El estigma asociado en nuestra sociedad a la enfermedad mental continúa siendo una barrera significativa que dificulta el bienestar personal y la integración social de las personas con sufrimiento psicológico. Es innegable que en los últimos 30 años ha habido un cambio de mentalidad en este país hacia una mayor aceptación de las personas con problemas psicológicos.
Cuando empecé a ejercer la profesión, era frecuente que mis pacientes ocultasen en su entorno que estaban haciendo psicoterapia o los motivos reales por los que habían pedido ayuda profesional. Actualmente, la mayoría lo hablan con naturalidad en su entorno de confianza y parece haber disminuido (aunque no desaparecido) la sensación de vergüenza por necesitar apoyo en temas emocionales o psicológicos.
Tengo la sensación de que este avance (aunque aún quede camino por recorrer) es mayor en los problemas más comunes (depresiones, trastornos de ansiedad, crisis existenciales, problemas de pareja…) que en enfermedades mentales graves (esquizofrenia, trastorno bipolar, trastorno de personalidad, esquizoafectivo…). Probablemente si una persona quiere comprarse una casa y se entera de que en el mismo rellano hay un vecino con fobia a las cucarachas, esta información le resulte irrelevante a la hora de influir en su decisión. Sin embargo, si el susodicho vecino resulta tener un diagnóstico de esquizofrenia paranoide y cobra una pensión porque está incapacitado para el trabajo, es más probable que esta circunstancia genere en mayor o menor grado algún tipo de inquietud, duda o desasosiego.
¿Es posible que sea una persona violenta?¿Puede que no sea agresiva de por sí pero que una descompensación le convierta en alguien peligroso?¿Qué clase de comportamientos extraños tendrá?¿Se puede llegar a descontrolar?¿Tendrá costumbres que resulten molestas?
Hace poco una persona con diagnóstico de esquizofrenia me decía que lo peor es el autoestigma que ha ido generando: si una persona llegara a vivir a su rellano, sería él mismo el que se plantearía cuanto de molesto se va a sentir el recién llegado si se entera de su diagnóstico: ¿Qué pensará de él? ¿Será capaz de estar a la altura? ¿Decepcionará a su nuevo vecino?
Dicen que el estigma se combate con información. Pero ¿cómo combatir este autoestigma interiorizado, asumido en un aprendizaje social tan negativo?
Vivir el momento presente, el aquí y el ahora de manera positiva. Desafiar a los patrones de pensamiento negativo en forma de prejuicios y falsas creencias contra sí mismo, practicando centrar la mente en algo constructivo y realista, evitando, por tanto juicios críticos y autocondenas. Enfocarse hacia logros, capacidades y consecución de objetivos. Centrarse en el momento presente para aprender a aceptar sus experiencias y liberarlas de críticas automáticas y sentimientos de inferioridad.
Es fácil decirlo, me responde esta persona con esquizofrenia. Pero llevo adherida la etiqueta de mi diagnóstico, las experiencias en las que he visto que esa etiqueta ha generado miedo, desconcierto, compasión o paternalismo. Y eso se queda grabado y hace que anticipes el prejuicio del otro, en realidad, acabas generando tu propio prejuicio. Tratar de que mi mente se centre únicamente en el momento presente obviando todo eso es una lucha de David contra Goliath.
Tiene razón. Tratar de conseguir una visión limpia y nueva de sí mismo, aceptándose desde el aquí y el ahora frente al bagaje vital de experiencias negativas, que han generado automatismos emocionales y mecanismos de defensa, es una lucha muy desigual.
Pero la metáfora es más válida de lo que él mismo consideraba. Porque finalmente David pudo derrotar a Goliath valiéndose de una honda. Y esa honda para esta persona puede estar formada por diferentes elementos: una adecuada toma de medicación, apoyo profesional, relaciones interpersonales, actividad significativa, participación comunitaria…
Y si empujado por todo ello, esa persona con esquizofrenia (o cualquiera de nosotros) es capaz de centrarse en sus fortalezas asumiendo sus debilidades y mantenerse presente, quizá tenga la puntería suficiente para lanzar la piedra más allá de su diagnóstico, derribar sus propios prejuicios hacia sí mismo y redefinir su identidad como persona en permanente proceso.
Me dice que quizá hemos llevado la metáfora bíblica demasiado lejos. Pero que lo puede intentar. Me parece que no se puede pedir más.