Por Pablo Sierra

En Julio de 1944, en el Cuartel General Oriental de Hitler conocido como “La guarida del lobo”, estalló una bomba con la que se pretendía acabar con la vida del Führer y dar un golpe de estado para derrocar al gobierno nazi y negociar la paz con los Aliados.

El complot pretendía conseguir el control del ejército aprovechando la propia muerte de Hitler para activar la denominada Operación Valquiria, un plan diseñado para movilizar al Ejército de la Reserva en el caso de un colapso general del orden civil en el Tercer Reich.  La idea era asesinar a Hitler y culpar de ello a las SS. Para que la activación del plan tuviese credibilidad y los reservistas se vieran liberados del juramento de lealtad era imprescindible la muerte acreditada del dictador.

Todo salió mal.

El plan en su conjunto era tremendamente arriesgado y las posibilidades de éxito más bien escasas. El coronel Stauffenberg, con acceso al Cuartel, encargado de introducir dos maletines bomba en la reunión en la que se encontraría Hitler, era un herido de guerra que había perdido un ojo, una mano y dos dedos de la otra; sólo tenía margen para activar una de las bombas, por lo que activó la otra en el baño, lo que parece pudo reducir a la mitad el efecto de la explosión; el día anterior la reunión se adelantó de hora y se acortó de tiempo; el coronel fue relegado a una esquina de la mesa en el punto más alejado de Hitler; aunque se consiguió finalmente que un maletín estuviese muy cerca de Hitler, uno de los asistentes lo alejó, molesto porque le estorbaba al examinar los mapas… Una sucesión de pequeñas decisiones que terminaron por arruinar el plan.

Muchas personas pasamos por la vida sin tener que tomar nunca decisiones tan trascendentales y arriesgadas como las de estos conspiradores que se jugaban a una carta el éxito o fracaso y que, además, este último significaba necesariamente pagar con sus vidas. O eso nos creemos.

Para que un grupo de civiles y militares se conjurara para intentar derrocar a Hitler, muchos más que estaban de acuerdo con ese objetivo, prefirieron apartarse o mirar por otro lado. Era demasiado arriesgado.

Sin ni siquiera estar en juego nuestra vida (o eso pensamos) en muchas ocasiones decidimos que no merece la pena correr el riesgo y nos quedamos en el sofá, en nuestra zona de confort. Parece que, si no nos movemos, si no decidimos nada, las consecuencias no pueden ser muy malas, al fin y al cabo seguimos en lo conocido, en lo que ya manejamos… y si no estamos tan mal, ¿para qué arriesgarnos a cambiar las cosas?

Hasta en las decisiones más pequeñas: elegimos nuestro plato favorito en la carta, compramos los libros que se parecen a otros que ya leímos, vamos al trabajo por el mismo camino, bebemos lo de siempre, volvemos de vacaciones a la casa que tanto nos había gustado. Por si acaso.

En el póker, si apuestas cuando tienes una buena mano, y pasas cuando tus cartas son mediocres, a la larga, estás condenado a perder todo tu dinero. Estoy convencido de que en la vida pasa lo mismo, pero lo que más me preocupa es que si juegas de esa manera, la vida resulta un completo aburrimiento. Un lento (y apacible) camino hacia la muerte.

Un mes y medio antes de cometerse el atentado, se produjo el desembarco de Normandía, cuyo éxito condenaba a Alemania a la derrota. En semejantes condiciones Schauffenberg preguntó al general Tresckow, otro de los implicados en el complot, si merecía la pena seguir adelante con el plan. Tresckow respondió: “Por supuesto, porque la cuestión no es el objetivo concreto, sino que la Resistencia alemana se haya atrevido a llevar a cabo el intento, ante el mundo y ante la historia.” Todo salió mal. La Operación Valkiria fue un fracaso absoluto. Pero la Resistencia se había atrevido a llevar a cabo el intento.

Porque probablemente todo esto (Valkiria, el póker, nuestras decisiones) no van tanto de triunfar o fracasar, sino de vivir (o no).