Un grupo de encuentro es un lugar en el que, como su propio nombre indica, se reúnen varias personas para encontrarse. Ese encuentro hace posible un movimiento lleno de riqueza a dos niveles: en el plano personal y en el plano de las relaciones humanas. El encuentro se produce también en esas dos direcciones: con uno mismo y con los otros. Que esto suceda se debe en gran parte a las condiciones en las que se da ese encuentro, y que el/los facilitadores del grupo promueven (de hecho, ese es su cometido: crear el clima propicio). Esas tres condiciones básicas son la empatía, la autenticidad y la aceptación incondicional. Esas condiciones crean un espacio seguro en el que las personas podemos dejar fluir todo el potencial que llevamos dentro. Es así que, cuando las personas se reúnen bajo estas premisas, se produce una exploración honesta y profunda de nuestro mundo interior, contactamos con lo que de verdad somos y se desarrollan relaciones más auténticas. El creador de los grupos de encuentro , a mediados del siglo XX, fue Carl Rogers, psicólogo humanista de notable importancia para la psicoterapia contemporánea. Los grupos de encuentro se han utilizado en diferentes contextos, entre ellos incluso la mediación internacional.

Más allá de esta definición más «académica» podemos dar una definición más «de andar por casa». Se trata de un grupo en el que se reúnen periódicamente varias personas en un clima de confianza y seguridad, para hablar y compartir la propia experiencia vital, en la medida que se quiera, sin presiones y, lo más importante, sin juicios. Al hacer esto, se crea una pequeña comunidad de personas en la que se puede ser y estar en libertad, y este clima nos permite conocernos y sacar lo mejor de nosotros mism@s y establecer relaciones más auténticas y profundas.

El foco de estos grupos, por tanto, está en el crecimiento personal y en las relaciones humanas. No hay que hacer nada complicado: sólo encontrarse en un determinado clima, tener ganas de explorar en el propio mundo interior y experimentar lo genuino de las relaciones; y dejarse ser.

No es un grupo de terapia; pero resulta terapéutico. No se trata de un grupo «para arreglarnos», sino un grupo en que dejarnos crecer. Curiosamente, cuando nos dejamos crecer, muchas cosas se reasientan dentro de nosotros y encajan, y podemos permitirnos estar y relacionarnos de otra manera también fuera del grupo de encuentro. El foco no es «lo que falta», sino el germen que cada persona, por el hecho de serlo, llevamos implícito. Y es que, en esta sociedad nuestra, preocupada enormemente por el hacer y el producir, muchas veces lo que ocurre simplemente es que no nos dejamos ser. Estos grupos ofrecen espacios donde darse esa oportunidad: ser.