La motivación desempeña un papel esencial en la vida del ser humano. Es el impulso que nos orienta hacia las metas, nos empuja a lograr nuestros objetivos y nos pone retos a los que enfrentarnos. Sin ella viviríamos en un permanente estado de estancamiento o inactividad o en una constante desilusión. Nuestra existencia carecería de propósito.

Esa motivación puede ser extrínseca, que tiene que ver con castigos o recompensas del entorno. Es decir, está controlada por elementos externos, ambientales o sociales. Si no nos gusta nuestro trabajo y cumplimos con él por el sueldo o no nos encontramos muy a gusto en un gimnasio, pero necesitamos realizar cierto entrenamiento para mantenernos físicamente, estamos guiando nuestra conducta por motivaciones extrínsecas. Lo cual no tiene nada de malo.

Sin embargo, la Psicología Humanista nos habla del concepto de autodeterminación, que sería la capacidad para tomar decisiones y actuar de acuerdo a metas propias y valores personales. Es decir, nos ofrece una comprensión valiosa de la motivación intrínseca. Esta clase de motivación es la que se guía por objetivos internos, que pretende satisfacer las necesidades de autonomía propia, competencia personal y relaciones interpersonales satisfactorias.

Es significativo comprobar cómo cuando las personas nos sentimos libres para elegir nuestras propias opciones manifestamos un mayor compromiso con las acciones que llevamos a cabo, con lo que somos mucho más persistentes en la consecución de logros y desarrollamos, a la vez, una más profunda creatividad en ese mismo proceso. Todo esto aumenta la probabilidad de éxito, pero también algo igualmente importante, nos hace más resistentes al fracaso, ya que es más probable que busquemos nuevas alternativas que si algo que nos motivaba solamente de manera externa nos sale mal.

Según escribo todo esto, pienso primero en que debería pararme más para darme margen a mí mismo de reflexión, de dejarme fluir, para saber qué quiero realmente para mi vida. No se trata de descuidar las exigencias del ambiente, pero sí, al menos, dejar un espacio dentro de las prisas y funcionamientos rutinarios del día a día para centrarme en mis necesidades. Porque esto de la autodeterminación y la motivación intrínseca está muy bien, pero a veces no es tan sencillo saber lo que realmente queremos, lo que nos hace más plenos como personas. Las exigencias de eso que llamamos el día a día frecuentemente nos conducen a desear descanso y tranquilidad. Sin embargo, nuestro desarrollo personal puede ser que sea más exigente con nosotros, que nos pida más acción, sólo que diferente a la que desempeñamos rutinariamente. A  veces la motivación intrínseca no es algo que nos venga dado de manera natural por sí sola. A veces hay que trabajarla, reflexionarla, confeccionarla, para que llegue a fluir finalmente con la naturalidad con que vemos manar el agua de su fuente.

Y me voy encontrando en un estado de conexión conmigo mismo al hilo de lo que voy sintiendo, cuando mi hijo de siete años me dice que está harto de leer lo que le mandan en el cole. Le digo (mientras pienso que yo no soy uno de esos padres que desean que sus hijos estudien una determinada carrera, tengan una orientación sexual concreta o reproduzcan mis propias ideas políticas; pero es que la lectura es otra cosa, la lectura es fundamental para formarnos con un pensamiento crítico y desarrollar una fuente de disfrute), así que le digo que busque otra cosa pero que algo tiene que leer, pero él insiste en que no quiere buscar nada porque, sencillamente, no le gusta leer.

“No tengo motivación intrínseca para la lectura», le ha faltado aclarar. Si quiero que lea tendré que recurrir a motivaciones extrínsecas y aún así ya veremos. Con lo bonito que parecía esto de la autodeterminación. Para consolarme una parte de mí dice que aún es pequeño, pero su hermana a su edad leía mucho por iniciativa propia. Algún amigo insiste en que ya le llegará. Pero conozco adultos a los que no les ha llegado nunca.

La autodeterminación es un trabajo personal, un camino sin meta que hay que ir renovando y actualizando. Y ese esfuerzo merece la pena porque nos orienta hacia las metas que genuinamente queremos alcanzar.

¿Y los hijos? Habrá que tratar de dotarles de experiencias positivas relacionadas con aquello que creemos que será constructivo para ellos… y en vez de volcar sobre ellos nuestra propia frustración, porque su motivación no siempre coincida con la que a mí me gustaría, procurar acompañarles en su camino y lanzarles cebos por si, en algún momento, asumen alguno como propio.

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