Leo “Locura nuclear” de Serphi Plokhy un relato bastante pormenorizado del momento más delicado de la guerra fría, probablemente el que más cerca estuvo de desembocar en una guerra nuclear. Se trata de la historia de la crisis de los misiles cubanos. Está escrito por un catedrático de Historia de Ucrania (curiosa coincidencia que nos remite a la mayor crisis bélica actual) por la Universidad de Harvard. El libro se centra en las circunstancias que desembocaron en la instalación de misiles soviéticos con cabezas nucleares en suelo cubano amenazando territorio norteamericano y la consiguiente crisis internacional que se desarrolló en octubre de 1962 que colocó al mundo al borde de un conflicto nuclear entre los Estados Unidos y la desaparecida Unión Soviética.

En mayo de 1962, ante la posibilidad de que Estados Unidos invadiera Cuba, como ya había intentado el año anterior, al poco de llegar John Kennedy a la Casablanca, tras el triunfo de la revolución comandada por Fidel Castro, el presidente de la URSS, Nikita Jruchov, optó por instalar misiles soviéticos en la isla. Las instalaciones fueron detectadas por aviones espías en octubre de 1962. Estados Unidos exigió la retirada de las armas y estableció un bloqueo naval para evitar la llegada de más ojivas nucleares a la isla. Las ya de por sí delicadas negociaciones entre los gobiernos se vieron, además, contaminadas por la interferencia de los jefes militares, la necesidad de contentar a la opinión pública y los errores cometidos por algunos de los muchos personajes que tuvieron una intervención en el desarrollo de los acontecimientos.

Pese a que hubo malas decisiones, errores de cálculo y se tensó demasiado la cuerda por parte de unos y otros para desembocar en la situación expuesta, también los principales implicados fueron capaces de ser conscientes de su miedo a la amenaza que ensombrecía el horizonte en forma de guerra nuclear y esto les llevó a exprimir todas las opciones para generar un acuerdo que pusiera fin a la situación.

Los miedos suelen ser un motivo habitual de visita al psicólogo. Y con toda la razón. Tienden a limitarnos, a hacernos sentir pequeños ante los desafíos, a bloquearnos, nos generan malestar, sufrimiento, crisis de ansiedad, nos llevan a desarrollar fobias, trastornos de ansiedad generalizada, agorafobias, nos impulsan a evitar lo que nos permitiría funcionar bien y a refugiarnos en nuestra zona de confort una y otra vez.

Pero entendiendo que estamos hablando de miedos irracionales, miedos exagerados, miedos que intentan protegernos pero partiendo de un presupuesto equivocado: nos minusvaloran o nos ven demasiado vulnerables. Sin embargo, a un miedo siempre hay que escucharlo. Si es un miedo irracional, porque trata de comunicarnos algo. Hay que intentar interpretarlo, entender qué función quiere cumplir. Quizá luego haya que afrontarlo, resistirnos a él, confrontarlo o integrarlo, pero conviene haberlo escuchado.

Si es un miedo racional, porque realmente su intención de protegernos debe ser recogida. A los miedos razonables hay que tenerlos muy en cuenta. Y parece fácil. Porque es lo lógico. Si te encuentras con un tigre suelto por la calle y algo en ti te aterroriza y te impulsa a ponerte a resguardo, parece sensato tomar ese miedo en consideración. Sin embargo, en ocasiones por deseabilidad social o por vergüenza a mostrar una debilidad, no somos capaces de seguir el camino al que nos impulsa el miedo o de expresar nuestras verdaderas preocupaciones.

En muchas situaciones resulta sencillo distinguir entre un miedo irracional (fobia a las cucarachas o miedo a los espacios abiertos) y uno razonable (temor a caerme desde una altura importante si no hay medidas de protección); sin embargo, a veces resulta difícil distinguirlos (¿hasta dónde debo tener controlado a mi hijo de 6 años y hasta qué punto es mejor dejarlo que experimente y aprenda por sí mismo?).

El miedo como emoción es espontánea y automática, y siempre cumple la función de protegernos. Es nuestra responsabilidad decidir cuándo nos está minusvalorando y debemos manejarlo de alguna manera y cuando nos está advirtiendo de un peligro real y debemos considerar su mensaje.
Kennedy y Jruchov cometieron muchos errores que llevaron a la crisis de los misiles en Cuba, sin embargo, es muy posible que ambos tuvieran auténtico miedo a una guerra nuclear, estuvieran convencidos de que si se desataba algo así, ninguno iba a salir victorioso. Y no pensaron que ese temor fuera exagerado ni absurdo. Eso les motivó a poner en juego todos los mecanismos posibles y esforzarse por entender las señales del otro para resolver la situación.

Probablemente ninguno de los miembros del Grupo de Política Exterior de Jruchov ni de los del Comité Ejecutivo del Consejo de Seguridad Nacional de Kennedy fue tan buen consejero para estos líderes como ese miedo, inteligente y persuasivo, a la guerra nuclear.

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