El hombre, la mujer acuden al psicoterapeuta con una demanda concreta o indefinida, con un malestar. Juntos creamos una terapia del sujeto, no del “objeto” entendido como enfermo que hay que sanar. Esa persona nos trae también su dimensión de salud a la que hay que prestar atención y cuidado.

Lo que el paciente, sujeto demandante relata, sucede (transferencialmente o no) en la realidad interpersonal terapéutica, a través del vínculo o alianza de ayuda. En el proceso no se da, tan solo, un proceso de roles sino, de mayor calado, un encuentro de personas.

En esta breve exposición sólo nombraré un par de triples necesidades que a nivel experiencial acontecen en la vida del sujeto terapéutico y dejan huella, a escala, en la relación: paciente-terapeuta. Porque “toda vida verdadera es encuentro” dice Martin Buber, el filósofo más citado en Psicología Humanista durante más de 20 años. La persona es un “ser en relación”. ¿Qué necesita el yo, psicológicamente hablando y qué sigue necesitado cuando deviene conscientemente un “nosotros”?¿Cómo pasar en Psicoterapia Humanista de la “necesidad” al “deseo”, que es lo que con mayor profundidad define lo humano? Pensemos en el individuo:

  1. Amar y ser amado.
  2. Comprender “mi universo vital”: entenderme y entender.
  3. Crear o en su dimensión más modesta: ser útil.

Pero el ser humano no es un ente individual, aislado. Cuando alcanza o es alcanzado por un “nosotros”, en el camino de la madurez, aparecen otro manojo de necesidades básicas que dinamizan la relación con el otro, los otros:

  1.  Inclusión (estar en contacto grupal).
  2. Control (“¿tengo poder?”).
  3. Afecto (“¿me siento cerca o lejos?”)

Estas necesidades humanas, forman el “reino de la necesidad” al cual pertenecemos. El punto de inflexión de la maduración humana se da cuando pasamos de la necesidad al deseo.

Hacer emerger el deseo (mimético, adaptable, personal) nos lleva a elegir quienes somos y quienes queremos ser. Nieztsche escribía: “El hombre es un animal enfermo”. De separación, de deseo de relación. De que resuelva bien o mal ese movimiento incontenible del deseo dependerá su salud o enfermedad, su felicidad o infelicidad, su humanidad o in-humanidad. Lo radical del hombre es que puede elegir sus deseos. Somos seres constitutivamente separados, incompletos, relativos a otros, por eso tenemos deseos. Ni aislamiento ni fusión, lo sanamente maduro es una autonomía relacionada. Ernst Bloch afirma que la finalización del inacabable dinamismo humano del deseo apunta a la “patria de la identidad”: reconciliación perfecta del hombre consigo mismo, con la naturaleza, con los otros. Horkheimer, por su parte, hablará de “anhelo de lo totalmente otro”.

En lo humano las necesidades que hemos descrito llevan la impronta del deseo que no es reductible a la pura necesidad. Desear es renunciar a hacer del otro objeto de mi necesidad. No destruirlo con mi voracidad. La palabra revela en el otro un sujeto interlocutor, no un “objeto” devorable. No es útero ni quimera, es encuentro real que nos abre a un horizonte inabarcable, recordando a Denis Vasse.

“Terapeuo”, en griego, significa acompañar cuidando, escuchando, amando. Teilhard de Chardin afirmaba: “Nada es profano en la tierra para quien sabe ver”. Yo añado: “Lo que el árbol tiene de florido, vive de lo que tiene de escondido”. Hoy ya casi no hay referencias estables, nada es definitivo, sólido. En palabras de Zygmunt Bauman (Príncipe de Asturias 2010) vivimos una “modernidad líquida”. ¿Dónde podemos agarrarnos en la vocación y tarea de ser humanos? Si lo hacemos en el reino de la necesidad, fracasaremos o, todo lo más, sobreviviremos. Si edificamos nuestra vida sobre el deseo maduro, bueno, realista (y utópico a la vez) podremos diseñar un proyecto vital humano y humanizador, maduramente compartido.

El sentido sanador de la vida del que hablaba Viktor Frankl puede acontecer en el proceso terapéutico, en la relación humana: paciente-terapeuta. Y acontece en forma de deseo, desde nuestra esperanzada pobreza. El psicoterapeuta humanista depositario de la esperanza de sanación, maduración, crecimiento personal asiste al parto, en el sujeto de la terapia de deseos que siguen el itinerario: yo-tú-nosotros y horizonte inabarcable del deseo humano. Aprender a desear tiene radicalmente que ver con aprender a amar. Toda vida es un largo aprendizaje, afortunado o desafortunado de la arraigada actitud amorosa. Un amor no cimentado en la necesidad sino creciente en la tierra del deseo. A algo de eso se refería Frankl al nombrar el “supra-sentido” de la vida.

En un panorama de cultura inhumana el famoso psicólogo y filósofo francés Michel Foucault, (apunto aquí que fue el autor más citado del mundo en 1987 en el ámbito de las Humanidades), se preguntaba: “¿Todavía existe el hombre?”. Vosotros tenéis la palabra.

José Antonio García-Monge

Psicólogo Humanista