Es domingo, vas a un restaurante con la familia. Es tu cumpleaños y quieres invitarlos a comer. Cuando por fin llega la comida, ves que el arroz de la paella está quemado. Te pones furiosa, porque no va a costarte barato y tampoco hay tantas ocasiones de comer fuera. Pero ¿Cómo decírselo? ¡Vaya corte!. El camarero es amigo de un vecino. Piensas: “Mejor me callo”.

La agresividad, la rabia, el enfado son emociones primarias, que aparecen siempre que nos avasallan, abusan, nos faltan el respeto, se nos frustra un deseo, nos fallan las expectativas que teníamos sobre los demás, etc.

Es decir, puede ser una señal de alarma importante, que se enciende cuando hay choques con las personas o situaciones que nos rodean. Nos están avisando de algo importante a tener en cuenta. Por ejemplo: que mi compañero de trabajo me carga con cosas que le corresponden a él; que mis hijos abusan  pidiéndome lo que podrían hacer ellos; o que mi jefe me falta el respeto. En esas situaciones hay motivos para enfadarse. Nos damos cuenta del abuso, injusticia o falta de respeto.

Pero también, si somos sinceros con nosotros mismos y pensamos qué parte hemos puesto nosotros en este problema, puede avisarnos de que esperábamos algo fuera de lugar, que estábamos cansados o que estábamos susceptibles ese día.

Por lo tanto lo primero que tendría que mediar para manejar la rabia de la forma más positiva es la reflexión y la sinceridad con nosotros mismos. Hacerse la pregunta: “¿Qué parte tengo yo en este problema y qué parte tiene el otro?”. Es esencial.

Algunas personas ni se lo formulan; rápidamente se dicen que el otro tiene culpa de todo, aún cuando no sea cierto. Otras se culpan a sí mismas siempre y cargan con culpas a veces suyas, pero muchas veces de los demás. Es importante ser sinceros y justos.

Nos preguntamos: “¿Qué hacer con estos sentimientos que nos invaden, nos alteran y nos preparan para el ataque?”

  • Hay personas se dejan llevar por ellos. Y gritan a otros, insultan, se desahogan y luego lo justifican, diciendo: “yo soy muy sincera” o “es mi manera de ser” o “solo es un pronto que se me pasa”.
  • Otras se tragan todo. Tienen miedo a hacer daño, al conflicto, a lo que pueda pensar el otro, a quedar mal o a perder la relación con esa persona.
  • Y también están los que lo muestran de forma indirecta con los hechos, con caras largas o con el silencio.

Ninguna de las tres ayudan a la persona ni a sus relaciones. La primera efectivamente se desahoga, pero hace daño al que está al lado. Ofende y provoca agresividad en los otros o miedo. A veces la expresión de la rabia sirve para controlar a los que nos rodean, que por miedo se someten y tragan. Por supuesto que la responsabilidad en mantener esta situación es de ambos. Del que arremete y del que se calla, por no pararle los pies. Ambos contribuyen.

Pero ¿qué ocurre en el segundo caso? En esta situación la persona se hace daño a sí misma: primero porque no desahoga esa emoción tan intensa, que puede convertírsele en un dolor de estómago o de cabeza (somatizar la emoción, en el cuerpo). Pero además porque no se hace respetar, no pone freno a los abusos de los demás, no se pone en su sitio, ni se hace valer.

Y por último tenemos a los que reaccionan de forma indirecta, con caras largas, silencios o acciones. En este caso, como en el anterior, la rabia no es productiva. No sirve para manifestar a los otros lo que nos ha ofendido, ni se habla del hecho injusto, del abuso o de la falta de consideración, o en caso de ser yo responsable, pedir perdón. Se silencia y por lo tanto no se cambian la realidad de esa relación. Puede volverse a repetir en otro momento. Además hay una cierta venganza en esta actitud. Se daña al de al lado con el silencio o los hechos, pero ni provoca un desahogo, (por eso a veces dura el cabreo sordo), ni se aclara la situación para poderla cambiar.

¿Qué actitud tener ante estos cabreos que nos invaden? ¿Puede ser realmente la rabia productiva? O mejor dicho: ¿Podemos expresarla de forma que sea útil para mejorar mis relaciones?

Si siempre que se respeten ciertas condiciones.

Lo primero que tiene que mediar es una reflexión. Habría que preguntarse qué ha enfadado tanto y qué parte ha puesto uno en ese conflicto. Cuando, después de esto vemos claro que hay una situación de dominio, abuso o injusticia que queremos cambiar, o reconocemos que ha sido problema nuestro y debemos pedir perdón, entonces es el momento de hablar.

La rabia constructiva es la que sirve para hacer saber al otro lo ocurrido, la ofensa que ha mediado y lo que nos gustaría que ocurriese la próxima vez. Sería aquella que se expresa, no en caliente, en un momento de más calma, pero de forma clara, directa, transmitiendo lo que nos ha ofendido y qué necesitaríamos que ocurriese. Es decir la expresamos para mejorar nuestras relaciones o entorno.

Esto deberá hacerse:

  • No en caliente. La rabia se desahogará de manera que no haga daño a nadie: haciendo deporte o un trabajo físico, hablando con un amigo, etc. Nunca directamente con la persona. Esto solo complica la relaciones.
  • Nunca hablando del otro: “Tú eres un o una…”
  • Siempre hablando de mí y de mis sentimientos y expresando lo que espero que ocurra: “Me dolió que me gritaras”, “no me parece justo que sea yo siempre el que…”, “me molesta que…” y añadir: “Me gustaría que la próxima vez…”

Se trata de superar los miedos y atreverse a hablar. Por supuesto no de cualquier manera. Con respeto hacia el otro, pero también, con respeto hacia mí mismo.

El que insulta no respeta al otro, pero el que se calla no se respeta sí mismo. Se trata de estar convencido de que el diálogo, puede transformar la realidad, y ese es un esfuerzo que siempre merece la pena.

Eulalia Gil Ojeda

Psicóloga Humanista