A lo largo de la vida, las emociones funcionan como un filtro interior que selecciona de manera autónoma, al margen de nuestra voluntad consciente, qué acontecimientos van a permanecer en nuestra memoria accesible, siendo las experiencias más intensas las que con mayor probabilidad pasen a formar parte de esa zona accesible de nuestra mente. Ese mismo filtraje puede también funcionar como barrera para que ciertas experiencias intensas pero excesivamente dolorosas queden fuera de nuestra memoria consciente para evitarnos un sufrimiento continuo. De esta manera los sentimientos asociados a momentos concretos influirán en nuestra capacidad para almacenarlos, evocarlos o revivirlos. Es lo que se entiende por memoria emocional.

 

Pero la intervención de esta memoria emocional no se queda en un mero proceso de filtraje que afecte exclusivamente a nuestro almacenaje mental. Por el contrario, juega un papel muy relevante en la formación de narrativas internas que van definiendo nuestra identidad. Por eso, cuando hablábamos más arriba del papel de filtro para experiencias negativas, el hecho de que no podamos recordar algún acontecimiento vital muy traumático no nos exime de la inseguridad, de los miedos o de la vulnerabilidad que pueda haberse asociado a dicha experiencia.

 

Esas narrativas internas, de alguna manera lo que las personas nos contamos sobre nosotras mismas en función de lo que nos va pasando en la vida, escriben nuestro guión y definen nuestro personaje. Esto influye ya sea de manera positiva o negativa        en nuestra autoestima (podemos decirnos que somos unos fracasados o incapaces, diferentes a los demás que afrontan sus problemas mejor que nosotros o darnos un voto de confianza a la hora de buscar soluciones o enfrentar dificultades); nuestras decisiones (si, por ejemplo, tendemos a vendernos que tenemos muchas opciones de fracasar salvo que tengamos la situación muy controlada, tenderemos a evitar riesgos y viceversa); nuestras relaciones interpersonales (si mi narrativa tiende a exponer dificultades en situaciones sociales, me haré una persona más introvertida, mientras que si mi perspectiva pone el énfasis en los beneficios de mis interacciones con otros, buscaré vínculos y fomentaré relaciones); bienestar emocional (lógicamente hay narraciones que me hundirán en la miseria y otras que me mantendrán satisfecho y tranquilo), etc.

 

Por eso, conviene que prestemos atención a nuestras narrativas interiores. Resulta más difícil de lo que parece porque estamos tan acostumbrados a contarnos siempre lo mismo que, o bien nos cuesta detectar qué nos estamos diciendo exactamente, o bien las damos por válidas porque encajan con nuestro sistema de creencias sobre nuestra persona aunque frecuentemente no reflejen la realidad de lo que realmente ha sucedido.

 

Tomar conciencia sobre qué cosas nos contamos y de qué manera lo hacemos es un primer paso decisivo. Además de un ejercicio interesante de autoconocimiento. A partir de ahí podemos tomar diferentes caminos como contrastar nuestra historia con el punto de vista de otras personas que nos conozcan o hayan compartido con nosotros la situación que estemos analizando; cuestionar aquellas narrativas que se basen en etiquetas y sustituirlas por otras más flexibles o sustituir descripciones puramente negativas por relatos más realistas que incluyan una gama de grises que las hagan más enriquecedoras.

 

Escribiendo esto, mi memoria emocional me acerca un recuerdo de hace un par de años. Había ido a sacar dinero al cajero con mi hijo pequeño, que tenía 6 años por entonces. El cajero tenía la opción de “contacto” que evita tener que meter la tarjeta. Utilicé ese modo y en la pantalla apareció un mensaje que me informaba de que se encontraba temporalmente fuera de servicio. Cuando volvíamos paseando hacia casa, mi hijo me sugirió que volviéramos y que usara la ranura para meter la tarjeta porque quizás así funcionase. Le expliqué que eso no tenía nada que ver, que eran dos modos diferentes de “identificación” pero que si el cajero estaba fuera de servicio, no iba a funcionar igualmente. Él me insistió y, por no oírle, acepté retroceder de nuevo y le propuse, además, que probara él mismo a meter la tarjeta.

 

Su expresión de ilusión al introducirla por la ranura y marcar el número PIN fue enternecedora. Por algún motivo, él estaba convencido de que esto iba a funcionar. La pantalla se iluminó y, en letras grandes, apareció un mensaje que informaba de que el cajero se encontraba temporalmente fuera de servicio. Escupió la tarjeta y mi hijo me la devolvió con evidente gesto de decepción.

 

Volvimos a deshacer lo andado y permanecimos un rato en silencio, avanzando hacia casa con las manos en los bolsillos. Yo le miraba de reojo y me preguntaba que estaría pensando, o sea, cuál sería la narrativa que estaba elaborando de la experiencia. Y, de repente, sin ni siquiera mirarme ni dejar de caminar, como adelantándose a un posible comentario de reproche por mi parte o al consabido “ya te lo dije”, dijo tranquilamente: “Había que intentarlo, ¿no?”.

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