Leo un ensayo sobre literatura de Harold Bloom, crítico literario estadounidense fallecido en el 2019. El libro se titula El canon literario y supone una especie de historia de la literatura universal a través de 26 autores a los que considera de capital importancia, es decir, canónicos. Aunque todo el libro es interesante -y hasta polémico en alguno de sus postulados-, lo que más me fascinó es el concepto mismo de canon literario.

El canon define la voluntad de elegir a los mejores escritores o las obras más significativas y dejar fuera a los autores irrelevantes y las obras de menor calidad. Tenemos un tiempo finito y limitado en nuestra vida y sólo una parte de él podemos dedicarlo a la lectura. ¿Qué debemos leer? Esa es la pregunta a la que pretende responder el canon.

Por otro lado, a medida que transcurren los años y los siglos, el canon se va renovando, van considerándose a nuevos autores (algunos más contemporáneos se incorporan y otros antiguos se revalorizan) y simultáneamente o se van olvidando. No he podido evitar sentirme atraído por todo esto y surgen numerosas cuestiones como: ¿Quién decide lo que es canónico y lo que no?¿La crítica?¿Las instituciones de enseñanza?¿Existe la calidad como concepto objetivo que permite que los propios libros demuestren sus cualidades, digamos, canónicas?¿Es beneficioso que exista el canon para orientarnos sensatamente o se trata de una manipulación que nos dicta “lo que debemos leer”?

Luego, se me ocurre, hay un canon más individual, aquel que recoge los libros que a uno le han encantado y que volveremos a leer en algún momento de nuestra vida, que nos devuelve la sensación de que serán libros de cabecera que siempre estarán a nuestro lado o que podremos volver a ellos cuando lo necesitemos. Igual que hay otros buenos que quizá no releamos pero que dejarán una huella permanente o, al menos, duradera. Y muchos entretenidos, divertidos o interesantes que nos habrán hecho pasar un buen rato y que olvidaremos al poco tiempo borrándose por completo de nuestra memoria. Así, de manera natural, cada cual va generando su propio canon literario.

¿Y no nos sucede algo parecido con las personas? Cuando somos jóvenes, conocemos a mucha gente nueva, en los centros de estudio, en la familia, en los primeros trabajos, en las salidas de ocio, y algunas de esas personas que aparecen entre la infancia y la primera juventud, quizá se queden para siempre en nuestra vida. Pero, a medida que pasan los años, vemos que el tiempo es limitado. No podemos conocer a toda la humanidad, ni siquiera a una pequeña parte. Las redes sociales facilitan los contactos, pero las limitaciones siguen estando ahí. Así que construimos nuestro propio canon personal. O deberíamos hacerlo.

Así, como sucede con eso que he llamado canon literario individual, hay personas que querríamos que nos acompañasen toda la vida, igual que otras nos han aportado su calidad humana durante unos años y quizá desaparezcan pero habiendo dejado su influencia en forma de huella emocional duradera, y otras habrán aportado experiencias divertidas o interesantes aunque hayan sido efímeras. Lo malo es quedarnos enganchados a personas tóxicas o absorbentes o parásitas, por miedo, por culpa o, incluso, por pura costumbre. Es tan absurdo como si nos empeñásemos en leer una y otra vez la misma novela insustancial que nos aburrió soberanamente desde las primeras páginas, pero mucho más dañino.

He disfrutado mucho leyendo autores y libros de los que Harold Bloom considera canónicos: el Quijote, las tragedias de Shakespeare, algunos poemas de Walt Whitman y Emily Dickinson, En busca del tiempo perdido de Proust y Ulises de Joyce (aunque estos dos ya no sería capaz de volver a releerlos), Virginia Woolf, Esperando a Godot… al igual que otros me aburren tremendamente. Pero en ningún caso trataría de imponer estas lecturas a nadie porque nada de todo esto me ha hecho mejor persona.

Sin embargo, me parece esencial desarrollar un canon para nuestras relaciones interpersonales. Porque la voluntad de elegir a las mejores personas, las más significativas para cada cual y mantenerlas cerca, a la vez que cribamos relaciones tóxicas o superfluas e incorporamos algunas nuevas que merecen abrirse un hueco en nuestra vida, me parece algo imprescindible para nuestra salud mental. Y este proceso no siempre sucede de manera natural. Cuidar a las personas que merecen la pena, estar abiertos a la posibilidad de conocer gente nueva y pararnos a considerar quienes ya no aportan nada significativo, supone, en muchas ocasiones, un esfuerzo consciente y decidido. Pero necesario para cuidarnos emocionalmente. Y luego, sin tanta presión, ya decidiremos si nos apetece leernos una novela de William Faulkner o un best seller de bolsillo.

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