra expresión y nuestros gestos, el lenguaje no verbal, nuestro cuerpo y nuestro tono de voz están proporcionando una información a nuestro interlocutor más rica y compleja que lo que decimos de manera explícita. Sin ir más lejos, mi hija de diez años me dice que cuando le regaño, aunque intente hacerme el comprensivo y el razonable, muchas veces se me nota lo enfadadísimo que estoy y que el impacto que le produce lo que transmito corporalmente le impide enterarse de mi “didáctico” mensaje.

Así que parece que, una vez más, ser conscientes de nuestras emociones y, en este caso, del impacto que pueden provocar nos ayudará a establecer una comunicación mucho más efectiva con los demás. Creo que a veces esta frase se interpreta de manera errónea. Esto no significa necesariamente que tengamos que ocultarlas, pero sí nos ayuda a modular o saber si es adecuado trasladar un contenido emocional en un determinado contexto o no. De hecho si expresamos nuestras emociones de manera auténtica probablemente estaremos contribuyendo a construir un puente emocional que facilite la comunicación con los demás. No se trata sólo de expresar sentimientos para recibir apoyo y comprensión, lo cual también sería perfectamente lícito, sino para crear una vía de comunicación más profunda que nos conecta de forma natural con los demás, ya que ellos poseen las mismas cualidades emocionales que nosotros.

Mientras intento terminar estas líneas a última hora de la noche, se acerca mi hija para ver qué estoy escribiendo. Tomo consciencia del enfado que me produce su presencia, no en sí misma, sino porque donde debería estar es en la cama desde hace mucho rato y ya se lo he repetido varias veces. Me propongo controlar mis emociones y devolverle un mensaje ponderado y razonable. Me agarro a los elementos de la comunicación que estudiamos en el colegio y pienso: un mensaje “tienes que irte ya a la cama, se nos ha hecho muy tarde y mañana estarás agotada”, lanzado por un emisor tranquilo y consciente de sus emociones “estoy enfadadísimo pero lo puedo manejar y no comportarme como un energúmeno”, por un canal de comunicación verbal (mi voz pausada) hacia un receptor que escucha la idea y la debería ejecutar de manera inmediata.

Y aunque no soy de los que piensan que la teoría no sirve para nada, en este caso, por lo que sea, el receptor no reacciona de la forma esperada e insiste en leer mi artículo por encima de mi hombro, provocando, como un resorte, que el canal de comunicación verbal se quiebre, y aumente el volumen de la voz, y el emisor aún consciente de que sus emociones se han empezado a desbordar en forma de ira, emite un mensaje que trata de ser una repetición del anterior pero no puede evitar algunas variantes: “vete a la cama ya, me tienes harto, si quieres mañana te lees esto pero ahora vete de una vez a la habitación o mañana no va a haber quien te aguante”.

Me dice entonces que se va a la cama pero si voy a su habitación a despedirla sin enfados. Le digo que por supuesto, que no hay problema porque no estoy disgustado, y me sale una especie de gruñido. Me mira con una media sonrisa y me dice que vale. Que vaya como quiera pero que le dé un beso. De acuerdo, ser conscientes de nuestras emociones ayuda a la comunicación, pero, a veces, se agradece la ayuda de los demás para ser capaces de autorregularnos.

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